miércoles, 9 de septiembre de 2026

DEL TOLEDO VISIGODO A LA ASTURIAS DE LA RECONQUISTA: LA CRUZ COMO CONTINUIDAD DE UN SÍMBOLO DE PODER

DEL TOLEDO VISIGODO A LA ASTURIAS DE LA RECONQUISTA: LA CRUZ COMO CONTINUIDAD DE UN SÍMBOLO DE PODER.

Por Iván Oré Chávez.


Una cruz visigoda permaneció durante siglos a la vista de todos, incrustada en el muro de una vivienda particular de Casarrubios del Monte, en Toledo. Lo que parecía una piedra reutilizada resultó ser un vestigio excepcional de la escultura monumental de los siglos VII y comienzos del VIII. Su importancia, sin embargo, desborda el hallazgo arqueológico: la pieza aporta un nuevo antecedente material para estudiar la transmisión de uno de los símbolos que posteriormente caracterizarían a la monarquía asturiana.

El relieve, de piedra caliza y 62 centímetros de longitud por 17 de anchura, representa una cruz griega anicónica, es decir, una cruz sin la figura de Cristo y con brazos trapezoidales de longitud semejante ensanchados hacia los extremos. De sus brazos horizontales cuelgan las letras alfa y omega, mientras que el inferior se prolonga formando una especie de astil o empuñadura. Los arqueólogos consideran que representa un emblema que podía ser empuñado, colocado sobre un altar o montado sobre un asta para participar en ceremonias y procesiones.


El descubrimiento forma parte de un proyecto de investigación dedicado desde hace años a localizar spolia: piezas procedentes de antiguos edificios de Toledo y de importantes asentamientos de su entorno que terminaron reutilizadas en iglesias y viviendas posteriores. En el caso de Casarrubios, el edificio visigodo original del que procedía el relieve se ha perdido. El hallazgo resulta especialmente importante porque demuestra que en el Toledo del siglo VII ya existían elementos iconográficos que posteriormente serían utilizados por la monarquía asturiana y que, por tanto, no fueron una creación ex novo. Se trataría, además, del primer relieve visigodo de estas características localizado en el territorio de la antigua sede regia de Toledo.

LA CRUZ DEL REINO VISIGODO

La pieza de Casarrubios no apareció aislada dentro de la cultura visual visigoda. Los investigadores señalan como su principal paralelo conocido un relieve conservado en el Museo Lapidario de Narbona, fechado también entre los siglos VII y VIII. La localización resulta especialmente significativa: Narbona formaba parte de la Septimania visigoda, el territorio del Regnum Gothorum situado al norte de los Pirineos.

Las cruces de Casarrubios y Narbona no son idénticas. La segunda está integrada en una composición mucho más rica, rodeada de motivos animales y vegetales. Lo relevante es precisamente que diferentes regiones del reino emplearan variantes de un mismo lenguaje cristiano monumental. La comparación demuestra que no estamos ante la necesidad de encontrar copias exactas, sino ante la circulación y transformación de determinados modelos iconográficos.


La creciente importancia de la cruz en la monarquía visigoda debe entenderse además dentro de la transformación religiosa del reino. Tras la conversión de Recaredo al catolicismo, Gregorio Magno envió al monarca en 599 diversas reliquias, entre ellas una vinculada a la cruz de Cristo. La cruz adquirió una poderosa significación como representación de la victoria de Cristo sobre la muerte y el mal, pero también como emblema de protección y victoria.

El Tesoro de Guarrazar muestra otra dimensión material de este fenómeno. Sus célebres cruces votivas de oro y piedras preciosas testimonian hasta qué punto la cruz había penetrado en la representación religiosa y regia de las élites visigodas. El símbolo podía aparecer esculpido en piedra, transformado en objeto litúrgico o convertido mediante la orfebrería en una manifestación monumental de riqueza, devoción y autoridad.

Y entonces ocurrió la gran ruptura política: en 711 comenzó el derrumbe del reino visigodo de Toledo. Desapareció el Estado que había utilizado esos símbolos. Pero no desaparecieron necesariamente las poblaciones cristianas, sus tradiciones religiosas ni toda su cultura visual.

 


DE TOLEDO A OVIEDO

Algo más de un siglo después encontramos nuevamente una cruz de características relacionadas en un lugar extraordinariamente significativo: Santa María del Naranco, levantada durante el reinado de Ramiro I de Asturias (842-850).

El edificio no fue originalmente una iglesia. Formaba parte del complejo palatino que Ramiro I mandó construir en las laderas del monte Naranco, junto a Oviedo. Posteriormente fue transformado para el culto cristiano. Por eso las cruces que forman parte de su decoración pertenecen originalmente a un espacio relacionado directamente con la representación arquitectónica de la monarquía asturiana.

Las cruces de Naranco tampoco son copias de la de Casarrubios. El arte ramirense desarrolló un lenguaje propio y extraordinariamente innovador. Sin embargo, reaparecen elementos reconocibles del repertorio anterior: cruz griega de brazos ensanchados, astil (una vara o mango que permitía sostener o portar la cruz a la manera de estandarte) y alfa y omega. La tradición fue reelaborada, no reproducida mecánicamente.

Y existe una fuente histórica que proporciona a esta semejanza arqueológica una dimensión política mucho mayor. La Crónica Albeldense, redactada en el siglo IX, atribuye al rey Alfonso II (791-842), predecesor inmediato de Ramiro I, la reorganización de Oviedo conforme al modelo de la antigua Toledo:

«Omnemque Gothorum ordinem, sicuti Toleto fuerat, tam in ecclesia quam palatio, in Ovetao cuncta statuit

Es decir, estableció en Oviedo el orden de los godos tal como había existido en Toledo, tanto en la Iglesia como en el palacio. La frase resulta extraordinaria cuando se coloca junto a la evidencia arqueológica. La monarquía asturiana no solamente conservaba recuerdos vagos de los visigodos: una fuente medieval afirma expresamente que Oviedo adoptó como referencia el orden de la antigua sede regia de Toledo.

Y poco después, durante el reinado de Ramiro I, encontramos dentro de un edificio palatino de Oviedo una representación monumental de la cruz cuyos antecedentes iconográficos pueden rastrearse ahora en el mundo visigodo.

NO UNA COPIA, SINO UNA HERENCIA

Determinados componentes del lenguaje iconográfico posteriormente utilizado por los astures existían ya en época visigoda. Narbona muestra que no se trataba necesariamente de un fenómeno exclusivamente toledano. Y Santa María del Naranco documenta su posterior reelaboración dentro de la arquitectura vinculada a la monarquía asturiana.

La continuidad, además, no necesita producir objetos idénticos. Una tradición política puede conservar símbolos mientras transforma radicalmente su ejecución artística. Casarrubios, Narbona y Naranco son diferentes precisamente porque pertenecen a contextos distintos de una tradición que evolucionó.

Aquí reside la verdadera importancia del descubrimiento. Durante mucho tiempo podía contemplarse la cruz asturiana como producto característico del nuevo reino septentrional. Casarrubios introduce una pieza que obliga a mirar hacia atrás: varios de sus componentes fundamentales estaban presentes antes de 711, dentro del mundo visigodo.

La distancia cronológica tampoco es enorme. Entre el horizonte final de la pieza de Casarrubios y la construcción del complejo de Ramiro I hacia mediados del siglo IX transcurrió aproximadamente un siglo y cuarto. Durante ese intervalo desapareció el reino visigodo, pero sobrevivieron comunidades cristianas, instituciones eclesiásticas, objetos, manuscritos, tradiciones artísticas y memorias políticas capaces de actuar como vehículos culturales.

Por eso la continuidad entre Toledo y Asturias no puede reducirse a una semejanza entre dos cruces. El símbolo constituye la manifestación material de una relación más profunda: religiosa y cultural, pero también político-legitimadora. La monarquía asturiana construyó progresivamente una imagen de sí misma como heredera de la tradición cristiana de la antigua Hispania visigoda. Toledo proporcionaba un pasado prestigioso; Oviedo construía sobre esa memoria una nueva sede del poder. La cruz permite contemplar ese proceso en piedra pues aunque no permaneció idéntica, si sobrevivió transformándose.

Y quizá ahí se encuentre el aspecto más revelador del hallazgo de Casarrubios: una piedra olvidada en la pared de una casa ha devuelto una pieza que faltaba para comprender cómo un símbolo del poder visigodo pudo atravesar la desaparición del reino de Toledo y reaparecer, reelaborado, en el corazón monumental de la monarquía asturiana.

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