CAÍN Y EL SACRIFICIO HUMANO: EL OSCURO RITO AGRARIO QUE LA ARQUEOLOGÍA DEVUELVE A LA LUZ
Por Iván Oré Ch.
«Caín fue labrador de la tierra [...] y Caín trajo
del fruto de la tierra una ofrenda a Yahvé. Y Abel trajo también de los
primogénitos de sus ovejas [...] Caín se levantó contra Abel su hermano y lo
mató [...] La voz de la sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra. Ahora,
pues, maldito seas de la tierra, que abrió su boca para recibir de tu mano la
sangre de tu hermano. Cuando labres la tierra, no te volverá a dar su fuerza».
— Génesis 4:2-12
Durante mucho tiempo, el asesinato de Abel ha sido
leído fundamentalmente como el primer fratricidio de la historia bíblica: los
celos de Caín ante la preferencia divina terminan convirtiéndose en homicidio.
Pero una investigación arqueológica publicada en Science Advances en
2024 permite contemplar una dimensión antropológica mucho más profunda del
relato. La arqueología ha identificado en sociedades agrícolas del Neolítico
europeo una tradición de sacrificios humanos vinculada materialmente con silos,
piedras de molienda, animales sacrificados, almacenamiento de alimentos y el
ciclo agrícola. El fenómeno estudiado se prolongó durante casi dos
milenios.
Esta evidencia hace especialmente significativa una
característica de Caín que el Génesis establece desde el comienzo: Caín era
agricultor. Su relación con Dios, su ofrenda, el escenario del asesinato,
la sangre de Abel y finalmente su castigo están construidos alrededor de la
tierra. Desde esta perspectiva, la muerte de Abel puede leerse como algo más
oscuro que un arrebato homicida: la inversión bíblica de una antigua lógica
religiosa según la cual la sangre humana podía ser entregada ritualmente en
beneficio de la tierra y de la comunidad agrícola.
DE LOS PRIMEROS AGRICULTORES DEL PRÓXIMO ORIENTE A LA CULTURA LBK
Existe otro elemento que amplía considerablemente
el horizonte de esta investigación. Los casos neolíticos más antiguos de
estrangulamiento ritual estudiados por Ludes y sus colaboradores aparecen en la
cultura LBK (Linearbandkeramik, cultura de la Cerámica de
Bandas) de Europa central. Brno-Bohunice, en la actual República
Checa, presenta el caso neolítico más antiguo del estudio, dentro de un
horizonte situado aproximadamente entre 5400
y 4800 a. C. Otros dos casos tempranos, Hluboké Mašůvky y Mašovice-“Pšeničné”,
pertenecen igualmente al mundo LBK.
Pero estos primeros agricultores de Europa
central no surgieron aisladamente en ese territorio. La LBK formó parte de la
gran expansión de las poblaciones agrícolas neolíticas que avanzaron desde Anatolia y el Egeo hacia los Balcanes y
posteriormente por la cuenca del Danubio hasta Europa central. Su
ascendencia estaba relacionada principalmente con los primeros agricultores
anatolios, aunque posteriormente estas poblaciones se mezclaron en diferentes
proporciones con los antiguos cazadores-recolectores europeos. En términos
generales, estamos ante una prolongación occidental de la enorme transformación
demográfica y cultural iniciada con el Neolítico del Próximo Oriente.
Este dato resulta especialmente sugestivo para
nuestra lectura de Caín. El mundo geográfico del Génesis remite también al antiguo Próximo Oriente. La descripción
del jardín del Edén menciona expresamente al Tigris y al Éufrates, los dos grandes ríos de
Mesopotamia. Caín, además, aparece caracterizado precisamente como «labrador de la tierra». Agricultura,
tierra, ofrenda, campo y sangre forman el eje sobre el cual se desarrolla
posteriormente el fratricidio.
La conexión abre una cuestión histórica de enorme importancia: las poblaciones agrícolas entre las cuales encontramos los casos neolíticos más antiguos de este sacrificio pertenecían a una expansión humana cuyo origen remoto se encuentra en Anatolia y en el gran horizonte neolítico próximo-oriental.
La pista, por tanto, conduce hacia
atrás. Si determinadas formas de sacrificio humano asociadas al mundo agrícola
aparecen entre los primeros agricultores LBK hacia el sexto milenio antes de
Cristo, debemos preguntarnos si existen antecedentes semejantes entre las
sociedades neolíticas de Anatolia, el
Levante y Mesopotamia, precisamente las regiones donde la agricultura,
la domesticación animal, el almacenamiento de cereal y las aldeas permanentes
habían surgido varios milenios antes.
La cuestión adquiere todavía mayor importancia
dentro de nuestra interpretación bíblica. ¿Pudieron los cainitas conservar la memoria o la condena de una
lógica sacrificial y trasladarla a los lugares que colnizaro? La
arqueología europea todavía no permite cerrar esa cadena, pero ha demostrado
algo fundamental: entre poblaciones descendientes de aquella expansión
neolítica existieron realmente ritos
homicidas vinculados con silos, molienda, animales, seguridad alimentaria y
ciclo agrícola.
De
este modo, Caín deja de aparecer solamente como un agricultor abstracto.
Pertenece literariamente al mismo gran horizonte civilizatorio que comenzó
cuando las sociedades del Próximo Oriente hicieron de la tierra cultivada, el cereal, el rebaño y la cosecha
el fundamento de su existencia. Y es precisamente dentro de ese mundo donde
Génesis formula su condena: la sangre humana derramada sobre la tierra no produce
fertilidad; hace que la tierra deje de entregar su vigor al homicida.
EL CULTO OSCURO DE LOS PRIMEROS
AGRICULTORES
La asociación resulta reveladora. El silo
representa la conservación del cereal; la piedra de molienda transforma ese
cereal en alimento. Ambos objetos pertenecen directamente al universo económico
del agricultor, pero aquí aparecen ritualizados y asociados a cadáveres
humanos. El caso más extraordinario es la fosa 69: parecía un silo, pero no
había almacenado cereal. No aparecieron semillas en el fondo y su configuración
llevó a los investigadores a plantear que la tumba había sido construida
deliberadamente para imitar un silo agrícola. Dentro fueron depositadas
tres mujeres: una mujer mayor ocupaba la posición central y las otras dos
habían sido comprimidas debajo del saliente de la estructura.
Una de ellas tenía un fragmento de piedra de
molienda sobre el cráneo. Sobre otra habían colocado dos fragmentos de
piedra de molienda. La reconstrucción arqueológica muestra que las piedras
contribuían a bloquear los cuerpos contra el saliente del falso silo. La
disposición era tan restrictiva que, si las mujeres fueron introducidas vivas,
prácticamente no podían moverse y tenían enormes dificultades para respirar.
La mujer situada boca abajo presenta además una disposición compatible con una ligadura que habría unido los tobillos con el cuello. Al intentar extender las piernas, la propia víctima aumentaba la tensión alrededor del cuello. Los investigadores consideran que la combinación de posición, inmovilización y piedras de molienda apoya la hipótesis de que fue depositada todavía viva. No estamos, por tanto, solamente ante cadáveres enterrados junto a instrumentos agrícolas, sino ante seres humanos colocados en condiciones compatibles con una muerte ritual deliberadamente organizada dentro de estructuras vinculadas simbólicamente al almacenamiento de alimentos.
Y sobre todo aquello se encontraba el cielo. Las
fosas 69 y 70 estaban situadas dentro de una estructura oval de unos 19
metros por 9, abierta por sus extremos y deliberadamente orientada con el amanecer
del solsticio de verano y el ocaso del solsticio de invierno. La
reconstrucción sugiere incluso que la posición descentrada de la fosa podía
permitir que la luz solar alcanzara a un oficiante durante el solsticio.
SILOS, MOLINOS, ANIMALES Y SERES
HUMANOS
Saint-Paul tampoco constituye una anomalía aislada.
La investigación reunió 20 individuos —nueve hombres, siete mujeres y cuatro
niños— procedentes de 16 tumbas o fosas distribuidas en 14 yacimientos
arqueológicos. Los casos neolíticos estudiados abarcan aproximadamente
desde 5400 hasta 3500 a. C. y se distribuyen desde Europa central hasta Italia,
Francia y Cataluña.
Doce de los veinte individuos fueron encontrados en
antiguos silos o en fosas construidas para parecer silos. En los diez
sitios donde pudo determinarse adecuadamente el contexto general, estas muertes
no estaban asociadas a cementerios convencionales. La reiteración de
determinadas posiciones corporales, estructuras y objetos llevó a los
investigadores a considerar que se encontraban ante un fenómeno ritual
transcultural y no simplemente ante enterramientos anómalos dispersos.
Los casos españoles son particularmente gráficos.
En Bòbila Madurell, un niño colocado boca abajo dentro de un silo apareció
acompañado por restos de bovino y perro, unos treinta recipientes
fragmentados, seis piedras de molienda, dos hachas y otros objetos. Los
arqueólogos atribuyeron significado ritual a la fosa y la posición corporal es
compatible con estrangulamiento homicida por ligadura.
Otro gran silo de Bòbila Madurell contenía cuatro seres humanos. Dos niños de entre seis y nueve años habían sido colocados boca abajo; en el centro había otro niño de aproximadamente cinco años junto a un perro
, y posteriormente fue depositado un hombre adulto. El conjunto contenía además restos de bovinos y ovicaprinos, una gran piedra de molienda, al menos otras diez piedras de molienda y un mortero. La reunión dentro de una misma estructura de seres humanos, animales y elementos directamente relacionados con el procesamiento del cereal muestra hasta qué punto el universo ritual y el agrícola podían encontrarse entrelazados.En Pujolet de Moja apareció nuevamente un silo con
tres individuos. Sobre uno de ellos fueron cuidadosamente colocadas dos
piedras de molino de granito entre el tórax y la cabeza. Los investigadores
observan que, si fue introducido vivo, una de aquellas piedras habría impedido
que pudiera moverse. En la misma fosa aparecieron restos de bovino, cerámica y
numerosos fragmentos de piedras de molienda.
En Champ Madame, Francia, la relación resulta
todavía más directa: la fosa estaba situada dentro de un área destinada al
almacenamiento de grano. Allí apareció un hombre boca abajo, con una
disposición que llevó a considerar altamente probable que hubiese sido
estrangulado mediante una ligadura dentro de la propia fosa. El patrón
acumulado resulta profundamente agrario: silo, cereal, molienda, animales,
rito y víctima humana.
El propio artículo señala que el sacrificio humano
destinado a obtener cosechas abundantes no constituye un fenómeno
excepcional dentro de las sociedades agrícolas conocidas antropológica e
históricamente. Más importante todavía, los autores sostienen expresamente que
el estrangulamiento ritual terminó convirtiéndose durante el Neolítico Medio en
un rito sacrificial asociado a un contexto agrícola.
Existe además evidencia de que el patrón fue transmitido
culturalmente. Los investigadores enfrentaron estadísticamente tres
explicaciones: que las semejanzas se debieran a proximidad geográfica, a
proximidad cronológica o a una tradición cultural. El modelo cultural,
construido alrededor de la asociación con los silos, obtuvo un Bayes Factor
superior a 150, que el propio método clasifica como evidencia muy fuerte.
El análisis cladístico produjo además un RI (Retention
Index, índice de retención) de 0,72, por encima del umbral de 0,60
empleado en el estudio para reconocer transmisión vertical de características
culturales. Los autores concluyen que el rito y sus características se propagaron
conservadoramente a través del tiempo. Estamos, por tanto, ante algo mucho
mayor que una sucesión de asesinatos extraños: este sacrificio ritual pudo
desempeñar incluso un papel en la integración ideológica de sociedades
agrícolas extendidas desde Cataluña hasta Europa central y el norte de
Italia.
CAÍN: EL AGRICULTOR QUE DERRAMA
SANGRE EN EL CAMPO
Con este trasfondo antropológico, la construcción
de Génesis 4 adquiere una coherencia extraordinaria. El texto comienza
distinguiendo dos sistemas productivos: Abel es pastor y Caín es agricultor.
Cada uno lleva ante Dios aquello que produce. Abel ofrece los primogénitos de
su rebaño; Caín ofrece los frutos de la tierra. Dios acepta la ofrenda de Abel
y Caín se irrita. Después conduce a su hermano al campo, precisamente el
espacio productivo que corresponde al agricultor, y allí lo mata.
La secuencia resulta significativa: Caín →
agricultor → frutos de la tierra → ofrenda → campo → Abel → sangre humana →
tierra. Entonces Dios pronuncia unas palabras cuya terminología es
profundamente agraria: «La voz de la sangre de tu hermano clama a mí desde
la tierra». Pero inmediatamente añade algo todavía más significativo: «Maldito
seas de la tierra, que abrió su boca para recibir de tu mano la sangre de tu
hermano».
La imagen es potentísima: la tierra abre la boca
y recibe sangre humana. Y entonces llega el castigo. ¿Qué pena recibe
precisamente el agricultor que ha derramado sangre humana sobre la tierra? «Cuando
labres la tierra, no te volverá a dar su fuerza». Aquí aparece el centro de
nuestra interpretación.
Si dentro de determinados cultos agrícolas antiguos
el sacrificio humano pretendía favorecer la fertilidad, la cosecha o la
seguridad alimentaria, Dios responde a Caín exactamente sobre aquello que
semejante rito pretendía conseguir. Caín entrega sangre humana a la tierra,
pero la sangre de Abel no fertiliza el campo. Produce exactamente el resultado
contrario: la tierra deja de entregar su fuerza.
El castigo funciona así como una inversión completa
del rito agrario. En el culto sacrificial, la lógica sería sangre humana →
tierra → fertilidad. En Génesis ocurre exactamente lo contrario: sangre
humana → tierra → maldición → esterilidad. La correspondencia es
especialmente significativa porque la pena no recae sobre cualquier aspecto de
la existencia de Caín: recae precisamente sobre su condición de agricultor.
Y por eso la oposición entre los dos hermanos
resulta todavía más profunda. Abel sacrifica un animal; Caín termina
sacrificando a un hombre. Abel derrama la sangre permitida de una
víctima animal y su ofrenda es aceptada. Caín derrama la sangre de su propio
hermano sobre el campo y la tierra queda maldita para él. La narración puede
conservar así una antiquísima polémica contra uno de los cultos más oscuros
nacidos alrededor de la agricultura: la creencia de que la vida humana podía
convertirse en alimento ritual de la tierra.
La arqueología muestra ahora que el mundo
antropológico que hace comprensible semejante lectura existió realmente. Durante
milenios hubo sociedades agrícolas donde silos, molienda, animales,
calendario solar, seguridad alimentaria y sacrificios humanos quedaron
integrados dentro de complejos rituales. No estamos ante una asociación moderna
inventada para explicar el relato: estamos ante prácticas agrarias y
sacrificiales documentadas materialmente en el Neolítico europeo.
Génesis responde a esa lógica con una sentencia
devastadora. La sangre humana no fertiliza la tierra: la maldice. La
sangre de Abel no desaparece absorbida por el campo, sino que clama desde la
tierra. Y la tierra que abrió su boca para recibir la sangre de un hombre
deja de entregar su vigor al agricultor que la derramó.
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