DEL TOLEDO VISIGODO A LA ASTURIAS
DE LA RECONQUISTA: LA CRUZ COMO CONTINUIDAD DE UN SÍMBOLO DE PODER.
Por Iván Oré Chávez.
Una cruz visigoda permaneció durante siglos a la vista de todos, incrustada en el muro de una vivienda particular de Casarrubios del Monte, en Toledo. Lo que parecía una piedra reutilizada resultó ser un vestigio excepcional de la escultura monumental de los siglos VII y comienzos del VIII. Su importancia, sin embargo, desborda el hallazgo arqueológico: la pieza aporta un nuevo antecedente material para estudiar la transmisión de uno de los símbolos que posteriormente caracterizarían a la monarquía asturiana.
El relieve, de piedra caliza y 62 centímetros de longitud por 17 de anchura, representa una cruz griega anicónica, es decir, una cruz sin la figura de Cristo y con brazos trapezoidales de longitud semejante ensanchados hacia los extremos. De sus brazos horizontales cuelgan las letras alfa y omega, mientras que el inferior se prolonga formando una especie de astil o empuñadura. Los arqueólogos consideran que representa un emblema que podía ser empuñado, colocado sobre un altar o montado sobre un asta para participar en ceremonias y procesiones.
El descubrimiento forma parte de un proyecto de investigación dedicado desde hace años
a localizar spolia: piezas
procedentes de antiguos edificios de Toledo y de importantes asentamientos de
su entorno que terminaron reutilizadas en iglesias y viviendas posteriores. En
el caso de Casarrubios, el edificio visigodo original del que procedía el
relieve se ha perdido. El hallazgo resulta especialmente importante porque
demuestra que en el Toledo del siglo VII ya
existían elementos iconográficos que posteriormente serían utilizados por la
monarquía asturiana y que, por tanto, no fueron una creación ex novo. Se trataría, además, del primer relieve visigodo de estas características
localizado en el territorio de la antigua sede regia de Toledo.
LA CRUZ DEL REINO VISIGODO
La pieza
de Casarrubios no apareció aislada dentro de la cultura visual visigoda. Los
investigadores señalan como su principal paralelo conocido un relieve
conservado en el Museo Lapidario de Narbona, fechado también entre los
siglos VII y VIII. La localización resulta especialmente significativa: Narbona
formaba parte de la Septimania visigoda, el territorio del Regnum
Gothorum situado al norte de los Pirineos.
Las cruces de Casarrubios y Narbona no son idénticas. La segunda está integrada en una composición mucho más rica, rodeada de motivos animales y vegetales. Lo relevante es precisamente que diferentes regiones del reino emplearan variantes de un mismo lenguaje cristiano monumental. La comparación demuestra que no estamos ante la necesidad de encontrar copias exactas, sino ante la circulación y transformación de determinados modelos iconográficos.
La
creciente importancia de la cruz en la monarquía visigoda debe entenderse
además dentro de la transformación religiosa del reino. Tras la conversión de
Recaredo al catolicismo, Gregorio Magno envió al monarca en 599 diversas reliquias,
entre ellas una vinculada a la cruz de Cristo. La cruz adquirió una poderosa
significación como representación de la victoria de Cristo sobre la muerte y el
mal, pero también como emblema de protección y victoria.
El Tesoro
de Guarrazar muestra otra dimensión material de este fenómeno. Sus célebres
cruces votivas de oro y piedras preciosas testimonian hasta qué punto la cruz
había penetrado en la representación religiosa y regia de las élites visigodas.
El símbolo podía aparecer esculpido en piedra, transformado en objeto litúrgico
o convertido mediante la orfebrería en una manifestación monumental de riqueza,
devoción y autoridad.
Y
entonces ocurrió la gran ruptura política: en 711 comenzó el derrumbe del
reino visigodo de Toledo. Desapareció el Estado que había utilizado esos
símbolos. Pero no desaparecieron necesariamente las poblaciones cristianas, sus
tradiciones religiosas ni toda su cultura visual.
DE TOLEDO A OVIEDO
Algo más
de un siglo después encontramos nuevamente una cruz de características
relacionadas en un lugar extraordinariamente significativo: Santa María del
Naranco, levantada durante el reinado de Ramiro I de Asturias (842-850).
El
edificio no fue originalmente una iglesia. Formaba parte del complejo palatino
que Ramiro I mandó construir en las laderas del monte Naranco, junto a Oviedo.
Posteriormente fue transformado para el culto cristiano. Por eso las cruces que
forman parte de su decoración pertenecen originalmente a un espacio relacionado
directamente con la representación arquitectónica de la monarquía asturiana.
Las
cruces de Naranco tampoco son copias de la de Casarrubios. El arte ramirense
desarrolló un lenguaje propio y extraordinariamente innovador. Sin embargo,
reaparecen elementos reconocibles del repertorio anterior: cruz griega de
brazos ensanchados, astil (una vara o mango que permitía sostener o
portar la cruz a la manera de estandarte) y alfa y omega. La tradición fue reelaborada, no reproducida
mecánicamente.
Y existe
una fuente histórica que proporciona a esta semejanza arqueológica una
dimensión política mucho mayor. La Crónica Albeldense, redactada en el
siglo IX, atribuye al rey Alfonso II (791-842), predecesor inmediato de
Ramiro I, la reorganización de Oviedo conforme al modelo de la antigua Toledo:
«Omnemque
Gothorum ordinem, sicuti Toleto fuerat, tam in ecclesia quam palatio, in Ovetao
cuncta statuit.»
Es decir,
estableció en Oviedo el orden de los godos tal como había existido en
Toledo, tanto en la Iglesia como en el palacio. La frase resulta
extraordinaria cuando se coloca junto a la evidencia arqueológica. La monarquía
asturiana no solamente conservaba recuerdos vagos de los visigodos: una
fuente medieval afirma expresamente que Oviedo adoptó como referencia el orden
de la antigua sede regia de Toledo.
Y poco
después, durante el reinado de Ramiro I, encontramos dentro de un edificio
palatino de Oviedo una representación monumental de la cruz cuyos antecedentes
iconográficos pueden rastrearse ahora en el mundo visigodo.
NO UNA COPIA, SINO UNA HERENCIA
Determinados
componentes del lenguaje iconográfico posteriormente utilizado por los astures existían
ya en época visigoda. Narbona muestra que no se trataba necesariamente de
un fenómeno exclusivamente toledano. Y Santa María del Naranco documenta su
posterior reelaboración dentro de la arquitectura vinculada a la monarquía
asturiana.
La
continuidad, además, no necesita producir objetos idénticos. Una tradición
política puede conservar símbolos mientras transforma radicalmente su ejecución
artística. Casarrubios, Narbona y Naranco son diferentes precisamente porque
pertenecen a contextos distintos de una tradición que evolucionó.
Aquí
reside la verdadera importancia del descubrimiento. Durante mucho tiempo podía
contemplarse la cruz asturiana como producto característico del nuevo reino
septentrional. Casarrubios introduce una pieza que obliga a mirar hacia atrás:
varios de sus componentes fundamentales estaban presentes antes de 711,
dentro del mundo visigodo.
La
distancia cronológica tampoco es enorme. Entre el horizonte final de la pieza
de Casarrubios y la construcción del complejo de Ramiro I hacia mediados del
siglo IX transcurrió aproximadamente un siglo y cuarto. Durante ese intervalo
desapareció el reino visigodo, pero sobrevivieron comunidades cristianas,
instituciones eclesiásticas, objetos, manuscritos, tradiciones artísticas y
memorias políticas capaces de actuar como vehículos culturales.
Por eso
la continuidad entre Toledo y Asturias no puede reducirse a una semejanza
entre dos cruces. El símbolo constituye la manifestación material de una
relación más profunda: religiosa y cultural, pero también
político-legitimadora. La monarquía asturiana construyó progresivamente una
imagen de sí misma como heredera de la tradición cristiana de la antigua
Hispania visigoda. Toledo proporcionaba un pasado prestigioso; Oviedo
construía sobre esa memoria una nueva sede del poder. La cruz permite contemplar
ese proceso en piedra pues aunque no permaneció idéntica, si sobrevivió
transformándose.