EL PROYECTO NEUMONAS PARA IMPLANTAR SENTIMIENTO Y EMOCIONES.
Por Iván Oré
¿Y si el futuro de la
neurotecnología ya no dependiera de implantar un chip en el cerebro? Mientras
todos miraban a Elon Musk y Neuralink, en España ha surgido un proyecto mucho
menos conocido, pero potencialmente revolucionario. Se llama Neumonas y su objetivo
no es colocar electrodos dentro del cerebro, sino modificar la actividad de las
neuronas desde el exterior utilizando nanotecnología.
A primera vista parece ciencia ficción, pero el proyecto es real. Está liderado por Tecnalia, uno de los principales centros tecnológicos de España, y recibió una financiación de 20 millones de euros mediante un programa europeo de Compra Pública Precomercial impulsado por el CSIC. Su desarrollo tuvo una duración de 24 meses y ya ha obtenido resultados preclínicos en modelos animales de ictus y enfermedad de Parkinson.
Ahora bien, antes de sacar
conclusiones, conviene responder una pregunta fundamental: ¿qué es exactamente
lo que hace esta tecnología?
A diferencia de Neuralink,
Neumonas no pretende leer pensamientos ni conectar el cerebro a un ordenador.
Su objetivo declarado es terapéutico. Busca estimular determinadas neuronas
para intentar proteger el tejido cerebral o modificar circuitos neuronales
alterados por enfermedades neurológicas.
¿Y cómo pretende hacerlo?
La respuesta está en unas
diminutas estructuras llamadas nanopartículas. Los investigadores utilizan dos
tipos. Unas son nanopartículas de oro, capaces de transformar la luz en calor.
Las otras son nanopartículas magnéticas, que convierten la energía de un campo
magnético en calor localizado.
Ese calor no pretende quemar tejido. Lo que busca es alterar la actividad eléctrica de las neuronas cercanas para producir un efecto de neuromodulación.
Aquí aparece el concepto más
importante de todo este proyecto: neuromodulación.
Neuromodular significa modificar
la actividad de determinadas neuronas. En otras palabras, influir sobre el
funcionamiento de circuitos cerebrales específicos.
Y esto nos lleva a una reflexión
interesante.
Todo lo que somos depende de la
actividad de nuestras neuronas. La memoria, el movimiento, las emociones, la
percepción, el aprendizaje, la atención e incluso nuestras decisiones tienen
una base neuronal.
Por eso cualquier tecnología
capaz de modificar la actividad de las neuronas despierta un enorme interés
científico. También plantea preguntas éticas inevitables.
Ahora bien, hay que ser
rigurosos. El hecho de que una tecnología pueda modificar la actividad neuronal
no significa que pueda controlar la voluntad de una persona ni implantar
pensamientos. No existe evidencia científica que demuestre algo semejante para
Neumonas.
Lo que sí sabemos es que la
neurociencia lleva décadas utilizando técnicas de estimulación cerebral.
Existen procedimientos como la estimulación cerebral profunda mediante
electrodos, la estimulación magnética transcraneal o la estimulación eléctrica
transcraneal. Todas ellas pueden modificar determinados circuitos neuronales y,
en algunos casos, producir cambios en síntomas motores, dolor o estado de
ánimo.
Neumonas intenta dar un paso más.
Su apuesta consiste en llegar a regiones profundas del cerebro sin necesidad de
abrir el cráneo.
Para ello utiliza nanopartículas
que, según el proyecto, pueden atravesar la barrera hematoencefálica, una de
las principales defensas naturales del cerebro frente a sustancias externas.
Una vez allí, esas nanopartículas
responderían a estímulos externos de luz y campos magnéticos.
La gran pregunta es: ¿de qué
están hechas exactamente esas nanopartículas magnéticas?
Curiosamente, los documentos
divulgativos no lo especifican. Hablan de nanopartículas magnéticas, pero no
indican su composición química.
Lo más probable es que utilicen
materiales ya muy conocidos en nanomedicina, como magnetita o maghemita, ambos
óxidos de hierro con excelentes propiedades magnéticas. Sin embargo, hasta que
se publiquen las patentes o los artículos científicos correspondientes, esa
composición exacta no puede afirmarse como un hecho.
Este detalle ha despertado el
interés de muchos investigadores, porque el material utilizado determina buena
parte de las capacidades del sistema.
También surge otra cuestión. ¿Por
qué no utilizar grafeno?
El grafeno es probablemente uno
de los materiales más prometedores de la actualidad para la agenda 2030. Es
extraordinariamente resistente, conduce muy bien la electricidad y posee una
enorme superficie para transportar moléculas. De hecho, ya existen empresas que
desarrollan electrodos cerebrales de grafeno.
Sin embargo, el grafeno puro no
posee las mismas propiedades magnéticas que los óxidos de hierro. Por eso
muchos grupos de investigación trabajan con materiales híbridos que combinan
grafeno y nanopartículas magnéticas para aprovechar las ventajas de ambos.
Mientras tanto, Neumonas sigue
otra estrategia basada en la activación mediante campos magnéticos y luz.
Otro aspecto interesante del
proyecto es quién lo desarrolla.
Tecnalia es una fundación privada
sin ánimo de lucro especializada en investigación aplicada. Colabora con
numerosas empresas industriales y energéticas, varias de las cuales cotizan en
bolsa. Entre ellas se encuentran Iberdrola, Repsol, CAF, Gestamp, Talgo,
Acciona e Indra.
Como ocurre con muchas grandes
compañías internacionales, entre sus accionistas institucionales aparecen
gestoras como BlackRock, Vanguard, State Street o Fidelity. Ese es un hecho
verificable en la información bursátil de estas empresas. Sin embargo, eso no
significa que dichas gestoras sean propietarias de Tecnalia ni que controlen
directamente el proyecto Neumonas. La relación existente es que esas empresas
colaboran o contratan proyectos de investigación con Tecnalia.
Finalmente, conviene poner todo
esto en perspectiva.
Hoy Neumonas no es un tratamiento
disponible. No ha demostrado todavía eficacia clínica en humanos. Sus
resultados corresponden a modelos animales y deberán superar un largo proceso
de validación científica antes de llegar a los hospitales.
Pero también es cierto que la
historia de la ciencia demuestra que muchas tecnologías comienzan resolviendo
un problema médico muy concreto y, con el paso del tiempo, encuentran
aplicaciones completamente nuevas.
Por eso la pregunta
verdaderamente importante quizá no sea qué puede hacer hoy Neumonas, sino qué
será capaz de hacer la neuromodulación dentro de veinte o treinta años.
Como siempre ocurre con las
tecnologías disruptivas, el desafío no será únicamente científico. También será
ético, jurídico y político. Porque cuando una tecnología es capaz de
interactuar directamente con el órgano que produce nuestros pensamientos, nuestras
emociones y nuestras decisiones, el debate deja de ser exclusivamente médico
para convertirse en un asunto que afecta a toda la sociedad.
El futuro de la neurotecnología
ya ha comenzado. La cuestión es hacia dónde decidiremos llevarlo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario