UN DEFENSOR DE LA IDEOLOGÍA DE GÉNERO RECONOCE QUE SÍ ES UNA IDEOLOGÍA
Por Iván Oré Chávez
Durante
años, una de las respuestas más repetidas frente a quienes denuncian la
existencia de una ideología de género ha consistido precisamente en negar su
existencia. La expresión sería una invención conservadora, religiosa o de las
nuevas derechas destinada a desacreditar las políticas de diversidad sexual.
Sin embargo, una reciente columna publicada por El Espectador introduce
una novedad particularmente interesante: un intelectual de izquierda no
solamente utiliza la expresión, sino que reconoce expresamente el carácter
ideológico del género y defiende que sea llevado a las aulas.
El autor
es Santiago Vargas Acebedo, sociólogo y arquitecto colombiano que
investiga las relaciones entre cultura y política. Es candidato a doctor en
Sociología por la Universidad de Cambridge, tiene una maestría en Cultura y
Sociedad por la London School of Economics (LSE) y estudió Arquitectura en la
Universidad de los Andes. Ha publicado en El Espectador, El Tiempo,
Cambio y El Malpensante. Es decir, no estamos ante un activista
marginal, sino ante un columnista con formación académica en algunas de las
instituciones universitarias más reconocidas del mundo.
“PUES BIEN, EL GÉNERO ES UNA FORMA DE IDEOLOGÍA”
El 29 de
agosto de 2026, Vargas publicó en El Espectador una columna cuyo título
no deja demasiado espacio para interpretaciones: “En defensa de la ideología
de género”. Lo verdaderamente interesante aparece dentro del artículo.
Después de explicar el concepto marxista de ideología y su relación con el
poder, escribe categóricamente: “Pues bien, el género es una forma de
ideología”.
La
afirmación merece atención porque modifica los términos habituales de la
controversia. Aquí no tenemos a un crítico conservador utilizando la expresión
“ideología de género” para describir las posiciones de sus adversarios. Tenemos
a un defensor de esas ideas afirmando expresamente que el género constituye una
forma de ideología y escribiendo una columna precisamente para defenderla.
Vargas
comienza, además, su argumentación recurriendo directamente a Karl Marx
y La ideología alemana. Explica la ideología como una forma socialmente
producida de comprender el mundo que hace aparecer como naturales determinadas
construcciones culturales. Añade que las ideologías dominantes están vinculadas
al poder porque permiten presentar determinadas relaciones de dominación como
naturales e inevitables. Inmediatamente después aplica esa matriz al género.
DE MARX A JUDITH BUTLER
La
arquitectura intelectual de la columna resulta bastante clara. Vargas distingue
entre sexo, entendido como condición corporal o morfología sexual, y género,
entendido como las normas, significados y expectativas que una cultura
construye alrededor de esa diferencia corporal. Entre ellas menciona roles,
jerarquías, sentimentalidad, división social del trabajo y formas de vestir.
Después
introduce expresamente a Judith Butler. Según la exposición de Vargas,
el género no sería una esencia derivada del sexo anatómico, sino una identidad
producida mediante la repetición de normas sociales que terminan haciendo
aparecer determinadas interpretaciones culturales de lo masculino y femenino
como si fueran naturales. La genealogía intelectual que el propio columnista
construye puede resumirse así: MARX → IDEOLOGÍA Y PODER → JUDITH BUTLER →
GÉNERO COMO CONSTRUCCIÓN → CRÍTICA DE LA NATURALIZACIÓN DEL GÉNERO.
Esto
también permite precisar la discusión. Nadie necesita sostener que el color de
la ropa, determinadas profesiones o todos los roles familiares estén
biológicamente determinados para reconocer la existencia objetiva del sexo. Una
cosa es demostrar que existen convenciones culturales alrededor de hombres y
mujeres y otra diferente concluir que la realidad sexual del organismo depende
de esas convenciones. Precisamente en el tránsito entre sexo, roles
culturales e identidad se encuentra buena parte de la controversia contemporánea.
VARGAS SE UBICA EN LA IZQUIERDA
Su
utilización de Marx podría considerarse simplemente académica si estuviera
aislada. Pero su trayectoria como columnista permite situar mucho mejor su
posición política. Vargas ha hablado de sí mismo desde la izquierda y ha
escrito sobre la izquierda como un proyecto político propio, aunque
manteniendo fuertes críticas contra Gustavo Petro.
En
noviembre de 2025 escribió que en las elecciones de 2022 había votado por Gustavo
Petro. En esa misma columna habló expresamente de “la izquierda” como un
proyecto político con vocación de poder y presentó favorablemente la
candidatura de Iván Cepeda, aunque desde una posición crítica hacia Petro.
Su
archivo de columnas confirma esa ubicación. En febrero de 2025 publicó “Por
una izquierda sin Petro”. En mayo de 2026 escribió “¿Por qué votar por
Iván Cepeda?”. También ha publicado textos críticos contra Álvaro Uribe,
Paloma Valencia, Javier Milei y Abelardo de la Espriella. Esto permite
describirlo razonablemente como un intelectual de izquierda o progresista,
aunque eso no significa que sea un militante partidario ni un defensor
incondicional del petrismo.
Hay
además un antecedente particularmente significativo. Ya el 25 de noviembre
de 2022, cuando escribía en El Tiempo, Vargas publicó una columna
titulada “La primera línea contra la ideología de género”. Por tanto, su
interés en esta controversia tampoco comenzó en agosto de 2026. Forma parte de
una trayectoria de varios años escribiendo sobre sexo, género, familia,
derechos y transformaciones culturales.
La propia
definición de género utilizada por Vargas ya incorpora una carga ideológica. No
se limita a constatar algo evidente —que existen construcciones culturales
alrededor del sexo—, sino que introduce inmediatamente “jerarquías”, división
del trabajo, sentimentalismo, roles y vestimenta. La diferencia sexual comienza
así a ser contemplada a través de una matriz previa de normas, jerarquías y
poder.
Vargas
vuelve además a mezclar realidades diferentes. Que una sociedad asocie
determinadas prendas, profesiones o comportamientos con hombres o mujeres
demuestra que existen roles culturales, no que la condición de hombre o
mujer sea producida culturalmente. Una falda puede ser una convención; el sexo
del organismo no lo es. La cultura puede interpretar el sexo, pero no por
ello crea el sexo.
El salto
decisivo llega con Judith Butler. Vargas pasa de una afirmación evidente —las
culturas construyen interpretaciones de la masculinidad y la feminidad— a
presentar el género como una “identidad que se construye” mediante la
repetición de normas sociales. Pero ¿qué se construye exactamente: los
estereotipos, los roles, la identidad subjetiva o la condición sexual? No
son la misma cosa. Al mantener difusa esa frontera, puede deslizarse desde
una verdad —existen convenciones culturales— hacia una tesis ideológica mucho
más discutible: que esas construcciones explican la propia identidad sexual.
Allí la teoría deja de limitarse a describir la cultura y comienza a imponer su
particular interpretación de la realidad.
Hay
además un salto argumental importante cuando Vargas sostiene que negar la
distinción entre sexo y género equivale a considerar naturales las formas de
vestir, los comportamientos, las jerarquías y la división de roles entre
hombres y mujeres. Aquí su propia ideología vuelve a distorsionarle la
realidad: una proposición no conduce necesariamente a la otra. Es
perfectamente posible reconocer que numerosas expectativas sociales atribuidas
históricamente a hombres y mujeres son convenciones culturales y, al mismo
tiempo, sostener que el sexo constituye una realidad biológica objetiva.
Vargas
incurre así en la falacia del hombre de paja: atribuye a quienes
defienden la realidad biológica del sexo una posición que no se desprende de
ella —que también considerarían naturales todos los roles, estereotipos y
jerarquías históricamente asociados a hombres y mujeres— y luego ataca esa
posición artificialmente construida. Mezcla tres planos diferentes: sexo
biológico, roles culturales e identidad de género. Que una vestimenta,
profesión o expectativa de comportamiento sea cultural no demuestra que el sexo
también lo sea.
Su
ideología le hace ver gigantes donde hay molinos de viento. Primero construye un adversario
mediante su propia matriz ideológica y después combate contra esa construcción
como si fuera la realidad. Es un verdadero quijotismo de la ideología de
género: el hombre de paja termina convertido en gigante.
La
paradoja es todavía mayor porque Vargas comienza definiendo la ideología como
aquello que hace que “confundamos las ideas que tenemos de la realidad con la
realidad misma”, pero su argumentación termina incurriendo precisamente en ese
mecanismo. Esto se observa especialmente cuando explica qué debería enseñarse
en las aulas.
Primero, parte correctamente de que
alrededor del sexo existen construcciones culturales: vestimenta, determinados
roles, expectativas sociales y comportamientos considerados masculinos o
femeninos. Pero de allí pasa a colocar bajo sospecha los “mandatos asignados a
sus cuerpos”. El problema es que no todo lo asociado al cuerpo sexual es un
mandato cultural. La capacidad reproductiva diferenciada de hombres y
mujeres, por ejemplo, no es un discurso producido por relaciones de poder. Aquí
necesita distinguir qué es convención cultural y qué es realidad biológica.
Segundo, dice que debe enseñarse a los
niños a “separar la cultura de la naturaleza”. Pero para realizar esa
separación primero hay que establecer qué pertenece a cada ámbito. Si se parte
de una teoría previa según la cual determinadas significaciones de la
diferencia sexual son construcciones del poder, la teoría puede terminar
determinando anticipadamente qué debe considerarse cultural. Eso reproduce
justamente el problema epistemológico que él atribuye a la ideología: hacer
pasar una interpretación de la realidad por la realidad misma.
Tercero, existe una contradicción
especialmente importante en su concepto de educación crítica. Vargas dice que
llevar la ideología de género a las aulas significa desarrollar la “capacidad
crítica” del niño. Pero simultáneamente ya proporciona el marco dentro del cual
debe realizarse esa crítica:
MANDATOS
→ DISCURSOS → REPRODUCCIÓN DEL PODER → LIBERACIÓN DE ESOS MANDATOS.
El alumno
no descubre necesariamente esa interpretación: se le entrega previamente la
matriz interpretativa.
Su
propuesta educativa, por tanto, no es ideológicamente neutral. Propone enseñar
a interpretar la realidad mediante categorías concretas: construcción
social, relaciones de poder, naturalización y género. Y mientras presenta
ese marco como desarrollo de la “capacidad crítica”, califica la posición
contraria como “oscurantismo” y “esquizofrenia de la ideología”.
Pero si
al alumno se le proporciona previamente la matriz con la que debe interpretar
el mundo —mandato, construcción, dominación y poder—, ya no estamos
simplemente enseñándole a pensar críticamente: estamos enseñándole una
determinada teoría desde la cual debe pensar. Y eso es precisamente lo que
sus críticos llevan años denominando ideología de género en la educación.
No hay comentarios:
Publicar un comentario