sábado, 12 de septiembre de 2026

EDÉN EN FUGA: HACE 900.000 AÑOS ÁFRICA EXPULSÓ A HOMBRES Y ANIMALES

EDÉN EN FUGA: HACE 900.000 AÑOS ÁFRICA EXPULSÓ A HOMBRES Y ANIMALES

Por Iván Oré Chávez para Realbiopolítica

Hace unos 900.000 años, África sufrió una transformación climática de enormes proporciones. Una gran glaciación hizo crecer las masas de hielo, alteró las lluvias y extendió las regiones áridas y las sabanas sobre amplias zonas del continente. Mientras los antiguos territorios habitables comenzaban a deteriorarse, el nivel de los océanos descendió aproximadamente 110 metros. África se convertía así en una tierra cada vez más difícil para hombres y animales, mientras aparecían nuevas rutas hacia Eurasia.

Este extraordinario escenario ha sido reconstruido en la investigación “Hominin population bottleneck coincided with migration from Africa during the Early Pleistocene ice age transition” —«El cuello de botella de la población de homininos coincidió con la migración desde África durante la transición glacial del Pleistoceno temprano»—, publicada en marzo de 2024 en Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS). El estudio reúne registros climáticos, arqueológicos, paleomagnéticos y genéticos para reconstruir uno de los grandes movimientos poblacionales del Pleistoceno.


LA GRAN CATÁSTROFE DE HACE 900.000 AÑOS

El acontecimiento climático fue el MIS 22 (Marine Isotope Stage 22, Estadio Isotópico Marino 22), la primera gran edad glacial del Pleistoceno comparable por su intensidad con las enormes glaciaciones posteriores. Duró aproximadamente 80.000 años y constituyó uno de los episodios centrales de la gran transformación del sistema climático terrestre conocida como MPT (Mid-Pleistocene Transition, Transición del Pleistoceno Medio).

Los registros marinos muestran la excepcional magnitud del fenómeno. MIS 22 alcanzó valores isotópicos superiores a los de las glaciaciones anteriores y provocó una caída del nivel del mar cercana a 110 metros. Para comprender su importancia basta compararla con MIS 34, una glaciación anterior que habría producido descensos de entre 70 y 85 metros. La diferencia significó decenas de metros adicionales de retirada de los océanos y una profunda transformación de las costas.

Grandes superficies anteriormente cubiertas por aguas poco profundas quedaron emergidas. Se ampliaron conexiones terrestres en el Levante, el entorno del mar Negro, el norte del Adriático y el corredor formado por las cuencas del Po y del Danubio. La acumulación de hielo estaba modificando literalmente el mapa por el que podían desplazarse animales y homininos. Mientras unas regiones se hacían inhabitables, otras quedaban conectadas por primera vez mediante corredores ecológicamente transitables.


En África ocurría simultáneamente otra transformación. Los sedimentos marinos registran un importante incremento del polvo sahariano, mientras otros indicadores muestran una expansión de plantas C4, asociadas principalmente con ambientes abiertos como las sabanas. El enfriamiento de las aguas superficiales del Atlántico ecuatorial debilitó la circulación monzónica y redujo la humedad que penetraba hacia el interior del continente. África comenzó a secarse mientras sus paisajes cambiaban.

La consecuencia fue una presión creciente sobre las poblaciones del género Homo. La propia investigación resume la alternativa con extraordinaria claridad: aquellas poblaciones tuvieron que adaptarse o migrar para evitar la extinción. Pero la naturaleza produjo entonces una paradoja decisiva. La misma glaciación que estaba destruyendo o reduciendo antiguos hábitats africanos había retirado tanta agua de los océanos que estaba abriendo las rutas por donde hombres y animales podían escapar.

HOMBRES Y ANIMALES ABANDONAN ÁFRICA

El registro arqueológico muestra una significativa concentración de yacimientos con presencia hominina aproximadamente entre 990.000 y 780.000 años atrás. Aparecen evidencias desde Oriente Próximo y Europa hasta China y Java. La investigación interpreta esta concentración como las huellas de un «gran éxodo desde África», desencadenado alrededor de MIS 22 y extendido posteriormente por buena parte de Eurasia.

Una rama de aquella expansión avanzó hacia Europa utilizando el gran corredor Danubio-Po. Desde el Levante, Turquía y el Cáucaso, hombres y animales pudieron penetrar hacia el interior europeo siguiendo territorios que las nuevas condiciones climáticas habían convertido en corredores terrestres. La expansión alcanzó finalmente la península ibérica por el oeste y llegó hacia el norte hasta las Islas Británicas.

El estrecho de Gibraltar no habría sido necesario para explicar este movimiento. Su principal umbral tiene aproximadamente 300 metros de profundidad, por lo que continuó sumergido incluso cuando MIS 22 hizo descender el océano unos 110 metros. La gran puerta hacia Europa habría estado más al este, donde las modificaciones del nivel marino y de los sistemas fluviales facilitaron una continuidad territorial y ecológica desde las puertas de Europa hasta el Danubio y el Po.

Otra parte de la expansión avanzó hacia Oriente. En un intervalo semejante encontramos homininos en China y Java. En Sangiran, uno de los grandes yacimientos de Homo erectus, existen indicios de una población anterior y otra posterior relacionada cronológicamente con esta gran transición. El estudio contempla incluso que aquella nueva expansión pudo desplazar o sustituir grupos humanos que habían alcanzado anteriormente algunas regiones asiáticas.

Pero el aspecto más extraordinario es que los hombres no salieron solos de África. La llamada hipótesis de la migración Galeriana describe movimientos de redes alimentarias africanas enteras, incluyendo grandes mamíferos como los elefantes. Los homininos formaban parte de esa red. Cuando cambiaron las lluvias, la vegetación y la disponibilidad de recursos, comenzaron a desplazarse animales y poblaciones humanas siguiendo corredores ecológicos semejantes.

Esto transforma completamente la imagen de aquella migración. No debemos imaginar únicamente pequeños grupos humanos aventurándose por territorios desconocidos. Estamos contemplando una reorganización del paisaje viviente: grandes mamíferos desplazándose, sabanas extendiéndose, corredores terrestres apareciendo y poblaciones de Homo siguiendo el movimiento de los recursos y de los animales de los que dependían.

UNA HUMANIDAD AL BORDE DEL ABISMO

Precisamente alrededor de aquella época aparece otra señal extraordinaria. Un estudio genético realizado sobre 3.154 genomas humanos actuales reconstruyó hacia el pasado el tamaño efectivo de nuestras poblaciones ancestrales y detectó un severísimo cuello de botella entre aproximadamente 930.000 y 813.000 años atrás. La población reproductora efectiva habría quedado reducida durante aquel prolongado episodio hasta aproximadamente 1.280 individuos.

La coincidencia cronológica resulta impresionante. El cuello de botella genético aparece prácticamente en la misma ventana en que MIS 22 transforma el clima, aumenta el hielo, hace retroceder los océanos, intensifica la aridez africana y coincide con una gran expansión hominina por Eurasia. Registros completamente diferentes parecen converger alrededor de un acontecimiento ocurrido hace unos 900.000 años.

La crisis climática fue acompañada además por una importante transformación de los ecosistemas. Aumentó el polvo sahariano, cambiaron las comunidades vegetales y comenzaron movimientos de grandes mamíferos. El género Homo no estaba separado de esas cadenas ecológicas: dependía de ellas. Cuando los animales comenzaron a desplazarse buscando nuevos espacios habitables, los homininos tenían poderosas razones para seguir las mismas rutas.

La secuencia que emerge es formidable: glaciación → acumulación de hielo → descenso del océano → debilitamiento de los monzones → aridificación africana → expansión de sabanas → desplazamiento de animales → apertura de corredores terrestres → migración de homininos hacia Eurasia. Una transformación planetaria terminó convirtiéndose en una transformación de la geografía humana.

EL GRAN ÉXODO NO FUE EL PRIMERO

Existieron dispersiones anteriores. En Shangchen, China, se han encontrado 17 niveles con objetos interpretados como herramientas que se extienden aproximadamente entre 2,1 y 1,3 millones de años. También existen antiguas evidencias en Lantian/Gongwangling, Yuanmou y Sangiran. El propio estudio contempla la existencia de poblaciones euroasiáticas anteriores a la gran expansión de hace 900.000 años.

Esto hace todavía más interesante MIS 22. Lo que ocurrió entonces no necesita ser entendido como la primera salida de África, sino como un éxodo de dimensiones mucho mayores. Poblaciones anteriores habían conseguido penetrar en Eurasia, pero alrededor de 0,9 millones de años aparece una concentración mucho más amplia de yacimientos desde las puertas de Europa hasta los confines orientales del continente.

Algunas de aquellas poblaciones antiguas pudieron incluso encontrarse con los recién llegados. El estudio plantea la posibilidad de desplazamientos o sustituciones en determinadas regiones asiáticas. La gran crisis africana pudo generar así no solamente una expansión territorial, sino también una reorganización demográfica de poblaciones humanas distribuidas por Eurasia.

La historia adquiere entonces dimensiones continentales. Desde África comenzaron movimientos hacia el Levante; desde allí, algunos grupos siguieron hacia Europa mientras otros avanzaron hacia Asia. Al mismo tiempo se desplazaban grandes mamíferos y se reorganizaban ecosistemas completos. Hace 900.000 años, una crisis africana terminó produciendo consecuencias desde España hasta China y Java.

EDÉN EN FUGA

Aquí aparece la imagen del Edén. Mucho antes de convertirse en un concepto religioso, el problema fundamental de cualquier población humana había sido encontrar un territorio donde coincidieran agua, alimento, animales, vegetación y condiciones climáticas capaces de sostener la vida. Ese conjunto constituye, desde una perspectiva antropológica, el verdadero fundamento material de cualquier imagen de una tierra primordial de abundancia.

Hace 900.000 años, una parte de ese antiguo mundo africano comenzó a desarticularse. Disminuyó la humedad, avanzaron los espacios áridos, cambiaron las sabanas y se desplazaron los animales. Los homininos tuvieron que moverse con aquel paisaje cambiante. No abandonaron simplemente un territorio: siguieron hacia otros continentes las condiciones ecológicas que hacían posible su supervivencia.

Y aquí reside la extraordinaria peculiaridad de aquel éxodo: el hombre no salió solo de su Edén africano; parte del Edén se desplazó con él. Elefantes y otros grandes mamíferos siguieron corredores semejantes, mientras ambientes abiertos se extendían y las conexiones terrestres permitían avanzar hacia nuevos espacios. Hombres, animales y paisaje formaban piezas de una misma transformación.

La imagen de la expulsión del Edén adquiere así una profundidad antropológica sorprendente: un mundo favorable se pierde y comienza una gran marcha hacia territorios desconocidos. La humanidad deja atrás una geografía que ya no puede sostenerla como antes y comienza a extenderse por nuevos espacios acompañada por animales procedentes de aquel mismo universo ecológico.

La paradoja final es todavía mayor. El hielo que amenazó aquel mundo fue también el que abrió sus puertas. Mientras África se secaba, millones de kilómetros cúbicos de agua quedaban atrapados en las masas glaciales; los océanos retrocedían y aparecían corredores hacia Eurasia. La catástrofe produjo simultáneamente la expulsión y la vía de escape.

Hace 900.000 años, hombres y animales se pusieron en movimiento mientras su antiguo mundo cambiaba detrás de ellos. La crisis pudo llevar a poblaciones ancestrales hasta el límite de su supervivencia, pero también desencadenó una expansión que atravesó Eurasia. África expulsó a parte de sus habitantes y una parte de su ecosistema marchó con ellos. Fue, en ese sentido, un auténtico Edén en fuga.

Investigación principal: “Hominin population bottleneck coincided with migration from Africa during the Early Pleistocene ice age transition” —«El cuello de botella de la población de homininos coincidió con la migración desde África durante la transición glacial del Pleistoceno temprano»—, Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS), vol. 121, n.º 13, marzo de 2024, e2318903121. Investigación original en PNAS

viernes, 11 de septiembre de 2026

EL MISTERIO DEL CRÁNEO TREPANADO DE XARAGALLS Y SU EXTRAÑA SIMILITUD CON LOS ANDES CENTRALES

EL MISTERIO DEL CRÁNEO TREPANADO DE XARAGALLS Y SU EXTRAÑA SIMILITUD CON LOS ANDES CENTRALES

Por Iván Oré Chávez para Realbiopolítica. 



Un cráneo humano procedente de la Cova dels Xaragalls, en Vimbodí i Poblet, Tarragona, plantea un singular problema arqueológico. Presenta una trepanación frontal realizada mediante una técnica que el paleopatólogo Domènec Campillo consideró excepcional entre los cráneos prehistóricos estudiados en la península ibérica. Sin embargo, cuando la comparación se extiende fuera de Europa aparece una sorprendente semejanza tecnológica: en los Andes centrales del Perú se documentaron trepanaciones en las que el hueso era primero cortado y posteriormente desprendido mediante un instrumento utilizado como palanca.

La cuestión no consiste simplemente en que dos sociedades muy alejadas practicaran trepanaciones, pues esta intervención apareció independientemente en diferentes regiones del mundo. El verdadero misterio está en cómo fue extraído el fragmento de hueso. En Xaragalls encontramos una combinación muy particular de incisión, apalancamiento y fractura; en el Perú prehispánico aparece una solución mecánica comparable, aunque ejecutada en determinados ejemplares con una regularidad y destreza considerablemente mayores.

Un extraño cráneo en una cueva funeraria


La Cova dels Xaragalls posee una historia arqueológica extraordinariamente extensa. Sus depósitos contienen niveles pleistocenos y otros correspondientes a la prehistoria reciente. Durante el Calcolítico y la Edad del Bronce la cavidad fue utilizada con fines funerarios, aunque numerosas excavaciones clandestinas y expolios destruyeron parte importante del contexto arqueológico. El cráneo trepanado pertenece a las antiguas colecciones procedentes de la cueva y ya había sido mencionado por Carreras en 2002.

Según Campillo, perteneció a un individuo masculino y la abertura se encuentra en la región frontal. No presenta regeneración ósea, circunstancia por la cual el estudio arqueológico de Xaragalls recogió la conclusión de que la intervención había sido efectuada después o poco antes de la muerte. Campillo sería todavía más categórico en 2011 al describirla como una «trepanación póstuma frontal» y señalar alrededor de la abertura la existencia de líneas de descarnación.

Existe, sin embargo, una interpretación posterior diferente. En 2024, Antonio Rodríguez-Hidalgo señaló que el individuo aparentemente padecía varias enfermedades y planteó que la trepanación pudo haber constituido un intento de curación, considerando que la falta de regeneración demostraría que no sobrevivió a la intervención. Surge así el primer misterio del cráneo: ¿se operó a un enfermo que murió durante o inmediatamente después del procedimiento, o se abrió deliberadamente el cráneo de una persona que ya había muerto como parte de una práctica ritual?


Una técnica considerada única

El segundo misterio es tecnológico. Campillo reconstruyó detalladamente el procedimiento empleado para abrir el cráneo. El operador comenzó realizando una incisión con una considerable inclinación del instrumento cortante. Llegó entonces a un punto en el que aparentemente ya no podía continuar cortando. Retiró el instrumento y procedió a hacer palanca, provocando deliberadamente una fractura de la calota que permitió finalmente desprender y extraer la lasca ósea.

El propio cráneo conserva las huellas de las dos fases. Campillo identificó en el borde posteroexterno derecho la incisión producida por el instrumento, mientras que el borde anterolateral izquierdo, rectilíneo pero irregular, correspondía a la fractura secundaria provocada por el apalancamiento. No se trata, por tanto, simplemente de una abertura irregular: su morfología permite reconstruir la secuencia mecánica utilizada para producirla.

Campillo llegó entonces a una conclusión especialmente significativa: «No hemos encontrado ningún otro cráneo en que se hubiese practicado una tecnología similar». La firma tecnológica de Xaragalls puede resumirse así: incisión → apalancamiento → fractura → extracción de la lasca. Y es precisamente esta secuencia, mucho más que la forma final del agujero, la que conduce inesperadamente hacia los Andes centrales.

El sorprendente paralelo de Huarochirí


En 1897, Manuel Antonio Muñiz y W. J. McGee publicaron Primitive Trephining in Peru, uno de los grandes estudios clásicos sobre las trepanaciones prehispánicas peruanas. Entre los ejemplares estudiados aparece el denominado Cráneo 1, procedente de Huarochirí, en los Andes centrales. Su extraordinario estado de conservación permitió a los investigadores reconstruir con considerable precisión cómo había sido realizada la intervención.

El operador practicó dos pares de incisiones aproximadamente paralelas que se cruzaban casi en ángulo recto, delimitando una pequeña pieza craneal aproximadamente rectangular. Las incisiones atravesaron las dos tablas del cráneo en buena parte de su recorrido, pero no consiguieron separarlo completamente. En uno de los ángulos quedó un borde óseo sin cortar totalmente. Las fotografías históricas permiten observar claramente cómo las largas incisiones incluso sobrepasan los límites de la abertura.

Y aquí aparece la sorprendente semejanza. Muñiz y McGee dedujeron que aquel «botón» de hueso había sido retirado mediante un “elevator” —elevador, un instrumento utilizado para levantar la pieza haciendo palanca—, introducido desde uno de los ángulos. El operador peruano, por tanto, tampoco dependió exclusivamente del corte: delimitó profundamente la pieza y después utilizó una acción mecánica para terminar de desprenderla.

La secuencia de Huarochirí puede reconstruirse así: incisiones → corte incompleto → introducción del elevador → apalancamiento → extracción del fragmento. En Xaragalls tenemos: incisión → apalancamiento → fractura → extracción de la lasca. La coincidencia ya no consiste simplemente en dos perforaciones craneales de aspecto parecido. Existe una semejanza en el principio mecánico utilizado para separar el hueso.

La misma lógica técnica, diferente destreza

Los dos cráneos no son morfológicamente idénticos. El ejemplar peruano presenta una ejecución mucho más geométrica y controlada: varias incisiones rectilíneas delimitan deliberadamente un pequeño fragmento rectangular. Xaragalls presenta una abertura considerablemente más irregular y Campillo pudo identificar una fractura secundaria provocada por la palanca. La diferencia podría reflejar distintos niveles de destreza, planificación y especialización técnica.

Pero detrás de esa diferencia permanece una misma lógica operatoria. El hueso no fue eliminado exclusivamente mediante raspado, perforaciones sucesivas o corte completo. Primero fue incidido profundamente y después se recurrió al levantamiento mecánico para terminar de desprender el fragmento. En Xaragalls la maniobra produjo una fractura claramente identificable; en Huarochirí el operador había preparado mucho mejor la pieza mediante cortes geométricos antes de utilizar el elevador.

La semejanza no permite afirmar que existiera una conexión histórica entre la Iberia prehistórica y los Andes. No tenemos ninguna evidencia de transmisión tecnológica entre ambos territorios. Lo que sí podemos señalar es un paralelo tecnológico concreto: dos sociedades enormemente distantes utilizaron el principio de incidir el cráneo y completar posteriormente la separación del fragmento mediante una acción de palanca.

Además, Huarochirí no parece constituir simplemente una curiosidad aislada. Muñiz y McGee compararon su Cráneo 1 con el célebre cráneo de Squier, procedente de Yucay, en el valle del Cuzco, y afirmaron que la operación observada en este último era “precisely similar” —«precisamente similar»— a la del ejemplar de Huarochirí. La técnica peruana aparece así dentro de una tradición de trepanaciones incisas mucho más desarrollada.


El misterio permanece abierto

Existe finalmente otra coincidencia significativa: ninguno de los dos individuos presenta regeneración ósea alrededor de la abertura. En Xaragalls este hecho llevó a Campillo a situar la intervención después o inmediatamente antes de la muerte. En Huarochirí, Muñiz y McGee tampoco encontraron crecimiento óseo posterior y consideraron probable que el individuo no hubiese sobrevivido a la operación; incluso observaron que una de las incisiones había penetrado las meninges y alcanzado tejido cerebral.

El paralelo reúne así varios elementos concretos: trepanación incisa, corte profundo, separación incompleta del fragmento mediante el corte, utilización posterior de palanca o elevador para desprenderlo y ausencia de regeneración ósea. Las diferencias se encuentran principalmente en la geometría y calidad de ejecución: el ejemplar peruano revela un procedimiento más sistemático y depurado; Xaragalls parece una aplicación mucho más rudimentaria del mismo principio mecánico.

El misterio del cráneo de Xaragalls adquiere entonces otra dimensión. Campillo encontró en la península ibérica una tecnología para la que no identificó otro paralelo en su serie. Pero una técnica sorprendentemente semejante aparece documentada al otro lado del Atlántico, en los Andes centrales, donde los antiguos trepanadores llegaron a desarrollar una extraordinaria especialización en la apertura del cráneo humano.

La pregunta es cómo pudo viajar una técnica desde un extremo del mundo hasta el otro. Puede ser todavía más interesante: ¿Xaragalls representa una solución aislada descubierta empíricamente por un operador prehistórico, mientras que los pueblos andinos desarrollaron independientemente el mismo principio hasta convertirlo en una técnica mucho más sofisticada? Dos cráneos separados por un océano conservan, en cualquier caso, las huellas de una misma idea mecánica: cortar el hueso, introducir un instrumento y hacer palanca para extraerlo.

miércoles, 9 de septiembre de 2026

DEL TOLEDO VISIGODO A LA ASTURIAS DE LA RECONQUISTA: LA CRUZ COMO CONTINUIDAD DE UN SÍMBOLO DE PODER

DEL TOLEDO VISIGODO A LA ASTURIAS DE LA RECONQUISTA: LA CRUZ COMO CONTINUIDAD DE UN SÍMBOLO DE PODER.

Por Iván Oré Chávez.


Una cruz visigoda permaneció durante siglos a la vista de todos, incrustada en el muro de una vivienda particular de Casarrubios del Monte, en Toledo. Lo que parecía una piedra reutilizada resultó ser un vestigio excepcional de la escultura monumental de los siglos VII y comienzos del VIII. Su importancia, sin embargo, desborda el hallazgo arqueológico: la pieza aporta un nuevo antecedente material para estudiar la transmisión de uno de los símbolos que posteriormente caracterizarían a la monarquía asturiana.

El relieve, de piedra caliza y 62 centímetros de longitud por 17 de anchura, representa una cruz griega anicónica, es decir, una cruz sin la figura de Cristo y con brazos trapezoidales de longitud semejante ensanchados hacia los extremos. De sus brazos horizontales cuelgan las letras alfa y omega, mientras que el inferior se prolonga formando una especie de astil o empuñadura. Los arqueólogos consideran que representa un emblema que podía ser empuñado, colocado sobre un altar o montado sobre un asta para participar en ceremonias y procesiones.


El descubrimiento forma parte de un proyecto de investigación dedicado desde hace años a localizar spolia: piezas procedentes de antiguos edificios de Toledo y de importantes asentamientos de su entorno que terminaron reutilizadas en iglesias y viviendas posteriores. En el caso de Casarrubios, el edificio visigodo original del que procedía el relieve se ha perdido. El hallazgo resulta especialmente importante porque demuestra que en el Toledo del siglo VII ya existían elementos iconográficos que posteriormente serían utilizados por la monarquía asturiana y que, por tanto, no fueron una creación ex novo. Se trataría, además, del primer relieve visigodo de estas características localizado en el territorio de la antigua sede regia de Toledo.

LA CRUZ DEL REINO VISIGODO

La pieza de Casarrubios no apareció aislada dentro de la cultura visual visigoda. Los investigadores señalan como su principal paralelo conocido un relieve conservado en el Museo Lapidario de Narbona, fechado también entre los siglos VII y VIII. La localización resulta especialmente significativa: Narbona formaba parte de la Septimania visigoda, el territorio del Regnum Gothorum situado al norte de los Pirineos.

Las cruces de Casarrubios y Narbona no son idénticas. La segunda está integrada en una composición mucho más rica, rodeada de motivos animales y vegetales. Lo relevante es precisamente que diferentes regiones del reino emplearan variantes de un mismo lenguaje cristiano monumental. La comparación demuestra que no estamos ante la necesidad de encontrar copias exactas, sino ante la circulación y transformación de determinados modelos iconográficos.


La creciente importancia de la cruz en la monarquía visigoda debe entenderse además dentro de la transformación religiosa del reino. Tras la conversión de Recaredo al catolicismo, Gregorio Magno envió al monarca en 599 diversas reliquias, entre ellas una vinculada a la cruz de Cristo. La cruz adquirió una poderosa significación como representación de la victoria de Cristo sobre la muerte y el mal, pero también como emblema de protección y victoria.

El Tesoro de Guarrazar muestra otra dimensión material de este fenómeno. Sus célebres cruces votivas de oro y piedras preciosas testimonian hasta qué punto la cruz había penetrado en la representación religiosa y regia de las élites visigodas. El símbolo podía aparecer esculpido en piedra, transformado en objeto litúrgico o convertido mediante la orfebrería en una manifestación monumental de riqueza, devoción y autoridad.

Y entonces ocurrió la gran ruptura política: en 711 comenzó el derrumbe del reino visigodo de Toledo. Desapareció el Estado que había utilizado esos símbolos. Pero no desaparecieron necesariamente las poblaciones cristianas, sus tradiciones religiosas ni toda su cultura visual.

 


DE TOLEDO A OVIEDO

Algo más de un siglo después encontramos nuevamente una cruz de características relacionadas en un lugar extraordinariamente significativo: Santa María del Naranco, levantada durante el reinado de Ramiro I de Asturias (842-850).

El edificio no fue originalmente una iglesia. Formaba parte del complejo palatino que Ramiro I mandó construir en las laderas del monte Naranco, junto a Oviedo. Posteriormente fue transformado para el culto cristiano. Por eso las cruces que forman parte de su decoración pertenecen originalmente a un espacio relacionado directamente con la representación arquitectónica de la monarquía asturiana.

Las cruces de Naranco tampoco son copias de la de Casarrubios. El arte ramirense desarrolló un lenguaje propio y extraordinariamente innovador. Sin embargo, reaparecen elementos reconocibles del repertorio anterior: cruz griega de brazos ensanchados, astil (una vara o mango que permitía sostener o portar la cruz a la manera de estandarte) y alfa y omega. La tradición fue reelaborada, no reproducida mecánicamente.

Y existe una fuente histórica que proporciona a esta semejanza arqueológica una dimensión política mucho mayor. La Crónica Albeldense, redactada en el siglo IX, atribuye al rey Alfonso II (791-842), predecesor inmediato de Ramiro I, la reorganización de Oviedo conforme al modelo de la antigua Toledo:

«Omnemque Gothorum ordinem, sicuti Toleto fuerat, tam in ecclesia quam palatio, in Ovetao cuncta statuit

Es decir, estableció en Oviedo el orden de los godos tal como había existido en Toledo, tanto en la Iglesia como en el palacio. La frase resulta extraordinaria cuando se coloca junto a la evidencia arqueológica. La monarquía asturiana no solamente conservaba recuerdos vagos de los visigodos: una fuente medieval afirma expresamente que Oviedo adoptó como referencia el orden de la antigua sede regia de Toledo.

Y poco después, durante el reinado de Ramiro I, encontramos dentro de un edificio palatino de Oviedo una representación monumental de la cruz cuyos antecedentes iconográficos pueden rastrearse ahora en el mundo visigodo.

NO UNA COPIA, SINO UNA HERENCIA

Determinados componentes del lenguaje iconográfico posteriormente utilizado por los astures existían ya en época visigoda. Narbona muestra que no se trataba necesariamente de un fenómeno exclusivamente toledano. Y Santa María del Naranco documenta su posterior reelaboración dentro de la arquitectura vinculada a la monarquía asturiana.

La continuidad, además, no necesita producir objetos idénticos. Una tradición política puede conservar símbolos mientras transforma radicalmente su ejecución artística. Casarrubios, Narbona y Naranco son diferentes precisamente porque pertenecen a contextos distintos de una tradición que evolucionó.

Aquí reside la verdadera importancia del descubrimiento. Durante mucho tiempo podía contemplarse la cruz asturiana como producto característico del nuevo reino septentrional. Casarrubios introduce una pieza que obliga a mirar hacia atrás: varios de sus componentes fundamentales estaban presentes antes de 711, dentro del mundo visigodo.

La distancia cronológica tampoco es enorme. Entre el horizonte final de la pieza de Casarrubios y la construcción del complejo de Ramiro I hacia mediados del siglo IX transcurrió aproximadamente un siglo y cuarto. Durante ese intervalo desapareció el reino visigodo, pero sobrevivieron comunidades cristianas, instituciones eclesiásticas, objetos, manuscritos, tradiciones artísticas y memorias políticas capaces de actuar como vehículos culturales.

Por eso la continuidad entre Toledo y Asturias no puede reducirse a una semejanza entre dos cruces. El símbolo constituye la manifestación material de una relación más profunda: religiosa y cultural, pero también político-legitimadora. La monarquía asturiana construyó progresivamente una imagen de sí misma como heredera de la tradición cristiana de la antigua Hispania visigoda. Toledo proporcionaba un pasado prestigioso; Oviedo construía sobre esa memoria una nueva sede del poder. La cruz permite contemplar ese proceso en piedra pues aunque no permaneció idéntica, si sobrevivió transformándose.

Y quizá ahí se encuentre el aspecto más revelador del hallazgo de Casarrubios: una piedra olvidada en la pared de una casa ha devuelto una pieza que faltaba para comprender cómo un símbolo del poder visigodo pudo atravesar la desaparición del reino de Toledo y reaparecer, reelaborado, en el corazón monumental de la monarquía asturiana.

martes, 8 de septiembre de 2026

AZAEL Y EL ORIGEN DE LA COSMÉTICA: UN «LÁPIZ LABIAL» DE 4.000 AÑOS EMERGE EN JIROFT

AZAEL Y EL ORIGEN DE LA COSMÉTICA: UN «LÁPIZ LABIAL» DE 4.000 AÑOS EMERGE EN JIROFT

«Azael [...] fue el primero en enseñarles a fabricar espadas, escudos y toda clase de instrumentos bélicos; también los metales de la tierra y el oro —cómo trabajarlos y hacer con ellos adornos para las mujeres— y la plata. Les enseñó también a hacer brillantes los ojos, a embellecerse, las piedras preciosas y los tintes.»
Libro de Henoc, 8:1


 

Hace aproximadamente cuatro mil años, en el sureste de lo que hoy es Irán, alguien preparó un cosmético rojo cuya composición resulta sorprendentemente familiar. Trituró hematita hasta conseguir una intensa coloración roja, incorporó otros minerales para modificar la tonalidad, añadió cuarzo y mezcló el preparado con ceras vegetales y otras sustancias orgánicas. Finalmente, aquella preparación fue guardada en un pequeño y elaborado recipiente de piedra.

El objeto procede de Jiroft, en la provincia iraní de Kerman. Los resultados fueron publicados en 2024 en Scientific Reports, bajo un título bastante explícito: A Bronze Age lip-paint from southeastern IranUna pintura labial de la Edad del Bronce del sureste de Irán—. Los investigadores concluyeron que el preparado es compatible con una sustancia destinada a colorear los labios y que se trata, probablemente, de la pintura labial más antigua identificada analíticamente hasta ahora.

El hallazgo resulta particularmente sugestivo cuando se coloca junto a una tradición escrita del antiguo Oriente. El Libro de Henoc atribuye a Azael, uno de los ángeles caídos, la transmisión a los seres humanos de una serie de conocimientos entre los que aparecen conjuntamente la fabricación de armas, el trabajo de los metales, el oro y la plata, los adornos para las mujeres, las piedras preciosas, los tintes y las técnicas para embellecerse.

La arqueología de Jiroft nos permite ahora observar materialmente una parte de ese antiguo mundo tecnológico: minerales, metalurgia, piedras trabajadas, pigmentos, sustancias vegetales, cosméticos, ornamentación y lujo aparecen relacionados dentro de una sociedad de la Edad del Bronce.

JIROFT: EL MUNDO MATERIAL DE LOS METALES, LAS PIEDRAS Y LOS TINTES

La civilización de Jiroft se desarrolló en la cuenca del Halil Rud, una región extraordinariamente rica en recursos minerales. Allí existen grandes afloramientos de clorita, además de mármol, esquistos, dioritas, granodioritas, granitos, andesitas y otros materiales. Los autores del estudio señalan que la diversidad de minerales de la meseta iraní pudo favorecer precisamente la complejidad de las antiguas recetas cosméticas.

Esto es importante porque los cosméticos de la Edad del Bronce no surgieron como una actividad separada del resto del desarrollo tecnológico. El propio estudio los sitúa dentro de una rama de innovación relacionada con la metalurgia antigua y la química orgánica. El conocimiento que permitía transformar minerales también podía utilizarse para transformar la apariencia humana.

Jiroft salió espectacularmente a la luz en 2001, cuando una inundación del río Halil afectó cementerios del III milenio a. C. y dejó expuestas numerosas tumbas. Comenzó entonces un saqueo masivo en el que miles de objetos desaparecieron hacia el mercado de antigüedades. Las autoridades iraníes recuperaron posteriormente numerosos artefactos de piedra y cobre, algunos de los cuales terminaron en el Museo Arqueológico de Jiroft.

Entre ellos estaba el recipiente cosmético. La destrucción de los cementerios impide conocer su tumba exacta y, por tanto, tampoco sabemos quién lo utilizó. Sin embargo, su estilo permite vincularlo con la tradición material de Jiroft.

Los investigadores consideran además probable que esta civilización estuviera relacionada con la antigua Marḫaši, llamada Paraḫšum en acadio, una poderosa entidad oriental mencionada en textos cuneiformes mesopotámicos. Documentos de la III Dinastía de Ur, durante el siglo XXI a. C., muestran a Marḫaši relacionándose activamente con las potencias de Mesopotamia.

Tenemos así un escenario muy distinto al de una sociedad elemental que simplemente utilizaba tierras de colores: estamos ante un mundo de ciudades, especialistas, minerales, metalurgia, comercio, jerarquías y producción de objetos de prestigio.

Y es precisamente ese tipo de asociación el que llama la atención al regresar a Henoc. Azael no enseña aisladamente a «maquillarse». El texto reúne en una misma transmisión los metales de la tierra, el oro, la plata, los adornos, las piedras preciosas y los tintes.

LA TECNOLOGÍA DEL EMBELLECIMIENTO

El recipiente de Jiroft fue fabricado con esquisto de clorita verdosa y decorado mediante finas incisiones. Su forma parece imitar un segmento de caña de pantano, un recipiente corriente en diversas sociedades protourbanas de Asia Central y del antiguo Próximo Oriente. Pero aquí una forma originalmente barata fue reproducida en una piedra de mayor valor.

Incluso el envase parece haber formado parte del lenguaje del lujo. Los investigadores plantean que determinados cosméticos pudieron venderse en recipientes reconocibles por su forma, estableciendo una asociación entre producto, recipiente y estatus.

Dentro apareció un fino polvo púrpura oscuro. Los análisis revelaron que más del 80 % de la muestra estaba constituida por minerales destinados a producir un rojo intenso.

El componente principal era hematita. Su trituración hasta determinados tamaños de partícula permite obtener la característica coloración roja. A ella se añadieron braunita y manganita, minerales oscuros capaces de modificar la tonalidad.

También había cuarzo triturado. Pudo servir para modificar la consistencia de la pasta, pero los investigadores plantean además que podría haber producido un efecto de brillo o centelleo. Es decir, no se buscaba solamente pintar: posiblemente también se manipulaba la manera en que la luz incidía sobre el cosmético.

El análisis mediante HPLC-MS —cromatografía líquida de alta resolución acoplada a espectrometría de masas— identificó además ceras vegetales, derivados de fosfolípidos y otros componentes orgánicos. Aparecieron igualmente fibras vegetales que quizá proporcionaban sustancias aromáticas.

El resultado era una preparación compleja:

mineral rojo + modificadores oscuros + cuarzo + ceras vegetales + sustancias orgánicas + posible brillo + posibles aromas.

Los autores destacan que la combinación del pigmento rojo intenso con las sustancias cerosas es plenamente compatible con las formulaciones de los lápices labiales contemporáneos.

Esto convierte el hallazgo en algo mucho más importante que un pigmento prehistórico. Estamos ante una verdadera tecnología del embellecimiento: había que reconocer minerales, seleccionarlos, triturarlos hasta determinadas granulometrías, combinar colores, incorporar sustancias vegetales y producir una preparación con determinadas propiedades físicas.

Otra observación resulta especialmente interesante. Los cosméticos iranios utilizados sobre la piel y los ojos empleaban frecuentemente compuestos de plomo. El preparado de Jiroft, en cambio, contiene cantidades mínimas. Los autores plantean la posibilidad de que sus fabricantes conocieran empíricamente los riesgos de introducir plomo directamente en la boca. No está demostrado, pero la diferencia tecnológica existe.

Incluso apareció brochantita, un compuesto de cobre que podría proceder de la corrosión microscópica de un aplicador de cobre utilizado con el cosmético.

La forma del frasco también resulta compatible con esa práctica: podía sostenerse en una mano junto con un espejo de cobre o bronce, mientras la otra quedaba libre para utilizar un pincel o aplicador. Siglos después, el Papiro de Turín 55001, del siglo XII a. C., muestra precisamente a una mujer prostituta manipulando un instrumento junto a los labios mientras sostiene un espejo y un pequeño recipiente cosmético.

Volvemos entonces al texto de Henoc: «hacer brillantes los ojos», «embellecerse», «las piedras preciosas y los tintes». Lo que la arqueología permite comprobar es que el embellecimiento antiguo podía requerir realmente un conocimiento especializado de piedras, minerales, colores, sustancias orgánicas e instrumentos.

UN CONOCIMIENTO DE HACE CUATRO MIL AÑOS

El cosmético pudo fecharse directamente gracias a sus componentes orgánicos. La datación calibrada proporcionó un intervalo de 1936 a 1687 a. C., con un 95 % de probabilidad. Según los investigadores, es la primera datación radiocarbónica obtenida directamente de un cosmético de la Edad del Bronce del antiguo Próximo Oriente.

Y Jiroft no fue el comienzo de esta tradición. En Shahdad, otro importante asentamiento iranio, se conocen preparados cosméticos todavía anteriores. En términos generales, entre aproximadamente 3500 y 1800 a. C. aparecen cosméticos complejos en Egipto, Anatolia, Irán, Mesopotamia y Asia Central.

Por eso el estudio de Jiroft obliga a mirar la cosmética antigua de otra manera. No era un conocimiento trivial. Formaba parte del proceso mediante el cual las sociedades aprendieron a dominar las propiedades de la materia: qué mineral producía determinado color, cómo cambiarlo mediante trituración, cómo oscurecerlo, cómo darle consistencia, cómo combinar sustancias minerales y vegetales y cómo aplicarlas sobre el cuerpo.

La misma especialización aparece en la metalurgia: reconocimiento de minerales, trituración, transformación, mezcla y control de las propiedades de la materia. De ahí que los investigadores sitúen la cosmética dentro del amplio desarrollo tecnológico que acompañó a la metalurgia y a la química antigua.

Y esto nos devuelve directamente a Azael.

Henoc coloca precisamente esos conocimientos dentro de una misma enseñanza: armas, metales, oro, plata, adornos, piedras, tintes y embellecimiento. No presenta una lista completamente inconexa. Vista desde la arqueología de la Edad del Bronce, aparece un complejo tecnológico reconocible.

Además, esos conocimientos transformaban algo más que la materia. Los arqueólogos encuentran recipientes cosméticos depositados frecuentemente en tumbas de sociedades urbanas y jerarquizadas. El estudio de Jiroft sostiene que las tecnologías cosméticas especializadas desempeñaron una función en la construcción de la identidad de las élites: mediante pigmentos, adornos y modificaciones corporales se construía una determinada imagen pública.

El embellecimiento se convertía así en tecnología social.

Y esto vuelve a resultar significativo frente al relato henóquico, porque la enseñanza de Azael tampoco se presenta como una simple colección de trucos técnicos. La transmisión de esos conocimientos cambia las costumbres humanas. El dominio sobre los metales permite producir armas y adornos; el conocimiento de piedras y pigmentos permite modificar artificialmente la apariencia; nuevas tecnologías producen nuevas formas de poder, distinción y comportamiento.

Por eso Jiroft resulta tan importante para leer este pasaje. La arqueología documenta materialmente la enorme antigüedad y sofisticación de una tecnología cosmética basada precisamente en minerales, piedras, pigmentos y sustancias procesadas. El Libro de Henoc conserva, por su parte, una tradición que atribuye a Azael la enseñanza a la humanidad de los metales, los adornos, las piedras, los tintes y el embellecimiento.

Una fuente nos muestra cómo era ese conocimiento. La otra nos transmite una antigua explicación acerca de quién lo enseñó y qué significó su llegada a la humanidad.

El pequeño frasco de Jiroft no resuelve por sí solo la cuestión del origen último de ese conocimiento. Pero hace algo históricamente muy importante: devuelve materialidad al mundo tecnológico descrito por Henoc. Aquellos tintes, minerales y técnicas de embellecimiento no pertenecían a una abstracción literaria. Eran tecnologías reales, complejas y antiquísimas, desarrolladas en las civilizaciones del antiguo Oriente.

Y ahí reside la cuestión que deja abierta Jiroft: ¿conserva la tradición de Azael una memoria remota del momento en que determinados conocimientos sobre metales, minerales, ornamentación y transformación del cuerpo alteraron profundamente a las primeras sociedades complejas?

Fuente científica: Eskandari et al., “A Bronze Age lip-paint from southeastern Iran”, Scientific Reports (2024)

domingo, 6 de septiembre de 2026

UN DEFENSOR DE LA IDEOLOGÍA DE GÉNERO RECONOCE QUE SÍ ES UNA IDEOLOGÍA

UN DEFENSOR DE LA IDEOLOGÍA DE GÉNERO RECONOCE QUE SÍ ES UNA IDEOLOGÍA

Por Iván Oré Chávez


Durante años, una de las respuestas más repetidas frente a quienes denuncian la existencia de una ideología de género ha consistido precisamente en negar su existencia. La expresión sería una invención conservadora, religiosa o de las nuevas derechas destinada a desacreditar las políticas de diversidad sexual. Sin embargo, una reciente columna publicada por El Espectador introduce una novedad particularmente interesante: un intelectual de izquierda no solamente utiliza la expresión, sino que reconoce expresamente el carácter ideológico del género y defiende que sea llevado a las aulas.

El autor es Santiago Vargas Acebedo, sociólogo y arquitecto colombiano que investiga las relaciones entre cultura y política. Es candidato a doctor en Sociología por la Universidad de Cambridge, tiene una maestría en Cultura y Sociedad por la London School of Economics (LSE) y estudió Arquitectura en la Universidad de los Andes. Ha publicado en El Espectador, El Tiempo, Cambio y El Malpensante. Es decir, no estamos ante un activista marginal, sino ante un columnista con formación académica en algunas de las instituciones universitarias más reconocidas del mundo.

“PUES BIEN, EL GÉNERO ES UNA FORMA DE IDEOLOGÍA”

El 29 de agosto de 2026, Vargas publicó en El Espectador una columna cuyo título no deja demasiado espacio para interpretaciones: “En defensa de la ideología de género”. Lo verdaderamente interesante aparece dentro del artículo. Después de explicar el concepto marxista de ideología y su relación con el poder, escribe categóricamente: “Pues bien, el género es una forma de ideología”.

La afirmación merece atención porque modifica los términos habituales de la controversia. Aquí no tenemos a un crítico conservador utilizando la expresión “ideología de género” para describir las posiciones de sus adversarios. Tenemos a un defensor de esas ideas afirmando expresamente que el género constituye una forma de ideología y escribiendo una columna precisamente para defenderla.

Vargas comienza, además, su argumentación recurriendo directamente a Karl Marx y La ideología alemana. Explica la ideología como una forma socialmente producida de comprender el mundo que hace aparecer como naturales determinadas construcciones culturales. Añade que las ideologías dominantes están vinculadas al poder porque permiten presentar determinadas relaciones de dominación como naturales e inevitables. Inmediatamente después aplica esa matriz al género.

DE MARX A JUDITH BUTLER

La arquitectura intelectual de la columna resulta bastante clara. Vargas distingue entre sexo, entendido como condición corporal o morfología sexual, y género, entendido como las normas, significados y expectativas que una cultura construye alrededor de esa diferencia corporal. Entre ellas menciona roles, jerarquías, sentimentalidad, división social del trabajo y formas de vestir.

Después introduce expresamente a Judith Butler. Según la exposición de Vargas, el género no sería una esencia derivada del sexo anatómico, sino una identidad producida mediante la repetición de normas sociales que terminan haciendo aparecer determinadas interpretaciones culturales de lo masculino y femenino como si fueran naturales. La genealogía intelectual que el propio columnista construye puede resumirse así: MARX → IDEOLOGÍA Y PODER → JUDITH BUTLER → GÉNERO COMO CONSTRUCCIÓN → CRÍTICA DE LA NATURALIZACIÓN DEL GÉNERO.

Esto también permite precisar la discusión. Nadie necesita sostener que el color de la ropa, determinadas profesiones o todos los roles familiares estén biológicamente determinados para reconocer la existencia objetiva del sexo. Una cosa es demostrar que existen convenciones culturales alrededor de hombres y mujeres y otra diferente concluir que la realidad sexual del organismo depende de esas convenciones. Precisamente en el tránsito entre sexo, roles culturales e identidad se encuentra buena parte de la controversia contemporánea.

VARGAS SE UBICA EN LA IZQUIERDA

Su utilización de Marx podría considerarse simplemente académica si estuviera aislada. Pero su trayectoria como columnista permite situar mucho mejor su posición política. Vargas ha hablado de sí mismo desde la izquierda y ha escrito sobre la izquierda como un proyecto político propio, aunque manteniendo fuertes críticas contra Gustavo Petro.

En noviembre de 2025 escribió que en las elecciones de 2022 había votado por Gustavo Petro. En esa misma columna habló expresamente de “la izquierda” como un proyecto político con vocación de poder y presentó favorablemente la candidatura de Iván Cepeda, aunque desde una posición crítica hacia Petro.

Su archivo de columnas confirma esa ubicación. En febrero de 2025 publicó “Por una izquierda sin Petro”. En mayo de 2026 escribió “¿Por qué votar por Iván Cepeda?”. También ha publicado textos críticos contra Álvaro Uribe, Paloma Valencia, Javier Milei y Abelardo de la Espriella. Esto permite describirlo razonablemente como un intelectual de izquierda o progresista, aunque eso no significa que sea un militante partidario ni un defensor incondicional del petrismo.

Hay además un antecedente particularmente significativo. Ya el 25 de noviembre de 2022, cuando escribía en El Tiempo, Vargas publicó una columna titulada “La primera línea contra la ideología de género”. Por tanto, su interés en esta controversia tampoco comenzó en agosto de 2026. Forma parte de una trayectoria de varios años escribiendo sobre sexo, género, familia, derechos y transformaciones culturales.

 

La propia definición de género utilizada por Vargas ya incorpora una carga ideológica. No se limita a constatar algo evidente —que existen construcciones culturales alrededor del sexo—, sino que introduce inmediatamente “jerarquías”, división del trabajo, sentimentalismo, roles y vestimenta. La diferencia sexual comienza así a ser contemplada a través de una matriz previa de normas, jerarquías y poder.

Vargas vuelve además a mezclar realidades diferentes. Que una sociedad asocie determinadas prendas, profesiones o comportamientos con hombres o mujeres demuestra que existen roles culturales, no que la condición de hombre o mujer sea producida culturalmente. Una falda puede ser una convención; el sexo del organismo no lo es. La cultura puede interpretar el sexo, pero no por ello crea el sexo.

El salto decisivo llega con Judith Butler. Vargas pasa de una afirmación evidente —las culturas construyen interpretaciones de la masculinidad y la feminidad— a presentar el género como una “identidad que se construye” mediante la repetición de normas sociales. Pero ¿qué se construye exactamente: los estereotipos, los roles, la identidad subjetiva o la condición sexual? No son la misma cosa. Al mantener difusa esa frontera, puede deslizarse desde una verdad —existen convenciones culturales— hacia una tesis ideológica mucho más discutible: que esas construcciones explican la propia identidad sexual. Allí la teoría deja de limitarse a describir la cultura y comienza a imponer su particular interpretación de la realidad.

Hay además un salto argumental importante cuando Vargas sostiene que negar la distinción entre sexo y género equivale a considerar naturales las formas de vestir, los comportamientos, las jerarquías y la división de roles entre hombres y mujeres. Aquí su propia ideología vuelve a distorsionarle la realidad: una proposición no conduce necesariamente a la otra. Es perfectamente posible reconocer que numerosas expectativas sociales atribuidas históricamente a hombres y mujeres son convenciones culturales y, al mismo tiempo, sostener que el sexo constituye una realidad biológica objetiva.

Vargas incurre así en la falacia del hombre de paja: atribuye a quienes defienden la realidad biológica del sexo una posición que no se desprende de ella —que también considerarían naturales todos los roles, estereotipos y jerarquías históricamente asociados a hombres y mujeres— y luego ataca esa posición artificialmente construida. Mezcla tres planos diferentes: sexo biológico, roles culturales e identidad de género. Que una vestimenta, profesión o expectativa de comportamiento sea cultural no demuestra que el sexo también lo sea.

Su ideología le hace ver gigantes donde hay molinos de viento. Primero construye un adversario mediante su propia matriz ideológica y después combate contra esa construcción como si fuera la realidad. Es un verdadero quijotismo de la ideología de género: el hombre de paja termina convertido en gigante.

La paradoja es todavía mayor porque Vargas comienza definiendo la ideología como aquello que hace que “confundamos las ideas que tenemos de la realidad con la realidad misma”, pero su argumentación termina incurriendo precisamente en ese mecanismo. Esto se observa especialmente cuando explica qué debería enseñarse en las aulas.

Primero, parte correctamente de que alrededor del sexo existen construcciones culturales: vestimenta, determinados roles, expectativas sociales y comportamientos considerados masculinos o femeninos. Pero de allí pasa a colocar bajo sospecha los “mandatos asignados a sus cuerpos”. El problema es que no todo lo asociado al cuerpo sexual es un mandato cultural. La capacidad reproductiva diferenciada de hombres y mujeres, por ejemplo, no es un discurso producido por relaciones de poder. Aquí necesita distinguir qué es convención cultural y qué es realidad biológica.

Segundo, dice que debe enseñarse a los niños a “separar la cultura de la naturaleza”. Pero para realizar esa separación primero hay que establecer qué pertenece a cada ámbito. Si se parte de una teoría previa según la cual determinadas significaciones de la diferencia sexual son construcciones del poder, la teoría puede terminar determinando anticipadamente qué debe considerarse cultural. Eso reproduce justamente el problema epistemológico que él atribuye a la ideología: hacer pasar una interpretación de la realidad por la realidad misma.

Tercero, existe una contradicción especialmente importante en su concepto de educación crítica. Vargas dice que llevar la ideología de género a las aulas significa desarrollar la “capacidad crítica” del niño. Pero simultáneamente ya proporciona el marco dentro del cual debe realizarse esa crítica:

MANDATOS → DISCURSOS → REPRODUCCIÓN DEL PODER → LIBERACIÓN DE ESOS MANDATOS.

El alumno no descubre necesariamente esa interpretación: se le entrega previamente la matriz interpretativa.

Su propuesta educativa, por tanto, no es ideológicamente neutral. Propone enseñar a interpretar la realidad mediante categorías concretas: construcción social, relaciones de poder, naturalización y género. Y mientras presenta ese marco como desarrollo de la “capacidad crítica”, califica la posición contraria como “oscurantismo” y “esquizofrenia de la ideología”.

Pero si al alumno se le proporciona previamente la matriz con la que debe interpretar el mundo —mandato, construcción, dominación y poder—, ya no estamos simplemente enseñándole a pensar críticamente: estamos enseñándole una determinada teoría desde la cual debe pensar. Y eso es precisamente lo que sus críticos llevan años denominando ideología de género en la educación.

 

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