sábado, 4 de julio de 2026

EL PROYECTO NEUMONAS PARA IMPLANTAR SENTIMIENTO Y EMOCIONES.

EL PROYECTO NEUMONAS PARA IMPLANTAR SENTIMIENTO Y EMOCIONES.

Por Iván Oré

¿Y si el futuro de la neurotecnología ya no dependiera de implantar un chip en el cerebro? Mientras todos miraban a Elon Musk y Neuralink, en España ha surgido un proyecto mucho menos conocido, pero potencialmente revolucionario. Se llama Neumonas y su objetivo no es colocar electrodos dentro del cerebro, sino modificar la actividad de las neuronas desde el exterior utilizando nanotecnología.

A primera vista parece ciencia ficción, pero el proyecto es real. Está liderado por Tecnalia, uno de los principales centros tecnológicos de España, y recibió una financiación de 20 millones de euros mediante un programa europeo de Compra Pública Precomercial impulsado por el CSIC. Su desarrollo tuvo una duración de 24 meses y ya ha obtenido resultados preclínicos en modelos animales de ictus y enfermedad de Parkinson.


Ahora bien, antes de sacar conclusiones, conviene responder una pregunta fundamental: ¿qué es exactamente lo que hace esta tecnología?

A diferencia de Neuralink, Neumonas no pretende leer pensamientos ni conectar el cerebro a un ordenador. Su objetivo declarado es terapéutico. Busca estimular determinadas neuronas para intentar proteger el tejido cerebral o modificar circuitos neuronales alterados por enfermedades neurológicas.

¿Y cómo pretende hacerlo?

La respuesta está en unas diminutas estructuras llamadas nanopartículas. Los investigadores utilizan dos tipos. Unas son nanopartículas de oro, capaces de transformar la luz en calor. Las otras son nanopartículas magnéticas, que convierten la energía de un campo magnético en calor localizado.

Ese calor no pretende quemar tejido. Lo que busca es alterar la actividad eléctrica de las neuronas cercanas para producir un efecto de neuromodulación.


Aquí aparece el concepto más importante de todo este proyecto: neuromodulación.

Neuromodular significa modificar la actividad de determinadas neuronas. En otras palabras, influir sobre el funcionamiento de circuitos cerebrales específicos.

Y esto nos lleva a una reflexión interesante.

Todo lo que somos depende de la actividad de nuestras neuronas. La memoria, el movimiento, las emociones, la percepción, el aprendizaje, la atención e incluso nuestras decisiones tienen una base neuronal.

Por eso cualquier tecnología capaz de modificar la actividad de las neuronas despierta un enorme interés científico. También plantea preguntas éticas inevitables.

Ahora bien, hay que ser rigurosos. El hecho de que una tecnología pueda modificar la actividad neuronal no significa que pueda controlar la voluntad de una persona ni implantar pensamientos. No existe evidencia científica que demuestre algo semejante para Neumonas.

Lo que sí sabemos es que la neurociencia lleva décadas utilizando técnicas de estimulación cerebral. Existen procedimientos como la estimulación cerebral profunda mediante electrodos, la estimulación magnética transcraneal o la estimulación eléctrica transcraneal. Todas ellas pueden modificar determinados circuitos neuronales y, en algunos casos, producir cambios en síntomas motores, dolor o estado de ánimo.

Neumonas intenta dar un paso más. Su apuesta consiste en llegar a regiones profundas del cerebro sin necesidad de abrir el cráneo.

Para ello utiliza nanopartículas que, según el proyecto, pueden atravesar la barrera hematoencefálica, una de las principales defensas naturales del cerebro frente a sustancias externas.

Una vez allí, esas nanopartículas responderían a estímulos externos de luz y campos magnéticos.

La gran pregunta es: ¿de qué están hechas exactamente esas nanopartículas magnéticas?

Curiosamente, los documentos divulgativos no lo especifican. Hablan de nanopartículas magnéticas, pero no indican su composición química.

Lo más probable es que utilicen materiales ya muy conocidos en nanomedicina, como magnetita o maghemita, ambos óxidos de hierro con excelentes propiedades magnéticas. Sin embargo, hasta que se publiquen las patentes o los artículos científicos correspondientes, esa composición exacta no puede afirmarse como un hecho.

Este detalle ha despertado el interés de muchos investigadores, porque el material utilizado determina buena parte de las capacidades del sistema.

También surge otra cuestión. ¿Por qué no utilizar grafeno?

El grafeno es probablemente uno de los materiales más prometedores de la actualidad para la agenda 2030. Es extraordinariamente resistente, conduce muy bien la electricidad y posee una enorme superficie para transportar moléculas. De hecho, ya existen empresas que desarrollan electrodos cerebrales de grafeno.

Sin embargo, el grafeno puro no posee las mismas propiedades magnéticas que los óxidos de hierro. Por eso muchos grupos de investigación trabajan con materiales híbridos que combinan grafeno y nanopartículas magnéticas para aprovechar las ventajas de ambos.

Mientras tanto, Neumonas sigue otra estrategia basada en la activación mediante campos magnéticos y luz.

Otro aspecto interesante del proyecto es quién lo desarrolla.

Tecnalia es una fundación privada sin ánimo de lucro especializada en investigación aplicada. Colabora con numerosas empresas industriales y energéticas, varias de las cuales cotizan en bolsa. Entre ellas se encuentran Iberdrola, Repsol, CAF, Gestamp, Talgo, Acciona e Indra.

Como ocurre con muchas grandes compañías internacionales, entre sus accionistas institucionales aparecen gestoras como BlackRock, Vanguard, State Street o Fidelity. Ese es un hecho verificable en la información bursátil de estas empresas. Sin embargo, eso no significa que dichas gestoras sean propietarias de Tecnalia ni que controlen directamente el proyecto Neumonas. La relación existente es que esas empresas colaboran o contratan proyectos de investigación con Tecnalia.

Finalmente, conviene poner todo esto en perspectiva.

Hoy Neumonas no es un tratamiento disponible. No ha demostrado todavía eficacia clínica en humanos. Sus resultados corresponden a modelos animales y deberán superar un largo proceso de validación científica antes de llegar a los hospitales.

Pero también es cierto que la historia de la ciencia demuestra que muchas tecnologías comienzan resolviendo un problema médico muy concreto y, con el paso del tiempo, encuentran aplicaciones completamente nuevas.

Por eso la pregunta verdaderamente importante quizá no sea qué puede hacer hoy Neumonas, sino qué será capaz de hacer la neuromodulación dentro de veinte o treinta años.

Como siempre ocurre con las tecnologías disruptivas, el desafío no será únicamente científico. También será ético, jurídico y político. Porque cuando una tecnología es capaz de interactuar directamente con el órgano que produce nuestros pensamientos, nuestras emociones y nuestras decisiones, el debate deja de ser exclusivamente médico para convertirse en un asunto que afecta a toda la sociedad.

El futuro de la neurotecnología ya ha comenzado. La cuestión es hacia dónde decidiremos llevarlo.

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