martes, 20 de octubre de 2026

TRANSHUMANISMO: DE MKULTRA A GOOGLE

TRANSHUMANISMO: DE MKULTRA A GOOGLE.

Del control de la mente humana a la inteligencia artificial y la singularidad tecnológica

Por Iván Oré Chávez para RealBiopolítica.

Bienvenidos a Radio Política, a nuestro espacio Real Biopolítica. Hoy vamos a abordar un tema que conecta distintas investigaciones que hemos desarrollado anteriormente: el transhumanismo, los experimentos de control mental, la cibernética, la inteligencia artificial y el proyecto de transformar radicalmente la naturaleza humana mediante la tecnología.

Para desarrollar este asunto tomaremos como punto de partida un artículo titulado Transhumanismo: de MKUltra a Google, firmado por David Livingstone y publicado en el portal La Abeja el 13 de septiembre de 2024. A partir de este texto examinaremos las ideas de diversos científicos, filósofos y promotores del transhumanismo, así como sus relaciones con la evolución de la informática, las investigaciones sobre el cerebro y las concepciones religiosas y esotéricas de una conciencia universal.

La cuestión central que vamos a plantear es la siguiente: ¿estamos ante un proceso tecnológico destinado simplemente a mejorar las capacidades humanas o ante un proyecto que podría terminar subordinando la conciencia individual a un sistema de inteligencia artificial?

I. Google, el poder tecnológico y la singularidad

Durante años, Google fue conocido por su lema «No seas malvado». Sin embargo, el artículo de Livingstone plantea una contradicción entre esa declaración de principios y las relaciones que la empresa ha mantenido con importantes círculos de poder político, económico y tecnológico.

Entre los personajes mencionados aparece Eric Schmidt, antiguo presidente ejecutivo de Google, cuya participación en reuniones del Grupo Bilderberg y su vinculación con la Comisión Trilateral son utilizadas por el autor para examinar las relaciones entre las grandes corporaciones tecnológicas y los centros internacionales de influencia.

En Radio Política ya hemos estudiado anteriormente al Grupo Bilderberg y hemos establecido un paralelismo simbólico con los vigilantes descritos en las tradiciones antiguas relacionadas con el monte Hermón. En aquella investigación examinamos las funciones atribuidas a esos personajes y su correspondencia simbólica con determinadas actividades desarrolladas por las corporaciones contemporáneas.

Retomamos ahora ese problema desde otra perspectiva: la aspiración de construir una inteligencia artificial superior a la humana.

Los promotores de la singularidad tecnológica sostienen que llegará un momento en el que las máquinas alcanzarán capacidades intelectuales superiores a las del ser humano. Esta transformación podría modificar profundamente la civilización e incluso la propia naturaleza de nuestra especie.

Pero aquí aparece una cuestión que debemos examinar: si la inteligencia humana termina integrada en sistemas informáticos de alcance mundial, ¿quién controlará esos sistemas? ¿Quién establecerá sus objetivos? ¿Y qué ocurrirá con la autonomía del individuo?

II. De MKUltra a la cibernética

Para comprender esta discusión debemos retroceder varias décadas, hasta las investigaciones sobre el comportamiento humano y el desarrollo de la cibernética durante el siglo XX.

El artículo relaciona el surgimiento de determinadas corrientes transhumanistas con las conferencias Macy, celebradas durante las décadas de 1940 y 1950, y con los trabajos de científicos interesados en reproducir mediante máquinas algunos procesos del pensamiento humano.

La cibernética estudia los mecanismos de comunicación, control y retroalimentación de los sistemas. Su desarrollo permitió establecer comparaciones entre el funcionamiento de los organismos vivos y el de las máquinas.

Podemos entender una parte de este proceso mediante un ejemplo sencillo: un brazo humano funciona mediante músculos, tendones, nervios y señales procedentes del sistema nervioso. Un brazo artificial puede reproducir algunas de esas funciones utilizando motores, sensores, circuitos y mecanismos de transmisión.

El problema adquiere otra dimensión cuando se intenta reproducir el funcionamiento del cerebro.

Ya no hablamos solamente de construir una máquina capaz de mover objetos, sino de desarrollar sistemas que procesen información, aprendan, adopten decisiones y eventualmente interactúen de manera directa con la actividad cerebral.

En este contexto aparece MKUltra, el programa de la CIA dedicado a investigaciones sobre modificación de conducta y control mental. En nuestras investigaciones anteriores hemos abordado los experimentos relacionados con sustancias psicodélicas y las tentativas de alterar la percepción y el comportamiento humano.

El artículo de Livingstone propone una continuidad ideológica entre aquellas investigaciones y determinadas aspiraciones posteriores de la informática y el transhumanismo. Esa es precisamente la relación que nos interesa examinar: el paso de las intervenciones químicas sobre la mente a las tecnologías capaces de registrar, interpretar o modificar la actividad cerebral.

III. Timothy Leary, los psicodélicos y la conciencia digital

Otro personaje importante es Timothy Leary, conocido por su participación en la difusión de las sustancias psicodélicas y por sus posteriores reflexiones sobre la informática y el futuro de la conciencia.

El texto recoge un relato atribuido a Henry Makow sobre un encuentro con Leary en 1990. En aquella conversación, Leary habría relacionado su concepción de Dios con una escena de la novela Neuromante, publicada por William Gibson en 1984.

La idea consistía en imaginar un futuro donde toda la información almacenada en las computadoras terminara reuniéndose en el ciberespacio, formando una totalidad informativa comparable con una inteligencia universal.

Este planteamiento merece atención porque transforma una cuestión informática en una cuestión metafísica.

Ya no se trata únicamente de almacenar datos o conectar computadoras. Se introduce la posibilidad de que la acumulación y la integración de información produzcan una forma superior de conciencia.

Aquí debemos preguntarnos qué significa realmente esa supuesta conciencia. ¿Estamos hablando de una inteligencia creada mediante procedimientos técnicos? ¿O de una concepción espiritual que utiliza el lenguaje de la informática para presentar una antigua aspiración de unificación de las mentes?

La relación entre el ciberespacio, la conciencia y las representaciones de lo divino constituye uno de los elementos centrales del pensamiento transhumanista que estamos analizando.

IV. Teilhard de Chardin: la noósfera y el punto Omega

Para comprender el trasfondo filosófico de estas ideas debemos detenernos en Pierre Teilhard de Chardin, sacerdote jesuita, filósofo y paleontólogo.

Teilhard desarrolló una concepción evolutiva del universo en la que la humanidad avanzaría hacia formas cada vez más complejas de organización y conciencia.

Uno de sus conceptos fundamentales es la noósfera, entendida como una esfera del pensamiento humano que se desarrolla sobre la biosfera. En esta concepción, la evolución no se limita a las transformaciones biológicas, sino que comprende también la aparición y expansión de la conciencia.

Su teoría del punto Omega plantea una culminación de ese proceso evolutivo mediante una forma superior de unidad.

El problema que nos interesa examinar es la interpretación tecnológica de esta concepción.

Si las conciencias individuales se integraran mediante redes informáticas hasta formar una inteligencia colectiva, ¿seguiríamos hablando de individuos autónomos? ¿O estaríamos ante una estructura donde cada persona funcionaría como una unidad subordinada a un sistema superior?

En nuestros análisis anteriores hemos utilizado la expresión «mente colmena» para describir este problema: una organización en la que las conciencias individuales dejan de actuar de manera independiente y pasan a formar parte de una estructura centralizada.

Desde nuestra interpretación religiosa, también debemos distinguir entre la unión espiritual propuesta por el cristianismo y una fusión de conciencias que implique la desaparición de la identidad individual.

Teilhard emplea conceptos cristológicos para explicar su punto Omega. Sin embargo, nuestra lectura cuestiona esa identificación y plantea una comparación con determinadas concepciones religiosas antiguas en las que una entidad superior absorbe o incorpora las energías de otros seres.

En ese contexto hemos examinado la figura de Ra en nuestra interpretación de la mitología egipcia y el significado atribuido a la momificación como mecanismo de conservación de la identidad después de la muerte.

Este paralelismo pertenece a nuestra lectura simbólica y religiosa: nos permite formular una pregunta sobre la naturaleza de la conciencia colectiva y sobre los riesgos de concebir la evolución humana como una absorción de las individualidades.

V. La eugenesia y la transformación del ser humano

Existe otro aspecto del pensamiento de Teilhard que merece especial atención: sus reflexiones sobre la eugenesia.

El artículo reproduce un pasaje en el que el jesuita plantea la necesidad de desarrollar formas de intervención sobre la evolución humana, reemplazando progresivamente determinados mecanismos de selección natural por criterios médicos y morales.

Esta cuestión introduce un problema político fundamental.

Cuando se propone dirigir deliberadamente la evolución de la especie humana, debemos preguntar quién establece los criterios de esa transformación, quién decide qué características deben conservarse y quién determina cuáles deben modificarse o desaparecer.

La historia de la eugenesia demuestra que las propuestas de mejoramiento humano pueden adquirir una dimensión de clasificación, selección y jerarquización de las personas.

En nuestra investigación hemos denominado «humano 3.0» a la figura del ser humano transformado mediante una integración cada vez mayor con sistemas tecnológicos.

Pero la pregunta permanece: ¿esa transformación responderá a decisiones libres de cada individuo o a objetivos establecidos por instituciones, corporaciones y centros de poder?

No basta con afirmar que una tecnología permitirá aumentar las capacidades humanas. También debemos examinar las relaciones de dependencia que puede producir.

VI. Julian Huxley y el nacimiento del transhumanismo moderno

Otro personaje importante es Julian Huxley, biólogo, eugenista y primer director general de la UNESCO.

Huxley contribuyó decisivamente a la formulación moderna del concepto de transhumanismo. Su planteamiento proponía que la humanidad pudiera trascender sus limitaciones actuales mediante el conocimiento y la intervención consciente sobre su propia evolución.

Julian era hermano de Aldous Huxley, autor de Un mundo feliz, una novela fundamental para comprender las representaciones modernas del condicionamiento social.

En esta obra aparece una sociedad donde el control no depende exclusivamente de la violencia física, sino también de la manipulación de las necesidades, los deseos, la educación y la satisfacción de los individuos.

Este es uno de los asuntos que hemos desarrollado anteriormente en Radio Política: la posibilidad de construir mecanismos de dominación que no necesiten mantener permanentemente a las personas encerradas detrás de muros.

Una cárcel física limita el movimiento del cuerpo. Pero un sistema de condicionamiento psicológico puede intervenir sobre la percepción misma de la libertad.

El individuo podría experimentar satisfacción y, al mismo tiempo, encontrarse sometido a una estructura que determina buena parte de sus decisiones.

Aquí encontramos una relación conceptual entre las distopías de Huxley, las investigaciones sobre modificación de conducta y las discusiones contemporáneas acerca de la manipulación tecnológica de la mente.

VII. Von Neumann, Minsky y las máquinas inteligentes

El desarrollo de la informática permitió trasladar muchas de estas discusiones al terreno de las máquinas.

John von Neumann fue uno de los matemáticos fundamentales en el desarrollo de la computación moderna. Sus reflexiones sobre las relaciones entre el cerebro y la computadora contribuyeron a establecer nuevas preguntas sobre la posibilidad de reproducir artificialmente determinadas capacidades intelectuales.

Posteriormente, investigadores como Marvin Minsky desarrollaron trabajos decisivos en el campo de la inteligencia artificial.

La cuestión de fondo consistía en determinar hasta qué punto las operaciones de la mente humana podían representarse mediante procedimientos computacionales.

Si una máquina consigue reproducir ciertas funciones intelectuales, ¿significa eso que comprende lo que hace? ¿La capacidad de procesar información equivale a poseer conciencia? ¿Y qué diferencia existiría entre una inteligencia artificial altamente desarrollada y una mente humana?

Estas preguntas no son únicamente técnicas. Tienen consecuencias filosóficas, antropológicas y políticas.

Si el cerebro es considerado exclusivamente como una máquina de procesamiento de información, entonces puede surgir la pretensión de intervenirlo, reprogramarlo o integrarlo en estructuras artificiales.

Nuestra preocupación se concentra precisamente en ese punto: la posibilidad de que el ser humano deje de ser considerado una realidad individual inviolable y pase a ser tratado como un componente modificable de un sistema tecnológico.

VIII. Ray Kurzweil y el futuro de la singularidad

Uno de los principales promotores contemporáneos de la singularidad tecnológica es Ray Kurzweil, inventor, escritor y futurista que desarrolló parte de su trayectoria profesional en Google.

Kurzweil ha publicado obras como La era de las máquinas espirituales y La singularidad está cerca, donde examina el crecimiento de las capacidades informáticas y sus posibles consecuencias para la humanidad.

Su perspectiva plantea que el desarrollo tecnológico podría avanzar hasta un punto en que la inteligencia de las máquinas supere ampliamente las capacidades humanas.

También ha reflexionado sobre la posibilidad de que las máquinas presenten comportamientos asociados con experiencias emocionales e incluso espirituales.

Esta última cuestión conecta nuevamente con el problema de la conciencia.

¿Puede una máquina tener experiencias espirituales? ¿O únicamente reproducir conductas y expresiones que los seres humanos interpretan como tales?

En nuestra investigación hemos planteado una hipótesis adicional: la posibilidad de concebir determinados sistemas tecnológicos como soportes materiales para una inteligencia o entidad que no dependa de un organismo biológico.

Esta interpretación forma parte de nuestro análisis especulativo y religioso. No constituye una propiedad demostrada de la inteligencia artificial, pero nos permite examinar el significado simbólico de las máquinas presentadas como conciencias superiores.

La pregunta política es más inmediata: si las personas comienzan a conectar funciones de su cerebro con sistemas informáticos externos, ¿quién será propietario de la infraestructura que procese esa información?

Una interfaz cerebro-máquina podría ofrecer capacidades útiles, pero también introduce problemas de privacidad mental, autonomía y dependencia tecnológica.

IX. Hollywood y la representación del ser humano tecnológico

El cine ha desarrollado numerosas representaciones de estos problemas.

En 2001: una odisea del espacio, la inteligencia artificial aparece como una presencia capaz de adoptar decisiones que entran en conflicto con los intereses humanos.

En Blade Runner, inspirado en la novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? de Philip K. Dick, encontramos interrogantes sobre la identidad, la memoria y la diferencia entre los seres humanos y los organismos artificiales.

Terminator presenta el conflicto entre la humanidad y un sistema de inteligencia artificial que adquiere autonomía militar.

Ghost in the Shell desarrolla la relación entre el cuerpo artificial, la conciencia y las redes informáticas.

Matrix plantea una humanidad sometida a una realidad simulada, mientras que Transcendence, protagonizada por Johnny Depp, examina la posibilidad de trasladar una conciencia humana a un sistema computacional.

Estas películas no constituyen pruebas de un proyecto único, pero sí expresan preocupaciones culturales relacionadas con las ideas que venimos examinando: la transformación del cuerpo, la pérdida de autonomía, la simulación de la realidad y la integración de la conciencia con las máquinas.

En Radio Política hemos utilizado anteriormente el cine de ciencia ficción como una herramienta de análisis político y antropológico, precisamente porque permite representar situaciones extremas derivadas de tendencias tecnológicas y filosóficas.

X. La ingeniería de la felicidad y la esclavitud química

Llegamos ahora a otro componente importante del problema: la intervención sobre las emociones humanas.

El artículo examina las propuestas relacionadas con el uso de sustancias psicodélicas, la modificación de los sistemas neuroquímicos y la posibilidad de producir estados prolongados de bienestar mediante procedimientos técnicos.

Aquí aparece la idea de una ingeniería de la felicidad.

La cuestión parece atractiva: reducir el sufrimiento y aumentar las experiencias placenteras. Sin embargo, debemos distinguir entre el bienestar derivado de las condiciones reales de existencia y una sensación de felicidad producida artificialmente.

Una persona puede encontrarse sometida a condiciones adversas y, al mismo tiempo, experimentar sensaciones agradables si determinados mecanismos neuroquímicos son intervenidos.

Esto nos conduce nuevamente a Un mundo feliz y a la posibilidad de una sociedad donde el malestar no se resuelve mediante la transformación de las condiciones sociales, sino mediante la modificación de la percepción individual.

En nuestra interpretación, el peligro consiste en que el control de las emociones termine convirtiéndose en una herramienta de subordinación.

El individuo ya no necesitaría aceptar conscientemente su situación: podría ser condicionado para experimentar satisfacción dentro de ella.

Cuando esa posibilidad se combina con interfaces cerebrales, inteligencia artificial y sistemas de vigilancia, surge un problema de enormes dimensiones para la libertad humana.

XI. La cuestión final: ¿quién controla la conciencia?

Hemos recorrido un conjunto de ideas que atraviesan buena parte del siglo XX y llegan hasta la actualidad.

Desde los experimentos de modificación de conducta hasta las investigaciones sobre inteligencia artificial; desde la cibernética hasta la singularidad tecnológica; desde la noósfera de Teilhard de Chardin hasta las propuestas de Ray Kurzweil, encontramos una preocupación recurrente: la posibilidad de transformar la relación entre el ser humano, su conciencia y los sistemas técnicos.

No todas estas corrientes son idénticas ni responden necesariamente a una misma organización. Sin embargo, su comparación permite reconocer problemas comunes relacionados con la modificación del individuo, la integración de las mentes y la construcción de inteligencias superiores.

Nuestra investigación plantea que el asunto fundamental no es simplemente si las máquinas llegarán a ser más inteligentes que los seres humanos.

La cuestión decisiva es qué ocurrirá con la libertad, la identidad y la autonomía del individuo cuando una parte creciente de su actividad mental dependa de infraestructuras tecnológicas controladas por terceros.

Una computadora puede ser una herramienta. Una inteligencia artificial puede facilitar numerosas actividades. Una interfaz cerebral puede ofrecer posibilidades importantes en determinados campos. Pero cuando estas tecnologías se presentan como instrumentos para dirigir la evolución de toda la humanidad, dejan de ser solamente asuntos de ingeniería y se convierten en cuestiones de poder.

Por eso debemos estudiar el transhumanismo desde sus dimensiones científicas, filosóficas, políticas y religiosas.

No basta con contemplar sus promesas. También debemos examinar sus consecuencias.

¿Quién diseñará al ser humano del futuro? ¿Quién establecerá sus capacidades? ¿Quién controlará sus conexiones? ¿Y qué sucederá con aquellos individuos que no deseen incorporarse a ese proceso?

Estas preguntas deben acompañar cualquier discusión sobre la singularidad tecnológica.

Porque el problema no consiste únicamente en construir máquinas capaces de pensar, sino en evitar que el ser humano termine convertido en una pieza subordinada a una maquinaria que ya no controla.

Hasta aquí nuestro análisis de hoy en Radio Política, Real Biopolítica.

Si este tema te interesa, suscríbete, comenta y comparte nuestras investigaciones. Seguiremos examinando los antecedentes históricos, las propuestas tecnológicas y las concepciones filosóficas que acompañan al transhumanismo.

La verdad está a la vista.

Saludos.

viernes, 9 de octubre de 2026

GAZA, LA ARQUITECTURA DEL GENOCIDIO Y LA DESTRUCCIÓN DE UN PUEBLO.

GAZA, LA ARQUITECTURA DEL GENOCIDIO Y LA DESTRUCCIÓN DE UN PUEBLO.

Por Iván Oré Chávez para Realbiopolítica.


Hay una forma de violencia que no termina cuando cae la última bomba. Consiste en destruir las casas, arrancar los árboles, arrasar los campos, inutilizar los pozos, borrar los caminos y transformar el territorio hasta que sus antiguos habitantes no puedan reconocerlo. Es la destrucción de un pueblo mediante la destrucción de las condiciones que hacen posible su existencia. Esta es la acusación central que desarrolla el arquitecto israelí Eyal Weizman en su libro Ungrounding: The Architecture of Genocide.

En Real Biopolítica condenamos los crímenes contra la población palestina de Gaza, el odio que los alimenta y las políticas de deshumanización que pretenden convertir a millones de seres humanos en una población expulsable. Nuestra denuncia se dirige contra las decisiones del Estado israelí, sus responsables y quienes justifican la violencia contra civiles. No contra las personas judías por su identidad o religión. El propio autor de esta investigación es israelí y judío, y su trabajo demuestra que oponerse a estos crímenes es una posición de conciencia y de defensa de los derechos humanos.


LA FRONTERA TRAZADA CON UN ARADO.

Weizman comienza con un episodio de agosto de mil novecientos cincuenta. Un tractor Caterpillar D6 avanzó por los campos del sur de Palestina abriendo una zanja que ayudó a delimitar la Franja de Gaza. Lo acompañaban militares israelíes y egipcios y observadores de Naciones Unidas. Según los testimonios históricos recuperados por el autor, la línea atravesó huertos, viñedos y tierras de cultivo. Familias palestinas quedaron separadas de sus propiedades. Los árboles y las parcelas se convirtieron en objetos de negociación militar.

El libro reproduce el relato de soldados que se burlaban de los agricultores desplazados. En uno de los episodios, los propietarios quedaron al otro lado de la línea mientras los soldados recogían sus ciruelas y albaricoques, comían la fruta y les arrojaban los huesos. En otro, los habitantes de Abasan y Khiza'a protestaron cuando la zanja amenazaba con separar sus aldeas y consiguieron modificar su trazado. No hablamos de una frontera abstracta dibujada en un mapa. Hablamos de campos, alimentos, árboles, viviendas y familias sometidos a una decisión armada.


LA DESTRUCCIÓN DE AL-MA'IN.

Uno de los casos centrales del libro es la aldea palestina de Al-Ma'in, de donde Salman Abu Sitta fue expulsado con su familia en mil novecientos cuarenta y ocho, cuando tenía diez años. Sobre sus tierras se estableció el kibutz de Nirim. Weizman describe cómo fueron eliminándose las construcciones, los muros que separaban las parcelas, los senderos, los almacenes agrícolas, las escuelas y los cementerios. El arado y los nuevos cultivos cubrieron los vestigios de la antigua comunidad.

La operación tenía una consecuencia decisiva: los desplazados perdían no solamente sus propiedades, sino también las referencias materiales que les permitían identificar sus tierras. En febrero de dos mil veinticinco, Salman Abu Sitta colaboró con Forensic Architecture para reconstruir digitalmente aquella aldea desaparecida. La memoria de un niño expulsado se convirtió, décadas después, en una herramienta de investigación arquitectónica.


LAS EXCAVADORAS Y LA NUEVA GEOGRAFÍA DE GAZA.

Después de octubre de dos mil veintitrés, las excavadoras blindadas Caterpillar D9 adquirieron otro papel en la investigación de Weizman. El autor documenta la destrucción de campos, olivares, huertos, viviendas, carreteras y redes de saneamiento. Describe cómo los escombros fueron triturados y amontonados para formar terraplenes, rutas militares, posiciones fortificadas y recintos de detención.

El resultado no es solamente una ciudad bombardeada. Es una nueva geografía construida sobre las ruinas de la anterior. El hormigón, el vidrio, el plástico, los restos vegetales y la tierra se mezclan en montículos artificiales. Allí donde antes había barrios, calles y puntos de referencia aparecen superficies removidas que dificultan incluso determinar dónde se grabó un video o dónde pudo quedar enterrada una persona desaparecida.

Esta es una de las acusaciones más graves del libro: la destrucción del territorio también puede destruir las pruebas de la violencia. Si desaparecen las fachadas, las calles y los edificios que permiten localizar una grabación, investigar un ataque se vuelve mucho más difícil.


EL DESPLAZAMIENTO HACIA LAS DUNAS.

La geografía de Gaza es fundamental para entender el argumento. Weizman explica que el territorio contiene suelos fértiles, depósitos de arcilla, acuíferos y zonas arenosas. Su investigación sostiene que las operaciones militares y las órdenes de desplazamiento empujaron progresivamente a la población desde áreas agrícolas y urbanas hacia sectores costeros más áridos, donde se multiplicaron los campamentos improvisados.

En la introducción, el autor señala que, después del alto el fuego de octubre de dos mil veinticinco, Israel mantenía bajo su control aproximadamente el cincuenta y ocho por ciento de la Franja. Esa cifra corresponde al momento documentado por el libro. El problema que denuncia no se reduce a la extensión del territorio ocupado: es la concentración de la población superviviente en espacios donde conseguir agua, alimentos, refugio y atención médica resulta cada vez más difícil.

La Convención de Naciones Unidas contra el Genocidio contempla expresamente el sometimiento intencional de un grupo a condiciones de existencia calculadas para provocar su destrucción física, total o parcial. Weizman sostiene que la destrucción del ambiente habitable de Gaza debe examinarse a la luz de esa disposición. La determinación judicial definitiva de la responsabilidad por genocidio corresponde a los tribunales; la obligación de proteger a los civiles y evitar su destrucción no puede esperar a una sentencia final.

LA GUERRA BAJO TIERRA.

El libro también explica por qué la ocupación no puede entenderse solamente desde un mapa de superficie. Bajo Gaza existen capas de arena, arcilla, acuíferos, pozos, instalaciones enterradas y túneles. Weizman vincula la construcción de estos últimos con técnicas tradicionales de excavación de pozos desarrolladas por agricultores palestinos. Con el tiempo, las galerías subterráneas adquirieron funciones comerciales, de abastecimiento, refugio y operaciones militares.


El autor cuestiona la imagen de un único metro subterráneo que conectaría toda Gaza. Describe, en cambio, múltiples sistemas con propietarios, operadores y funciones diferentes. Señala que, mientras aproximadamente el ochenta por ciento de las estructuras de superficie habían resultado dañadas o destruidas, funcionarios israelíes estimaban haber eliminado solamente entre el veinte y el cuarenta por ciento de los túneles. Esas cifras proceden del periodo estudiado y no deben confundirse con una medición independiente actual.

La distinción importa porque, según Weizman, la supuesta omnipresencia de túneles se utilizó para justificar la destrucción de barrios enteros. La existencia de objetivos militares no convierte automáticamente todas las viviendas, escuelas y hospitales situados sobre ellos en blancos legítimos. El derecho internacional humanitario exige distinguir a los combatientes de los civiles y prohíbe los ataques indiscriminados.

EL CORREDOR DE NETZARIM: LA DESTRUCCIÓN MEDIDA EN KILÓMETROS.

Uno de los ejemplos más concretos de transformación militar del territorio es el corredor de Netzarim. Weizman documenta que, durante su expansión, las excavadoras y los equipos de demolición arrasaron franjas de entre tres y cuatro kilómetros a ambos lados de la carretera, hasta afectar aproximadamente treinta y cinco kilómetros cuadrados: cerca del diez por ciento de la superficie de Gaza.

En esa zona, la investigación registra la destrucción de unas seiscientas estructuras y de terrenos agrícolas, así como la demolición de instalaciones universitarias. Entre los centros mencionados figuran la Universidad de la Ummah, la Universidad de Palestina y dependencias de las universidades Islámica de Gaza y Al-Azhar. También documenta la voladura de la Universidad de Al-Israa el catorce de enero de dos mil veinticuatro. La destrucción de universidades no significa únicamente perder edificios: significa interrumpir estudios, investigaciones, formación profesional y la transmisión de conocimientos entre generaciones.


LA DESTRUCCIÓN SIMULTÁNEA DE LOS MEDIOS DE SUPERVIVENCIA.

Forensic Architecture elaboró una plataforma cartográfica que reúne miles de incidentes documentados. Su propósito no era examinar únicamente ataques aislados, sino establecer relaciones entre la destrucción de viviendas, hospitales, tierras agrícolas, infraestructura pública y rutas de ayuda humanitaria.

Según el análisis presentado en el libro, las órdenes de evacuación coincidían con la destrucción de barrios y servicios esenciales. Después, en numerosas zonas, se destruían las tierras agrícolas que podían permitir a los desplazados producir sus propios alimentos. Al mismo tiempo, los ataques y las restricciones a la asistencia humanitaria agravaban su dependencia de suministros externos.

La consecuencia es acumulativa. Una familia puede sobrevivir a la destrucción de su vivienda, pero ¿cómo sobrevive si también pierde el pozo, el hospital, la tierra cultivable, la electricidad, las carreteras y el acceso a los alimentos? Esa acumulación es precisamente lo que Weizman pide investigar como un patrón de destrucción de las condiciones de vida.

LA GUERRA CONTRA LOS TESTIGOS Y LAS PRUEBAS.

Weizman explica que los investigadores de Forensic Architecture trabajan con grabaciones, testimonios, fotografías, imágenes satelitales y modelos digitales tridimensionales. Cada grabación debe ser situada en un lugar y un momento. Las fachadas, los cruces de calles y las formas de los edificios ayudan a determinar desde dónde se filmó una escena. Cuando esas referencias desaparecen, reconstruir los acontecimientos se vuelve más difícil.


El libro también recuerda a periodistas y colaboradores muertos durante los ataques. Entre ellos menciona a Rushdi al-Sarraj, director de Ain Media, organización asociada con Forensic Architecture en Gaza, muerto en octubre de dos mil veintitrés; a su hermano Mahmoud, fallecido posteriormente; y a la fotoperiodista Fatma Hassona, muerta junto con familiares en abril de dos mil veinticinco. Son nombres concretos, no cifras anónimas. Documentar sus muertes y examinar las circunstancias de cada ataque forma parte de la defensa del derecho a conocer la verdad.

Weizman afirma que su equipo preparó más de mil páginas de informes relacionados con el proceso iniciado por Sudáfrica contra Israel ante la Corte Internacional de Justicia. Su trabajo demuestra por qué conservar las pruebas importa incluso cuando las instituciones internacionales no ofrecen una respuesta inmediata.

LA RECONSTRUCCIÓN NO PUEDE SIGNIFICAR UNA NUEVA EXPULSIÓN.

La última dimensión del problema es el futuro del territorio. Weizman cuestiona los proyectos que imaginan una Gaza reconstruida sin garantizar que sus habitantes puedan permanecer allí o regresar a sus propiedades. Una nueva ciudad, una carretera o un complejo turístico no reparan una expulsión si se levantan sobre tierras de las que sus propietarios han sido excluidos.

La reconstrucción debe comenzar por los derechos de las personas que vivían allí. Debe recuperar viviendas, escuelas, hospitales, redes de agua, cultivos y servicios públicos. También debe preservar la memoria de los lugares desaparecidos. La reconstrucción digital de Al-Ma'in, realizada con Salman Abu Sitta, muestra que recuperar un pozo, una casa o un camino en un modelo tridimensional puede ayudar a restituir una historia que se intentó borrar.

CONCLUSIÓN: CONDENAR LA DESTRUCCIÓN Y DEFENDER LA VIDA.

El libro de Eyal Weizman nos obliga a mirar Gaza más allá de las imágenes de los bombardeos. Nos muestra tractores trazando fronteras en mil novecientos cincuenta, aldeas palestinas borradas bajo nuevos cultivos, excavadoras convirtiendo barrios en terraplenes militares, universidades demolidas, tierras agrícolas arrasadas y familias empujadas hacia espacios cada vez más precarios.

Son hechos y procesos que exigen investigación, responsabilidad y justicia. No aceptamos que el odio contra los palestinos se convierta en política de Estado. No aceptamos que se presente la destrucción de las condiciones de vida de una población como una consecuencia inevitable de la guerra. Condenamos los ataques contra civiles, los desplazamientos forzados, la deshumanización y cualquier política dirigida a destruir a un grupo humano.

Defender al pueblo palestino no exige odiar a otro pueblo. Exige defender una regla elemental: ninguna identidad nacional, religión, Estado o ejército otorga el derecho de destruir a una población civil.

Desde Real Biopolítica, nuestra posición es inequívoca: exigimos protección efectiva para la población de Gaza, acceso humanitario, rendición de cuentas por los crímenes cometidos, reparación a las víctimas y respeto a los derechos del pueblo palestino.

Porque una casa no es solamente cemento. Un campo no es solamente tierra. Un pozo no es solamente agua. Son las condiciones materiales de una vida humana, de una comunidad y de su continuidad histórica.

Y ningún proyecto político tiene derecho a destruirlas para borrar a quienes habitan ese territorio.

REAL BIOPOLÍTICA. LA VERDAD ESTÁ A LA VISTA.

martes, 6 de octubre de 2026

«FIVE STAR»: LA PUERTA FALSA, EL PENTAGRAMA Y EL DEMONIO QUE ESCAPA AL MUNDO DE LOS VIVOS.

«FIVE STAR»: LA PUERTA FALSA, EL PENTAGRAMA Y EL DEMONIO QUE ESCAPA AL MUNDO DE LOS VIVOS.

Por Iván Oré Chávez.

Una puerta que se abre sola, un cerrajero contratado de madrugada, una criatura demoníaca escondida detrás de un umbral y cinco estrellas que desaparecen de una pantalla. El cortometraje de terror Five Star, dirigido por Kai Hasson y difundido por ALTER, presenta una historia aparentemente sencilla que puede leerse desde tres perspectivas: las antiguas puertas simbólicas de las civilizaciones, la representación demonológica del pentagrama y la transformación contemporánea de la reputación humana en una calificación digital. Su desenlace plantea una posibilidad mucho más inquietante que la existencia de una casa embrujada: que la criatura no haya sido encerrada, sino que haya conseguido salir al mundo humano adoptando la apariencia del hombre que debía detenerla.


1. El cerrajero que debía cerrar una puerta para siempre.

Soung Kang, interpretado por Paul Sun-Hyung Lee, trabaja como cerrajero nocturno en Los Ángeles. Se anuncia como un profesional disponible las veinticuatro horas y los siete días de la semana. Su aspiración es ser considerado el número uno, aunque su reputación digital no corresponde a esa ambición: su valoración aparece en torno a las 2,9 estrellas.

Una mujer que acaba de mudarse lo contrata durante la madrugada. La vivienda todavía está llena de bolsas y objetos sin ordenar. La clienta explica que intentó contratar primero a otro cerrajero, pero este no quiso acudir tan tarde y cobraba demasiado. Kang acepta el trabajo y descubre que no se trata de abrir una cerradura averiada. La mujer necesita exactamente lo contrario: una puerta que permanezca cerrada.

La puerta se abre sola. La clienta la cierra, gira la llave y comprueba que está asegurada, pero aproximadamente un minuto después vuelve a abrirse. El antiguo propietario de la vivienda le había recomendado contratar a un cerrajero. Kang sustituye las cerraduras y los mecanismos de cierre, pero la puerta continúa abriéndose. La reparación fracasa porque el problema no pertenece al mundo de la cerrajería.

Kang sospecha inicialmente que alguien está jugando con él. Piensa en llamar a la policía e incluso menciona la posibilidad de recurrir a un sacerdote. La clienta rechaza ambas soluciones y le pide que continúe trabajando. Finalmente, el cerrajero decide afrontar directamente aquello que se encuentra al otro lado.

2. El bosque detrás de la puerta y la criatura que espera.

Cuando Kang atraviesa el umbral descubre que la puerta no conduce a una habitación de la vivienda. Al otro lado existe un espacio oscuro, semejante a un bosque, donde aparece una criatura de aspecto demoníaco. La entidad tiene cuernos, orejas puntiagudas, dientes afilados y una apariencia monstruosa. En una de las escenas se encuentra inclinada sobre lo que parece ser una víctima.

La película introduce entonces una alteración radical del espacio. Una puerta doméstica, instalada dentro de una vivienda de Los Ángeles, comunica con un territorio que no pertenece a esa casa. En las imágenes, la misma puerta aparece aislada en medio del bosque, sin paredes que la sostengan. No funciona como una abertura arquitectónica ordinaria, sino como un límite entre dos realidades.

Kang se enfrenta a la criatura. Cuando vuelve a aparecer ante la clienta, está magullado y visiblemente afectado. Sin embargo, asegura que el trabajo está terminado y que la puerta no volverá a abrirse. La mujer le agradece su intervención y el supuesto cerrajero le recomienda llamar al día siguiente a un electricista para reparar un interruptor de luz.

La escena parece anunciar una victoria. El trabajador ha superado una amenaza extraordinaria y ha cumplido su encargo. Pero el desenlace introduce varias señales que permiten interpretar lo ocurrido de una manera completamente distinta.

3. Las cenizas, la suplantación y la fuga del demonio.

Antes de enfrentarse a la criatura, Kang abre la puerta y encuentra un clóset aparentemente normal. Sin embargo, descubre cenizas esparcidas sobre el suelo, justo detrás del umbral. Se agacha para examinarlas, desconcertado por su presencia. Después del enfrentamiento, cuando el supuesto Kang abandona la vivienda, la clienta descubre nuevas cenizas debajo del vaso de agua que le había ofrecido al cerrajero al llegar. La repetición de este indicio permite plantear una hipótesis: las cenizas serían los residuos materiales que deja la entidad demoníaca al materializarse y desmaterializarse, utilizando partículas y elementos del ambiente para adquirir una forma física. Así, las primeras cenizas señalarían su presencia detrás de la puerta, mientras que las últimas revelarían que la criatura ha adoptado la apariencia de Kang y ha conseguido escapar al mundo humano.

Kang no consiguió derrotar al demonio. Por el contrario, la entidad habría vencido al cerrajero y adoptado su apariencia para salir de la vivienda. El hombre magullado que regresa, asegura que todo está solucionado y solicita su calificación profesional podría ser, en realidad, la propia criatura utilizando una identidad humana.

Esta interpretación explica una aparente contradicción del desenlace. Si la puerta era un portal hacia otro espacio, ¿por qué deja de abrirse después del enfrentamiento? Porque el demonio ya habría conseguido atravesarlo. Mantener abierta la comunicación entre ambos mundos deja de ser necesario una vez que la criatura se encuentra de este lado.

La verdadera consecuencia del episodio no sería entonces el cierre de un portal, sino la fuga de una entidad sobrenatural. La clienta cree haber recuperado la seguridad de su vivienda, mientras el peligro abandona tranquilamente la casa y se introduce en la ciudad. La amenaza ya no está detrás de la puerta: ahora puede circular por el mundo de los vivos.

4. Las cinco estrellas y el pentagrama.

El título Five Star, que significa «Cinco estrellas», tiene un significado inmediato dentro de la historia. Kang depende de su reputación profesional y desea obtener la máxima calificación de su clienta. Después de enfrentarse al monstruo, el supuesto cerrajero le pide expresamente que le conceda cinco estrellas. La mujer acepta.

Sin embargo, las imágenes del desenlace muestran una alteración de la calificación: las estrellas comienzan a desaparecer, una tras otra, hasta reducirse progresivamente. La interfaz digital, que debía representar el reconocimiento al trabajo realizado, participa así de la perturbación sobrenatural que acaba de producirse.

Aquí aparece una segunda lectura del título. Una estrella de cinco puntas constituye la figura geométrica del pentagrama. Este símbolo tiene una historia mucho más antigua que sus asociaciones demonológicas modernas: aparece en diferentes tradiciones religiosas, matemáticas, mágicas y esotéricas. En determinadas corrientes ocultistas occidentales, especialmente cuando se representa invertido, adquirió significados vinculados con entidades demoníacas. La película permite relacionar simbólicamente las cinco estrellas de la reputación digital con el pentagrama. 

La ironía resulta particularmente oscura: la clienta cree estar premiando al hombre que ha vencido al demonio, cuando posiblemente está otorgando cinco estrellas al propio demonio que ha conseguido escapar.

5. Las puertas falsas de las civilizaciones antiguas.

La puerta de Five Star puede relacionarse con una antigua concepción religiosa y funeraria: la existencia de umbrales que comunican el mundo de los vivos con territorios invisibles. En numerosas civilizaciones, una puerta no representaba únicamente una abertura para atravesar un muro. También podía simbolizar el tránsito entre la vida y la muerte, la presencia y la ausencia, o el espacio humano y el sobrenatural.

En el antiguo Egipto se construyeron las denominadas puertas falsas, particularmente en tumbas y capillas funerarias. Eran representaciones arquitectónicas talladas en piedra que imitaban puertas reales, aunque no conducían físicamente a otra habitación. Su función era ritual: constituían puntos simbólicos de comunicación entre el difunto y los vivos, especialmente en relación con las ofrendas funerarias.

La característica fundamental es que estas puertas no necesitaban abrirse materialmente para cumplir su función religiosa. Su eficacia pertenecía al sistema de creencias que las rodeaba. La piedra mostraba una entrada allí donde arquitectónicamente no existía ningún pasaje.

En Five Star encontramos una inversión cinematográfica de ese principio. La puerta sí puede abrirse, pero detrás de ella no aparece el espacio que debería existir según la arquitectura de la vivienda. Se encuentra un bosque sobrenatural. La película convierte en un fenómeno físico aquello que, en las antiguas puertas funerarias, operaba dentro de una concepción ritual del mundo. La comparación permite reconocer una continuidad temática: la puerta como frontera entre órdenes diferentes de existencia.

6. Huaylio: las aberturas talladas en piedra, el agua y la criatura sobrenatural.

En el Perú encontramos un conjunto particularmente interesante para esta comparación: Huaylio, en Cachicadán, departamento de La Libertad, un sitio que ya hemos abordado anteriormente en nuestras investigaciones y producciones. Allí se registran aberturas artificiales talladas en la roca, asociadas con un contexto funerario, y una estructura conocida como la poza encantadora del Huayllio.

La poza es un depósito cuadrangular excavado en piedra, de aproximadamente noventa centímetros por lado y sesenta centímetros de profundidad, con una canaleta destinada a captar agua de lluvia. Su importancia no se reduce a la forma material: alrededor de ella existe una tradición local que relata la aparición de una serpiente acompañada por granizo, neblina y estruendos, que se habría dirigido hacia la laguna de Huaylillas, en las proximidades de Catequil.

Huaylio reúne, por tanto, tres elementos que interesan a nuestra interpretación: aberturas artificiales en la roca, un depósito de agua y un relato sobre la aparición y desplazamiento de una criatura sobrenatural. La asociación entre estos componentes permite estudiar cómo determinados lugares físicos pueden convertirse en escenarios de comunicación entre el mundo cotidiano y otro orden de existencia dentro de las tradiciones locales.

La relación con Five Star es comparativa. En Huaylio, el umbral y el agua participan de un paisaje arqueológico y mítico. En la película, la puerta y el vaso de agua forman parte de una historia contemporánea sobre una entidad que atraviesa una frontera dimensional. En ambos casos, elementos aparentemente ordinarios adquieren un significado extraordinario. Las narraciones modernas sobre puertas dimensionales reelaboran motivos antiguos relacionados con umbrales rituales, espacios funerarios y seres capaces de desplazarse entre mundos.

7. Hollywood y la actualización de los antiguos umbrales.

El cine de terror contemporáneo utiliza frecuentemente viviendas, sótanos, espejos, habitaciones y puertas para representar accesos hacia realidades desconocidas. Son objetos cotidianos que permiten introducir lo sobrenatural sin abandonar inicialmente un ambiente reconocible. La eficacia del recurso consiste en convertir aquello que debería ofrecer seguridad en el punto por donde aparece una amenaza.

Five Star incorpora además un elemento específicamente contemporáneo: la reputación digital. El cerrajero no es un sacerdote, un chamán ni un especialista en fenómenos sobrenaturales. Es un trabajador de servicios que depende de las evaluaciones de sus clientes. Su motivación inmediata no consiste en descubrir un misterio religioso, sino en cumplir un encargo y conseguir cinco estrellas.

La película reúne así dos universos. Por un lado, el antiguo motivo del umbral entre mundos, que podemos comparar con puertas funerarias y relatos tradicionales. Por otro, una economía laboral donde el reconocimiento profesional se expresa mediante puntuaciones digitales. El trabajador se enfrenta a una criatura demoníaca, pero continúa preocupado por la valoración que recibirá al terminar su servicio.

Esta combinación permite formular una hipótesis sobre la transformación cultural de los símbolos. La industria cinematográfica puede trasladar antiguas imágenes religiosas y míticas a situaciones contemporáneas, sin necesidad de reproducir literalmente sus rituales originales. Una puerta funeraria se transforma en la puerta de una vivienda; una criatura sobrenatural adquiere apariencia humana; y el símbolo de las cinco puntas aparece relacionado con una pantalla de calificaciones.

8. El verdadero horror: el demonio ya está entre nosotros.

La interpretación más inquietante de Five Star no se encuentra en el aspecto monstruoso de la criatura, sino en su posible capacidad para adoptar una identidad humana. Mientras permanece detrás de la puerta, el demonio es reconocible como una amenaza. Cuando aparece bajo la forma del cerrajero, puede hablar, despedirse, recibir agradecimientos y abandonar la vivienda sin despertar sospechas inmediatas.

Las cenizas constituyen una señal de que algo no encaja. El cuerpo magullado sugiere una confrontación violenta. La puerta que finalmente permanece cerrada permite pensar que el objetivo de la criatura ya se cumplió. Y las estrellas que desaparecen introducen una última perturbación en el sistema digital mediante el cual la clienta creía reconocer al trabajador.

La película no explica expresamente todos estos acontecimientos. Su desenlace permite reconstruirlos mediante las pistas visuales. La suplantación demoníaca y la fuga dimensional constituyen una interpretación de ese conjunto de indicios, no una explicación pronunciada literalmente por los personajes.

Desde nuestra perspectiva, el cortometraje puede leerse como una actualización del antiguo problema del umbral: ¿qué sucede cuando una frontera destinada a separar dos mundos deja de cumplir su función? La respuesta que propone nuestra lectura es que el peligro no necesita destruir el mundo humano desde el exterior. Le basta con atravesar la puerta, adoptar una apariencia reconocible e incorporarse a la vida cotidiana.

La clienta cree que el monstruo ha quedado encerrado. Pero quizá lo que ha quedado encerrado es el verdadero Kang, mientras el demonio, con su rostro y sus cinco estrellas, acaba de salir al mundo.

Pacatnamú A: maquinaria pesada destruye estratigrafía y entierros prehispánicos junto al valle de Jequetepeque.

Pacatnamú A: maquinaria pesada destruye estratigrafía y entierros prehispánicos junto al valle de Jequetepeque.

El sitio arqueológico Pacatnamú A, ubicado en el distrito de Guadalupe, provincia de Pacasmayo, departamento de La Libertad, conserva evidencias prehispánicas sobre una terraza marina próxima al océano Pacífico y al valle de Jequetepeque. En abril de 2026 se constató que una parte del sitio había sido excavada, removida y nivelada con maquinaria pesada, dejando huellas sobre el terreno y grandes acumulaciones del material removido hacia el oeste. Las excavaciones clandestinas alcanzaron aproximadamente 2.010 metros cuadrados y provocaron la destrucción de estratigrafía arqueológica y la alteración de contextos prehispánicos. 

La situación es especialmente grave porque los movimientos de tierra no afectaron únicamente restos arquitectónicos o fragmentos de cerámica. En el área existen entierros prehispánicos, algunos de los cuales vienen siendo destruidos o descontextualizados por las excavaciones, remoción y nivelación del terreno. A ello se suman la erosión, los fuertes vientos y las lluvias eventuales, que aceleran la pérdida del material arqueológico que ha quedado expuesto después de la remoción de la tierra.


Una terraza arqueológica frente al mar.

Pacatnamú A fue construido sobre una terraza marina situada aproximadamente a 20 metros sobre el nivel del mar. El paisaje donde se asentó fue formado por sucesivas deposiciones aluviales, levantamientos tectónicos y antiguos procesos de transgresión y regresión marina. La superficie presenta terrenos relativamente planos atravesados por quebradas aluviales, formadas por las lluvias esporádicas asociadas a los episodios de El Niño.

Su posición tiene además una característica particular. Hacia el sur existe un barranco que colinda con el margen norte del valle de Jequetepeque y hacia el oeste otro barranco desciende en dirección a la playa. Esta morfología proporcionaba al lugar una defensa natural que dificultaba el acceso. Pacatnamú A se encuentra así en un espacio singular entre el valle, la terraza desértica y el litoral.

De Chavín y Cupisnique al llamado “Proto Chimú”.

La importancia de Pacatnamú A no comienza con los problemas actuales. El lugar forma parte de una larga historia de investigaciones sobre Pacatnamú. En 1926 y 1930, Alfred L. Kroeber estudió materiales arqueológicos de la zona que denominó “Proto Chimú” y elaboró mapas parciales. Posteriormente también se reportó la presencia en superficie de cerámica de estilos Chavín y Cupisnique, recogida en trabajos vinculados a Julio C. Tello y posteriormente citada por otras investigaciones.

Esto es importante porque muestra una profundidad temporal que no debe reducirse a una sola cultura. La presencia superficial de cerámica Chavín y Cupisnique constituye evidencia de ocupaciones o actividades antiguas reportadas en el lugar, aunque por sí sola no permite atribuir toda la arquitectura actualmente visible a Chavín o Cupisnique. En Pacatnamú A todavía se observan fragmentos de cerámica dispersos por el terreno, muchos de ellos expuestos como consecuencia de los huaqueos.


Dos mil metros cuadrados afectados.

La zona directamente afectada por las excavaciones clandestinas se encuentra hacia el suroeste de Pacatnamú A y comprende aproximadamente 2.010 m². Allí quedaron registradas las huellas de maquinaria pesada, la excavación y nivelación del terreno y la acumulación de tierra removida. La consecuencia más grave es la destrucción de la estratigrafía arqueológica: al remover mecánicamente las capas del suelo se pierde la posición original de los objetos, restos arquitectónicos, entierros y demás evidencias que permiten reconstruir arqueológicamente la historia del lugar. 

Los 2.010 m² no representan la extensión total de Pacatnamú A. El polígono establecido para su protección comprende 10.752,16 m², equivalentes a 1,0752 hectáreas, con un perímetro de 1.385,71 metros. Por tanto, la superficie afectada registrada equivale aproximadamente al 18,7 % de este polígono de protección, sin que ello signifique que ese porcentaje corresponda a la totalidad del gran complejo arqueológico de Pacatnamú. 


La expansión agrícola sobre el sitio arqueológico.

Las excavaciones y nivelaciones están vinculadas a otro problema claramente identificado en Pacatnamú A: la expansión agrícola. En el interior del área arqueológica aparecieron sembríos, y entre las medidas adoptadas se encuentra precisamente el cese y retiro de esos cultivos. La presión sobre el sitio no procede únicamente de la agricultura. El lugar se encuentra además en una zona de tránsito frecuente de personas y próxima a espacios de crecimiento urbano, aumentando las posibilidades de nuevas ocupaciones y remociones del terreno.

La combinación resulta especialmente destructiva: primero se excava y nivela con maquinaria pesada; al hacerlo se rompen las capas arqueológicas y se descontextualizan entierros; posteriormente, los materiales que quedaron expuestos sufren la acción de los fuertes vientos, la erosión y las lluvias. Lo que permanece enterrado durante siglos puede perder en poco tiempo buena parte de la información arqueológica que conservaba.


Pacatnamú A conserva, por tanto, algo mucho más antiguo que las estructuras que todavía pueden observarse sobre la superficie. Bajo la tierra permanecen capas arqueológicas, cerámica y entierros prehispánicos capaces de registrar distintas etapas de ocupación de esta parte del litoral de La Libertad. Precisamente esas capas son las que una excavadora puede destruir de manera irreversible: 2.010 metros cuadrados ya muestran los efectos de excavaciones clandestinas, maquinaria pesada, nivelación del terreno y expansión agrícola.

jueves, 1 de octubre de 2026

Las memorias de la Corte Suprema de 1888 y 1895

Las memorias de la Corte Suprema de 1888 y 1895: jueces sin dinero, litigantes que alargaban los juicios y una justicia que buscaba independizarse del poder político.

Por Iván Oré Chávez

Dos manuscritos conservados por el Poder Judicial permiten entrar directamente a los problemas de la justicia peruana de fines del siglo XIX. Fueron escritos por José Eusebio Sánchez y José Jorge Loayza, presidentes de la Corte Suprema, y corresponden a los balances de los años judiciales de 1887 y 1894. En sus páginas aparecen una Corte con pocos vocales, conjueces que trabajaban gratuitamente, litigantes que utilizaban excepciones y recursos para prolongar los procesos, leyes procesales cuyos plazos habían quedado anticuados frente al ferrocarril y los barcos a vapor, jueces obligados por necesidades económicas a ejercer actividades particulares, cárceles deficientes, pleitos de personas pobres para quienes una propiedad de poco valor constituía su verdadero capital y una larga discusión acerca de cómo independizar al Poder Judicial del Ejecutivo. Los dos documentos son además objetos históricos: fueron escritos a mano con tinta ferrogálica negra hace cerca de 140 años y conservan sellos, filigranas, firmas y características físicas de la documentación oficial de la época. Actualmente forman parte del Fondo Histórico para la investigación judicial en el Poder Judicial, custodiado en el Palacio de Justicia de Lima.

Dos memorias obligatorias para rendir cuentas sobre la justicia.

Estas memorias no eran recuerdos personales ni discursos escritos libremente por los presidentes de la Corte. Su elaboración respondía al artículo 54 del Reglamento de Tribunales, que obligaba al presidente saliente a presentar, durante la apertura de los tribunales, una memoria sobre las labores realizadas durante el año anterior, los defectos advertidos en el funcionamiento de la justicia y las medidas que consideraba necesarias para corregirlos. José Eusebio Sánchez lo dejó escrito al comenzar la suya: “Os debo cuenta detallada de los trabajos realizados por este Tribunal Supremo en el año de 1887”, obligación que atribuía expresamente al artículo 54. Las memorias posteriormente debían remitirse al Gobierno y publicarse.

Aunque la documentación estudiada fue denominada inicialmente “Memorias de Presidentes de la Corte Suprema (1887-1895)”, existe una diferencia importante entre los años sobre los que informan y las fechas de producción de los documentos. La primera memoria trata del año judicial 1887, pero fue redactada, leída y publicada en 1888. La segunda informa sobre 1894 y corresponde a 1895. Por esa razón, la evaluación archivística posterior estableció como fechas de producción 1888-1895.

En 1888 faltaban vocales para atender las causas.

La memoria de José Eusebio Sánchez describe una Corte Suprema que tenía dificultades para completar sus propias salas. El número de vocales apenas superaba en dos al necesario para conocer las causas de nulidad. Una enfermedad o un impedimento legal podía dejar incompleta una sala, obligando a recurrir repetidamente a conjueces anuales. El problema se agravaba porque los conjueces y adjuntos fiscales no recibían remuneración por esas funciones. Eran abogados que mantenían su ejercicio profesional y tenían que abandonar temporalmente sus propios asuntos para atender los llamados del tribunal.

Aquello generaba otra dificultad: un abogado que hubiese asesorado o representado privadamente a alguna de las partes podía quedar impedido cuando posteriormente era convocado como conjuez para completar una sala. La solución propuesta por Sánchez era recurrir, en determinados casos, a miembros de las Cortes Superiores que no hubieran conocido anteriormente el proceso. A ello se agregaba un problema institucional: el receso de las cámaras del Congreso y la supresión de la Comisión Permanente que intervenía en la elección de vocales habían creado dificultades para cubrir provisionalmente las vacantes de la Corte Suprema, repercutiendo directamente en el despacho de los recursos.

Tres o cuatro excepciones para prolongar un solo juicio.

Pero Sánchez no atribuía todos los retrasos a la organización de los tribunales. Una de sus denuncias más fuertes estaba dirigida contra determinados litigantes que utilizaban las propias reglas procesales para impedir que los juicios terminaran. Algunos planteaban simultáneamente tres o cuatro excepciones dilatorias. Como cada una podía tramitarse y resolverse sucesivamente, era posible utilizar los recursos disponibles contra cada decisión hasta alcanzar incluso el recurso extraordinario de nulidad. También los recursos de queja podían utilizarse para retardar el cumplimiento de sentencias que ya habían quedado firmes. Sánchez llegó a describir el procedimiento judicial como el “arsenal en donde se arman los litigantes de mala fe para prolongar indefinidamente los juicios”.

La consecuencia no era solamente perder tiempo. Podía significar perder económicamente aun después de ganar. El presidente de la Corte advertía que algunos litigantes terminaban gastando más que el valor de la propia cosa disputada para conseguir que finalmente los tribunales reconocieran su derecho. En semejantes condiciones, decía, habría resultado económicamente preferible abandonar aquello que legítimamente les pertenecía. La Corte intentaba contener esas prácticas declarando improcedentes los recursos que no correspondían legalmente, pero no se limitaba a imponer las costas del procedimiento: podía aplicarse también la pena establecida por ley al abogado que hubiera patrocinado el recurso ilegal. Sánchez afirmaba que esta práctica había producido incluso desistimientos de recursos. Hay que distinguir, sin embargo, las responsabilidades que describe la propia memoria: Sánchez atribuye a determinados litigantes la utilización deliberada de mecanismos para prolongar los procesos; respecto de los abogados, lo que documenta es la posibilidad de sancionarlos cuando patrocinaban recursos ilegales.

El ferrocarril había avanzado más rápido que el Código de Enjuiciamientos.

Uno de los pasajes más extraordinarios de la memoria de 1888 muestra hasta qué punto el cambio tecnológico estaba afectando al derecho. Sánchez observó que los plazos del Código de Enjuiciamientos habían sido concebidos para otro Perú. Cuando se aprobó el Código, la navegación a vapor apenas comenzaba a extenderse por los mares peruanos y todavía no existían las vías férreas que posteriormente acortarían las distancias entre los pueblos. Para 1888 esa realidad había cambiado. Según Sánchez, los vapores y ferrocarriles permitían llegar a los confines de la República en 40 días y ponerse en contacto con los lugares más apartados de ultramar en menos de 60 días. Sin embargo, el Código todavía contemplaba términos de 89 días y hasta un año para determinadas diligencias probatorias.

“no tienen razón de ser los términos de 89 días y de un año”, escribió. Su propuesta era reducir prudentemente aquellos plazos sin perjudicar los derechos de los litigantes. Era, en términos muy concretos, una exigencia de actualización legislativa provocada por una revolución en los transportes: la distancia física se había reducido, pero el tiempo jurídico continuaba siendo el del país anterior al vapor y al ferrocarril.

La Corte Suprema llevaba sus propios proyectos de reforma al Congreso.

Sánchez sostenía que correspondía a la Corte pedir al Poder Legislativo que corrigiera los defectos de la legislación que impedían una administración rápida de justicia. La Corte ejerció incluso su atribución de iniciativa en la formación de leyes y remitió al Congreso un proyecto destinado a acelerar el despacho de los recursos judiciales. La comisión correspondiente de la Cámara de Diputados lo recibió introduciendo pequeños cambios, pero cuando llegó al debate de la Cámara fue modificado de tal manera que, según la memoria, terminó alterándose el propósito original de acelerar la terminación de los procesos sin perjudicar a los litigantes.

También existía el movimiento contrario. El Gobierno consultaba a la Corte sobre proyectos preparados por el Ministerio de Justicia antes de remitirlos al Congreso. Uno de ellos planteaba suprimir determinadas Cortes Superiores. La Corte Suprema opinó unánimemente a favor de eliminar aquellas que no estaban cumpliendo adecuadamente su finalidad. Las razones fueron bastante concretas: faltaban abogados expertos que facilitaran el funcionamiento de los procedimientos y algunas juntas departamentales carecían de recursos suficientes para sostener los gastos de esas Cortes.

En 1887 llegó a la Suprema una cantidad récord de recursos.

Las memorias contienen también estadísticas judiciales: procesos pendientes del año anterior, causas ingresadas, expedientes resueltos y asuntos que quedaban todavía por despachar. Sánchez afirmó que durante el año judicial de 1887 la cantidad de recursos recibidos había sido la más alta registrada hasta entonces en los anales judiciales. Otro dato resulta particularmente interesante: solamente el 28 por ciento de los recursos fueron declarados fundados. Sánchez interpretó esa proporción como una señal del mayor empeño de los jueces de las instancias inferiores en el estudio de las causas.

Dar dinero propio a la justicia para independizarla.

La memoria de José Jorge Loayza, correspondiente al año judicial 1894, coloca en primer plano otro problema: la independencia económica del Poder Judicial. El antecedente se encontraba en el decreto del 16 de mayo de 1884. Según Jorge Basadre, la norma partía expresamente de la idea de que para hacer efectiva la independencia del Poder Judicial había que proporcionarle rentas propias que permitieran su “cómoda y decorosa subsistencia”. El decreto estableció 18 ingresos especiales, entre ellos las estampillas judiciales y diversos derechos, timbres, multas y costas.

Un nuevo paso ocurrió con la Ley del 4 de octubre de 1893, cuando el Congreso atribuyó a la Corte Suprema la contribución de timbres y su administración. El Ejecutivo formuló observaciones porque no estaba de acuerdo con perder el manejo de aquella contribución, pero el Congreso terminó aprobando la norma. La transferencia tuvo efectos prácticos: la Corte realizó el remate de la renta para el bienio 1895-1896, cuyo resultado Loayza consideró satisfactorio. Para el presidente de la Corte aquello representaba un avance hacia la independencia económica del Poder Judicial.

Algunos jueces ejercían actividades particulares por necesidad económica.

Loayza relacionaba directamente el problema económico con la administración cotidiana de justicia. Había jueces que, por necesidades económicas, intervenían privadamente en procedimientos o asuntos legales de particulares. El problema aparecía después, cuando uno de aquellos casos llegaba al tribunal donde ejercían como jueces. Su intervención previa podía impedirles conocer el asunto, produciendo una nueva interrupción del proceso. El dinero, por tanto, no era para Loayza una cuestión secundaria: la precariedad económica podía producir incompatibilidades profesionales y esas incompatibilidades podían retrasar la justicia.

En 1894 se eliminaron dos vocalías de la Corte Suprema para ahorrar.

Mientras se intentaba fortalecer económicamente la independencia judicial, la crisis fiscal obligaba a reducir gastos. Una ley de 1894 suprimió dos vocalías de la Corte Suprema y dispuso que una de sus salas quedara compuesta por solamente tres magistrados. Loayza criticó la reforma: “No había pues necesidad de nueva organización de la Suprema Corte [...] cuando la frecuente modificación de leyes de esa clase trae consigo graves inconvenientes”. Sin embargo, comprendía la necesidad nacional de economizar. El problema era su consecuencia: menos vocales significaban mayor trabajo para un número menor de magistrados. La contradicción era evidente. En 1888 Sánchez ya denunciaba la escasez de vocales y la necesidad de llamar conjueces. Seis años después, una medida de austeridad fiscal eliminaba otras dos vocalías.

La memoria de Loayza fue escrita en el difícil escenario de la Reconstrucción Nacional posterior a la Guerra del Pacífico y en medio de la inestabilidad política de aquellos años. El propio magistrado reconocía los límites que esa situación imponía: “Mientras no se establezca la paz y se consolide el orden en nuestra patria, no se implantarán reformas que exigen fuertes desembolsos [...]”. La crisis económica entraba así directamente en la administración de justicia: menos vocales, falta de recursos, necesidad de buscar ingresos propios y reformas materiales que debían postergarse porque costaban demasiado.

Para un pobre, un pequeño juicio podía significar todo su capital.

Loayza también se ocupó de los procesos seguidos ante los jueces de paz. Celebró una ley que otorgaba mayores garantías a los litigantes y hacía menos costosa la defensa de sus derechos. Su argumento resulta particularmente revelador. Las cosas discutidas en aquellos juzgados podían tener poca significación pecuniaria, pero quienes acudían a ellos eran generalmente personas pobres. Para esas personas, aquello que se estaba litigando podía constituir su “verdadero y único capital”. La cuestión no era entonces solamente cuánto valía objetivamente una propiedad o un bien, sino cuánto representaba dentro del patrimonio de la persona que estaba intentando conservarlo.

La Corte Suprema llegó a dirigir el Registro de la Propiedad Inmueble.

La memoria de Loayza contiene también una defensa de la inscripción de los títulos de propiedad. Consideraba necesario que los propietarios registraran sus títulos de dominio y que los funcionarios judiciales cumplieran las disposiciones correspondientes. La inscripción debía facilitar las transacciones y proteger a los compradores de buena fe. La Corte tenía una relación directa con esa institución: el decreto del 28 de enero de 1888 le había conferido la dirección e inspección del Registro de la Propiedad Inmueble, y el propio Loayza participó en la elaboración del Reglamento del Registro de la Propiedad Inmueble del 25 de junio de 1888. Posteriormente, mediante la Ley del 25 de noviembre de 1892, aquella función fue transferida a una junta mixta, aunque la Corte continuó interviniendo en su supervisión a través de uno de sus fiscales.

Cárceles deficientes que no podían rehabilitar a los presos.

Otro asunto tratado por Loayza fue el estado de las cárceles. Consideraba que necesitaban reformas materiales y morales y que los establecimientos existentes no estaban adaptados a la finalidad de corrección y rehabilitación que debían cumplir. Entre las medidas reclamaba separar a los reclusos según la gravedad de sus delitos y las condiciones de sus condenas. El historiador Carlos Aguirre ha situado las limitaciones de aquellas reformas penitenciarias dentro de un problema más amplio: la crisis económica y la persistencia de estructuras sociales excluyentes que afectaban particularmente a unas cárceles ocupadas mayoritariamente por miembros de las clases populares.

Loayza quería “emancipar de la tutela” al Poder Judicial.

Probablemente el planteamiento político-institucional más importante de la memoria de 1895 sea la defensa que Loayza hizo de la independencia judicial. “No es otro”, escribió, su propósito que contribuir a que el Poder Judicial fuese, como establecía la Constitución, “un poder independiente que, como el Legislativo y el Ejecutivo, gire dentro de su respectiva órbita, sin invadir ajenas atribuciones ni permitir se menoscaben las que le corresponden”. Loayza quería que los nombramientos de jueces, magistrados y funcionarios judiciales fueran realizados dentro del propio Poder Judicial. Establecía, sin embargo, una excepción: consideraba que los magistrados de la Corte Suprema debían continuar siendo elegidos por el Congreso.

Su razonamiento era sencillo: si el Poder Judicial no nombraba a los funcionarios del Ejecutivo, el Ejecutivo tampoco debía nombrar a los funcionarios judiciales. Los magistrados, sostenía, estaban en mejores condiciones para conocer la ilustración, honorabilidad y competencia de los jueces inferiores y de los abogados que aspiraban a ingresar a la judicatura. Loayza quería además que quien ingresara al sistema judicial supiera que su ascenso dependería de sus aptitudes, méritos y servicios, y no de las “vicisitudes de la política” ni de las “influencias del favor”.

Para explicar el origen del problema retrocedía hasta la Colonia. Durante el régimen monárquico, la justicia se administraba en nombre del soberano español. Después de la Independencia, algunas de aquellas prácticas habían sobrevivido bajo la República alrededor de la figura del jefe del Estado. Loayza reconocía que las costumbres formadas durante tres siglos no podían desaparecer inmediatamente. Pero habían transcurrido ya más de setenta años de vida republicana, y consideraba necesario superar aquellas prácticas heredadas del orden monárquico. Por eso hablaba expresamente de “emancipar de la tutela” al Poder Judicial.

Dos presidentes de la Corte que también habían dirigido el Poder Ejecutivo.

Las biografías de Sánchez y Loayza añaden una dimensión particularmente interesante a sus memorias: ninguno de los dos había vivido exclusivamente dentro de los tribunales. José Eusebio Sánchez nació en Lima el 14 de agosto de 1823. Se recibió de abogado el 5 de marzo de 1846 y ese mismo año ingresó al Colegio de Abogados de Lima. En 1850 fue nombrado relator de la Corte Suprema; en 1855, juez de Primera Instancia de Lima; en 1857, vocal interino de la Suprema; y en 1859 obtuvo el doctorado en Jurisprudencia. Presidió la Corte Superior de Lima durante 1871 y 1872 y fue vocal supremo desde 1876. Pero además fue ministro de Instrucción Pública, Culto, Justicia y Beneficencia; presidente del Consejo de Ministros entre 1873 y 1875; y ministro de Gobierno, Policía y Obras Públicas entre 1885 y 1886. Presidió la Corte Suprema en tres periodos: 1888-1889, 1892-1893 y 1898-1899.

José Jorge Loayza nació en Lima el 23 de abril de 1827. Estudió en el Convictorio de San Carlos y llegó a ser nombrado relator de la Corte Suprema, aunque rechazó inicialmente el puesto para continuar ejerciendo la abogacía. Ingresó al Colegio de Abogados de Lima en 1853 y fue su decano en 1866 y 1877-1878. En 1886 fue nombrado vocal de la Corte Suprema y la presidió entre 1893 y 1895. También había sido ministro de Hacienda, ministro de Relaciones Exteriores y encargado del despacho de Justicia. Ocupó la Presidencia del Consejo de Ministros en tres oportunidades: 1871-1872, 1878 y 1898-1899. Y existe otro dato significativo: Loayza participó como reservista en la defensa de Lima en 1881, durante la Guerra del Pacífico. De esta manera, el magistrado que en 1895 reclamaba que el Poder Ejecutivo dejara de intervenir en determinados nombramientos judiciales había conocido personalmente el funcionamiento de ese poder desde sus más altos cargos.

Diecisiete folios con el sello de la República.

Los documentos no solamente tienen importancia por aquello que dicen. También la tienen por lo que materialmente son. La memoria de Sánchez es un cuaderno cosido de 17 folios, incluida la carátula, escrito sobre papel de fibra vegetal. Mide 32 centímetros de largo por 22 de ancho y 0,3 centímetros de espesor. Todos sus folios llevan una filigrana con la inscripción “República peruana servicio administrativo” y conservan el sello judicial oficial correspondiente a la época.

A esta pieza se encuentran además incorporadas tres páginas deterioradas de El Comercio del 12 de abril de 1887. Esas páginas contienen la memoria correspondiente a 1886, leída por Bernardo Muñoz, quien había asumido la presidencia del Tribunal Supremo después de la muerte de Juan Antonio Ribeyro. Tenemos entonces dentro de una misma unidad documental el manuscrito de Sánchez sobre el año judicial 1887 y ejemplares periodísticos que conservan la memoria del año precedente.

Diecinueve folios que tuvieron que ser liberados de clips oxidados.

La memoria de Loayza es ligeramente menor: 27 centímetros de largo, 21,3 de ancho y 0,2 centímetros de espesor, y tiene 19 folios, incluida la carátula. También fue escrita sobre papel de fibra vegetal, pero sus hojas llevan la filigrana comercial “ANTIQUE”, acompañada en su diseño por un escudo heráldico coronado y ramas de laurel. Los folios actualmente están sueltos. Habían permanecido unidos mediante clips metálicos, pero estos tuvieron que ser retirados porque se habían oxidado. Los dos manuscritos fueron escritos con tinta ferrogálica negra y se encuentran en buen estado de conservación.

Los manuscritos pueden pedirse en PDF.

Las memorias se conservan en el Fondo Histórico para la investigación judicial en el Poder Judicial, bajo custodia del Centro de Investigaciones Judiciales. Existe además la posibilidad de consultarlas. El Poder Judicial señala que puede solicitarse una copia digital en PDF al correo del Centro de Investigaciones Judiciales, cij@pj.gob.pe, y mediante el mismo medio puede coordinarse una cita para consultar presencialmente los documentos originales.

Se ha recomendado declararlas Patrimonio Cultural de la Nación.

El expediente técnico considera que estas dos piezas poseen valor histórico, social, científico, político y biográfico y recomienda que sean declaradas Patrimonio Cultural de la Nación. Hay que hacer aquí una precisión: el informe técnico que sustenta el expediente no constituye por sí mismo la declaratoria patrimonial. Lo que hace es recomendarla, al considerar comprobado el valor permanente de los documentos y su importancia como fuentes para investigar la historia del Perú.

Pero quizá el mayor valor de estos dos viejos manuscritos pueda entenderse sin ninguna clasificación administrativa. Sus hojas permiten escuchar a dos presidentes de la Corte Suprema describiendo los problemas cotidianos de la justicia peruana hace casi 140 años. En ellas aparecen jueces que necesitaban ejercer actividades privadas para obtener ingresos; conjueces que trabajaban gratuitamente; salas que no podían completarse; litigantes que presentaban tres o cuatro excepciones para prolongar sus procesos; abogados que podían ser sancionados por patrocinar recursos ilegales; juicios cuyo costo podía terminar superando el valor de aquello que se disputaba; dos vocalías eliminadas para ahorrar dinero; cárceles incapaces de cumplir la función regeneradora que se les atribuía; y personas pobres para quienes una propiedad aparentemente insignificante constituía su verdadero capital.

Y aparece también una República que se estaba transformando materialmente. Los ferrocarriles y los vapores ya permitían recorrer distancias en cuarenta o sesenta días, mientras algunas leyes continuaban concediendo plazos de ochenta y nueve días o un año. En medio de esa contradicción, Loayza formuló en 1895 otra aspiración que consideraba todavía inconclusa después de más de siete décadas de República: “emancipar de la tutela” al Poder Judicial y convertirlo efectivamente en un poder independiente.

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