viernes, 9 de octubre de 2026

GAZA, LA ARQUITECTURA DEL GENOCIDIO Y LA DESTRUCCIÓN DE UN PUEBLO.

GAZA, LA ARQUITECTURA DEL GENOCIDIO Y LA DESTRUCCIÓN DE UN PUEBLO.

Por Iván Oré Chávez para Realbiopolítica.


Hay una forma de violencia que no termina cuando cae la última bomba. Consiste en destruir las casas, arrancar los árboles, arrasar los campos, inutilizar los pozos, borrar los caminos y transformar el territorio hasta que sus antiguos habitantes no puedan reconocerlo. Es la destrucción de un pueblo mediante la destrucción de las condiciones que hacen posible su existencia. Esta es la acusación central que desarrolla el arquitecto israelí Eyal Weizman en su libro Ungrounding: The Architecture of Genocide.

En Real Biopolítica condenamos los crímenes contra la población palestina de Gaza, el odio que los alimenta y las políticas de deshumanización que pretenden convertir a millones de seres humanos en una población expulsable. Nuestra denuncia se dirige contra las decisiones del Estado israelí, sus responsables y quienes justifican la violencia contra civiles. No contra las personas judías por su identidad o religión. El propio autor de esta investigación es israelí y judío, y su trabajo demuestra que oponerse a estos crímenes es una posición de conciencia y de defensa de los derechos humanos.


LA FRONTERA TRAZADA CON UN ARADO.

Weizman comienza con un episodio de agosto de mil novecientos cincuenta. Un tractor Caterpillar D6 avanzó por los campos del sur de Palestina abriendo una zanja que ayudó a delimitar la Franja de Gaza. Lo acompañaban militares israelíes y egipcios y observadores de Naciones Unidas. Según los testimonios históricos recuperados por el autor, la línea atravesó huertos, viñedos y tierras de cultivo. Familias palestinas quedaron separadas de sus propiedades. Los árboles y las parcelas se convirtieron en objetos de negociación militar.

El libro reproduce el relato de soldados que se burlaban de los agricultores desplazados. En uno de los episodios, los propietarios quedaron al otro lado de la línea mientras los soldados recogían sus ciruelas y albaricoques, comían la fruta y les arrojaban los huesos. En otro, los habitantes de Abasan y Khiza'a protestaron cuando la zanja amenazaba con separar sus aldeas y consiguieron modificar su trazado. No hablamos de una frontera abstracta dibujada en un mapa. Hablamos de campos, alimentos, árboles, viviendas y familias sometidos a una decisión armada.


LA DESTRUCCIÓN DE AL-MA'IN.

Uno de los casos centrales del libro es la aldea palestina de Al-Ma'in, de donde Salman Abu Sitta fue expulsado con su familia en mil novecientos cuarenta y ocho, cuando tenía diez años. Sobre sus tierras se estableció el kibutz de Nirim. Weizman describe cómo fueron eliminándose las construcciones, los muros que separaban las parcelas, los senderos, los almacenes agrícolas, las escuelas y los cementerios. El arado y los nuevos cultivos cubrieron los vestigios de la antigua comunidad.

La operación tenía una consecuencia decisiva: los desplazados perdían no solamente sus propiedades, sino también las referencias materiales que les permitían identificar sus tierras. En febrero de dos mil veinticinco, Salman Abu Sitta colaboró con Forensic Architecture para reconstruir digitalmente aquella aldea desaparecida. La memoria de un niño expulsado se convirtió, décadas después, en una herramienta de investigación arquitectónica.


LAS EXCAVADORAS Y LA NUEVA GEOGRAFÍA DE GAZA.

Después de octubre de dos mil veintitrés, las excavadoras blindadas Caterpillar D9 adquirieron otro papel en la investigación de Weizman. El autor documenta la destrucción de campos, olivares, huertos, viviendas, carreteras y redes de saneamiento. Describe cómo los escombros fueron triturados y amontonados para formar terraplenes, rutas militares, posiciones fortificadas y recintos de detención.

El resultado no es solamente una ciudad bombardeada. Es una nueva geografía construida sobre las ruinas de la anterior. El hormigón, el vidrio, el plástico, los restos vegetales y la tierra se mezclan en montículos artificiales. Allí donde antes había barrios, calles y puntos de referencia aparecen superficies removidas que dificultan incluso determinar dónde se grabó un video o dónde pudo quedar enterrada una persona desaparecida.

Esta es una de las acusaciones más graves del libro: la destrucción del territorio también puede destruir las pruebas de la violencia. Si desaparecen las fachadas, las calles y los edificios que permiten localizar una grabación, investigar un ataque se vuelve mucho más difícil.


EL DESPLAZAMIENTO HACIA LAS DUNAS.

La geografía de Gaza es fundamental para entender el argumento. Weizman explica que el territorio contiene suelos fértiles, depósitos de arcilla, acuíferos y zonas arenosas. Su investigación sostiene que las operaciones militares y las órdenes de desplazamiento empujaron progresivamente a la población desde áreas agrícolas y urbanas hacia sectores costeros más áridos, donde se multiplicaron los campamentos improvisados.

En la introducción, el autor señala que, después del alto el fuego de octubre de dos mil veinticinco, Israel mantenía bajo su control aproximadamente el cincuenta y ocho por ciento de la Franja. Esa cifra corresponde al momento documentado por el libro. El problema que denuncia no se reduce a la extensión del territorio ocupado: es la concentración de la población superviviente en espacios donde conseguir agua, alimentos, refugio y atención médica resulta cada vez más difícil.

La Convención de Naciones Unidas contra el Genocidio contempla expresamente el sometimiento intencional de un grupo a condiciones de existencia calculadas para provocar su destrucción física, total o parcial. Weizman sostiene que la destrucción del ambiente habitable de Gaza debe examinarse a la luz de esa disposición. La determinación judicial definitiva de la responsabilidad por genocidio corresponde a los tribunales; la obligación de proteger a los civiles y evitar su destrucción no puede esperar a una sentencia final.

LA GUERRA BAJO TIERRA.

El libro también explica por qué la ocupación no puede entenderse solamente desde un mapa de superficie. Bajo Gaza existen capas de arena, arcilla, acuíferos, pozos, instalaciones enterradas y túneles. Weizman vincula la construcción de estos últimos con técnicas tradicionales de excavación de pozos desarrolladas por agricultores palestinos. Con el tiempo, las galerías subterráneas adquirieron funciones comerciales, de abastecimiento, refugio y operaciones militares.


El autor cuestiona la imagen de un único metro subterráneo que conectaría toda Gaza. Describe, en cambio, múltiples sistemas con propietarios, operadores y funciones diferentes. Señala que, mientras aproximadamente el ochenta por ciento de las estructuras de superficie habían resultado dañadas o destruidas, funcionarios israelíes estimaban haber eliminado solamente entre el veinte y el cuarenta por ciento de los túneles. Esas cifras proceden del periodo estudiado y no deben confundirse con una medición independiente actual.

La distinción importa porque, según Weizman, la supuesta omnipresencia de túneles se utilizó para justificar la destrucción de barrios enteros. La existencia de objetivos militares no convierte automáticamente todas las viviendas, escuelas y hospitales situados sobre ellos en blancos legítimos. El derecho internacional humanitario exige distinguir a los combatientes de los civiles y prohíbe los ataques indiscriminados.

EL CORREDOR DE NETZARIM: LA DESTRUCCIÓN MEDIDA EN KILÓMETROS.

Uno de los ejemplos más concretos de transformación militar del territorio es el corredor de Netzarim. Weizman documenta que, durante su expansión, las excavadoras y los equipos de demolición arrasaron franjas de entre tres y cuatro kilómetros a ambos lados de la carretera, hasta afectar aproximadamente treinta y cinco kilómetros cuadrados: cerca del diez por ciento de la superficie de Gaza.

En esa zona, la investigación registra la destrucción de unas seiscientas estructuras y de terrenos agrícolas, así como la demolición de instalaciones universitarias. Entre los centros mencionados figuran la Universidad de la Ummah, la Universidad de Palestina y dependencias de las universidades Islámica de Gaza y Al-Azhar. También documenta la voladura de la Universidad de Al-Israa el catorce de enero de dos mil veinticuatro. La destrucción de universidades no significa únicamente perder edificios: significa interrumpir estudios, investigaciones, formación profesional y la transmisión de conocimientos entre generaciones.


LA DESTRUCCIÓN SIMULTÁNEA DE LOS MEDIOS DE SUPERVIVENCIA.

Forensic Architecture elaboró una plataforma cartográfica que reúne miles de incidentes documentados. Su propósito no era examinar únicamente ataques aislados, sino establecer relaciones entre la destrucción de viviendas, hospitales, tierras agrícolas, infraestructura pública y rutas de ayuda humanitaria.

Según el análisis presentado en el libro, las órdenes de evacuación coincidían con la destrucción de barrios y servicios esenciales. Después, en numerosas zonas, se destruían las tierras agrícolas que podían permitir a los desplazados producir sus propios alimentos. Al mismo tiempo, los ataques y las restricciones a la asistencia humanitaria agravaban su dependencia de suministros externos.

La consecuencia es acumulativa. Una familia puede sobrevivir a la destrucción de su vivienda, pero ¿cómo sobrevive si también pierde el pozo, el hospital, la tierra cultivable, la electricidad, las carreteras y el acceso a los alimentos? Esa acumulación es precisamente lo que Weizman pide investigar como un patrón de destrucción de las condiciones de vida.

LA GUERRA CONTRA LOS TESTIGOS Y LAS PRUEBAS.

Weizman explica que los investigadores de Forensic Architecture trabajan con grabaciones, testimonios, fotografías, imágenes satelitales y modelos digitales tridimensionales. Cada grabación debe ser situada en un lugar y un momento. Las fachadas, los cruces de calles y las formas de los edificios ayudan a determinar desde dónde se filmó una escena. Cuando esas referencias desaparecen, reconstruir los acontecimientos se vuelve más difícil.


El libro también recuerda a periodistas y colaboradores muertos durante los ataques. Entre ellos menciona a Rushdi al-Sarraj, director de Ain Media, organización asociada con Forensic Architecture en Gaza, muerto en octubre de dos mil veintitrés; a su hermano Mahmoud, fallecido posteriormente; y a la fotoperiodista Fatma Hassona, muerta junto con familiares en abril de dos mil veinticinco. Son nombres concretos, no cifras anónimas. Documentar sus muertes y examinar las circunstancias de cada ataque forma parte de la defensa del derecho a conocer la verdad.

Weizman afirma que su equipo preparó más de mil páginas de informes relacionados con el proceso iniciado por Sudáfrica contra Israel ante la Corte Internacional de Justicia. Su trabajo demuestra por qué conservar las pruebas importa incluso cuando las instituciones internacionales no ofrecen una respuesta inmediata.

LA RECONSTRUCCIÓN NO PUEDE SIGNIFICAR UNA NUEVA EXPULSIÓN.

La última dimensión del problema es el futuro del territorio. Weizman cuestiona los proyectos que imaginan una Gaza reconstruida sin garantizar que sus habitantes puedan permanecer allí o regresar a sus propiedades. Una nueva ciudad, una carretera o un complejo turístico no reparan una expulsión si se levantan sobre tierras de las que sus propietarios han sido excluidos.

La reconstrucción debe comenzar por los derechos de las personas que vivían allí. Debe recuperar viviendas, escuelas, hospitales, redes de agua, cultivos y servicios públicos. También debe preservar la memoria de los lugares desaparecidos. La reconstrucción digital de Al-Ma'in, realizada con Salman Abu Sitta, muestra que recuperar un pozo, una casa o un camino en un modelo tridimensional puede ayudar a restituir una historia que se intentó borrar.

CONCLUSIÓN: CONDENAR LA DESTRUCCIÓN Y DEFENDER LA VIDA.

El libro de Eyal Weizman nos obliga a mirar Gaza más allá de las imágenes de los bombardeos. Nos muestra tractores trazando fronteras en mil novecientos cincuenta, aldeas palestinas borradas bajo nuevos cultivos, excavadoras convirtiendo barrios en terraplenes militares, universidades demolidas, tierras agrícolas arrasadas y familias empujadas hacia espacios cada vez más precarios.

Son hechos y procesos que exigen investigación, responsabilidad y justicia. No aceptamos que el odio contra los palestinos se convierta en política de Estado. No aceptamos que se presente la destrucción de las condiciones de vida de una población como una consecuencia inevitable de la guerra. Condenamos los ataques contra civiles, los desplazamientos forzados, la deshumanización y cualquier política dirigida a destruir a un grupo humano.

Defender al pueblo palestino no exige odiar a otro pueblo. Exige defender una regla elemental: ninguna identidad nacional, religión, Estado o ejército otorga el derecho de destruir a una población civil.

Desde Real Biopolítica, nuestra posición es inequívoca: exigimos protección efectiva para la población de Gaza, acceso humanitario, rendición de cuentas por los crímenes cometidos, reparación a las víctimas y respeto a los derechos del pueblo palestino.

Porque una casa no es solamente cemento. Un campo no es solamente tierra. Un pozo no es solamente agua. Son las condiciones materiales de una vida humana, de una comunidad y de su continuidad histórica.

Y ningún proyecto político tiene derecho a destruirlas para borrar a quienes habitan ese territorio.

REAL BIOPOLÍTICA. LA VERDAD ESTÁ A LA VISTA.

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