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Guerra y clima
24 FEB 2023 6:50
George
Soros, el rico financiero de origen húngaro que ha amasado
una gran fortuna, que ha apoyado diversas causas progresistas y que ha logrado
una gran influencia intelectual en occidente, acaba de publicar un
análisis sobre la compleja realidad que nos acoge, en un mundo consternado por
una peligrosa guerra en el corazón de Europa que
absorbe y concentra todos los esfuerzos de la comunidad internacional. Mientras
tanto, la preocupación ecológica que lentamente se estaba
abriendo paso se ha diluido, postergada por la confrontación que acapara la
atención preferente de todos los actores. En definitiva —dice Soros—, “mientras
dos sistemas de gobierno se enfrascan en una lucha por el dominio global,
nuestra civilización corre el peligro de colapsar por el avance inexorable del
cambio climático”.
Explica Soros que este
pasado mes de julio se produjo en Groenlandia un fenómeno meteorológico
extremo: sobre la capa de hielo de varios kilómetros de profundidad, acumulada
durante 1000 años, los científicos pudieron jugar al aire libre con bermudas y
camisetas de manga corta. El derretimiento de la capa de hielo de
Groenlandia aumentaría el nivel de los océanos en 7 metros.
A finales de 2022 se
producía en el Polo Norte otro fenómeno inédito: el círculo polar
ártico suele estar aislado del resto del mundo por vientos que rotan
en dirección contraria a las agujas del reloj y que mantienen frío el interior,
en tanto alrededor permanece el aire caliente. El cambio climático ha
roto este esquema, el aire frío se filtra al Sur desde el Ártico y produce
grandes olas de frío (en los Estados Unidos, durante la Navidad pasada), en
tanto el calor entra en el ártico y derrite el hielo. Según Soros, la lucha
contra este cambio ya no se logra restringiendo la contaminación (la mitigación
y la adaptación): es preciso invertir recursos en el saneamiento y en la
restauración. Urge, en fin, “reparar” el cambio climático, provocando por ejemplo
el “efecto albedo”, a base de nubes blancas que regeneren el clima ártico (la
idea es del científico David King, y está ganando adeptos). Y ello obliga a
tomar grandes y caras decisiones, antes de que sea demasiado tarde.
Mmientras
el clima del planeta lo vuelve inhabitable, la atención de la humanidad está
centrada en una guerra absurda que nos desangra y nos inutiliza"
En suma, la
reflexión de Soros es inquietante y desoladora: mientras el clima del
planeta lo vuelve inhabitable, la atención de la humanidad está centrada en
una guerra absurda que nos desangra y nos inutiliza. Deberíamos
detenernos un momento a reflexionar.
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Lula, Odebrecht y Alejandro Toledo, por José Antonio Torres Iriarte
Opinión Martes, 25 de abril
de 2023
Abogado y analista político
Brasil, bajo el liderazgo del Partido de los Trabajadores (PT) y del
presidente Lula, promovió en toda América Latina la presencia de empresas
constructoras como Odebrecht en la ejecución de las principales obras de
infraestructura. No es casualidad que en los casos de corrupción que han
marcado la política de varios países de la región, estén involucradas las
constructoras brasileñas.
Brasil pretendió siempre tener hegemonía en toda América Latina, para
cuyo efecto su política exterior durante la larga dictadura militar o desde el
retorno a la democracia en 1985, estuvo marcada por determinados ejes, que ante
un escenario internacional cambiante posibilitaron que Brasil por su dimensión,
sus más de 200 millones de habitantes y el peso de su economía, se incorpore al
BRICS al lado de Rusia, India, China y Sudáfrica. Brasil pretende ser el
principal interlocutor latinoamericano ante los Estados Unidos o la Unión
Europea
El Foro de Sao Paulo, auspiciado por el PT desde los años noventa, se
propuso afianzar el liderazgo de un líder sindical emergente como Lula, en un
contexto en el que Estados Unidos afianzaba su hegemonía luego de la Caída del
Muro de Berlín. El Foro de Sao Paulo en el plano político, el PT y las empresas
constructoras brasileñas se asignaron tareas en función de objetivos políticos
y empresariales. No seamos ingenuos, los sucesivos gobiernos del Partido de los
Trabajadores no sólo consolidaron el Foro como espacio político, sino que
financiaron campañas electorales de determinados partidos políticos adscritos o
cercanos al Foro de Sao Paulo.
En la campaña presidencial del 2011 fue evidente el apoyo generoso hacia
Ollanta Humala como candidato presidencial, el mismo que se materializó a
través del representante de Odebrecht en el Perú, quien cumplió instrucciones
muy precisas del presidente Lula. Ollanta Humala había sido el candidato del
chavismo en el 2006, quedando demostrado su complicidad abierta con Odebrecht y
otras empresas brasileñas a lo largo de su gestión como presidente.
La trama de Odebrecht ha marcado la política nacional y latinoamericana,
actuando con total impunidad a lo largo del tiempo. Lula gobernó entre el 2003
y el 2010, Dilma Rouseff lo hizo entre el 2011 y el 2016. Los primeros indicios
de corrupción fueron revelados por el Departamento de Justicia de EE. UU., el
juez Moro lideraba los procesos judiciales en Brasil que tuvieron un hito en la
incriminación y arresto del expresidente Lula. Hoy Lula es presidente de Brasil
por tercera vez y pretende asumir liderazgos extracontinentales, soslayando
cualquier responsabilidad política. Odebrecht, para consumar sus acciones, tuvo
aliados políticos, financió campañas electorales, apoyó a determinados medios
de comunicación, no dudó en retribuir a periodistas, organizar actividades
culturales o mantener vínculos con el Instituto de Prensa y Sociedad en el
Perú.
Es oportuno precisar que el señor Gustavo Gorriti se erigió desde hace
años como un vocero de la empresa Odebrecht. Desde inicios de 2017, no tuvo reparo
en mantener una activa participación en medios de comunicación, a la par que se
desarrollaban las investigaciones a cargo del Ministerio Público. Los nombres
de Ollanta Humala, Nadine Heredia, Susana Villarán, PPK y Alejandro Toledo
serían señalados como receptores de sobornos. Gustavo Gorriti, aliado de
Alejandro Toledo e impulsor de la "Marcha de los Cuatro Suyos" en el
2000, desde el Instituto de Defensa Legal de manera reiterada sostuvo que
Odebrecht había cometido "faltas" y que debía imponérsele multas,
para que una vez canceladas continuara contratando con el Estado.
Gustavo Gorriti señaló el camino, delineó los pasos a seguir, para cuyo
efecto sin el menor pudor, durante el gobierno sombrío de Martín Vizcarra,
impulsar la judicialización de la política y convertir al Ministerio Público,
liderado por Pablo Sánchez y luego por Zoraída Ávalos, en instrumentos
políticos al servicio del vizcarrismo.
Hoy, que ha culminado la extradición del expresidente Alejandro Toledo,
no podemos olvidar el papel cumplido por Gustavo Gorriti en la política
nacional. La "Marcha de los Cuatro Suyos" en su momento expresó la
protesta ciudadana contra la reelección de Alberto Fujimori y la hegemonía del
montesinismo en la política nacional. No podemos soslayar que el Perú en el año
2000 sufría los efectos de la crisis internacional del sudeste asiático
iniciada a mediados de 1997, que un año después causaría estragos en el sistema
financiero nacional. Más allá de la estabilización de la economía en la década
de los noventa, el Perú aún mantenía niveles muy altos de pobreza (por encima
del 50%) y ciertamente el descontento popular crecía ante evidentes señales de
recesión y desempleo.
El fujimorismo optó por la reelección y desató la respuesta ciudadana
que capitalizó políticamente Alejandro Toledo. No olvidemos los aportes de
George Soros, ni la presencia de Gustavo Gorriti al lado de Alejandro Toledo,
ni cómo un personaje vinculado al periodismo nacional empezó a ser un operador
al servicio de determinados intereses. Durante el gobierno de transición que
presidió Valentín Paniagua, se sentaron las bases de una nueva correlación de
fuerzas políticas, con la presencia de ministros vinculados a la cooperación
internacional, con una mirada marcada por una agenda globalista en ciernes.
Alejandro Toledo debe responder, como deben hacerlo varios de sus
exministros, asesores y colaboradores. Si la renuncia por fax de Alberto
Fujimori marcó una etapa, el retorno al país de Alejandro Toledo puede
convertirse en una oportunidad para que el país recupere la memoria, deje de
lado la ingenuidad y exija que el Ministerio Público y el Poder Judicial
cumplan su misión. Hoy que se habla de poner fin a la impunidad, es el momento
de revisar los alcances del Acuerdo de Colaboración Eficaz con Odebrecht que
pareciera que fue redactado en las oficinas del Instituto de Defensa Legal con
la complacencia de Gustavo Gorriti y de la empresa Odebrecht.
OPINIÓN CENSURADA EN NUESTRA PÁGINA DE FACEBOOK
INSTITUTO DE ESTUDIOS DE LA DEMOCRACIAGRACIÁN
Actualizada 01:30
Llevamos años asistiendo a una
hegemonía ideológica, la ideología de género. Sin embargo, en la actualidad,
esa idea se ha transformado en algo que determina qué es la ley, y con ello,
que las decisiones judiciales deben explicarse por factores ajenos a la ley.
Este paradigma se ha hecho más que evidente en las propuestas legislativas del
Gobierno de España, que, sin embargo, viene a demostrar la incompatibilidad que
existe entre el concepto de género, asentado en la política y la ideología, y
el derecho penal que tiene una base objetiva y científica.
En las discusiones sobre ideología y
derecho penal, existen los mensajes con altos grados de criminalización de las
conductas, a través del instrumento penal; y también existen los de la defensa
de la sociedad a través de la neutralización de los criminales más peligrosos.
Y en ambos casos suelen venir de quienes sostienen a fuerzas políticas que se
benefician de la actual pérdida de sostén de la ideología jurídica estatal para
ocupar amplios sectores de recursos políticos que se sirve del orden jurídico
para disciplinar y oprimir a los «individuos» invocando la primacía del interés
público sobre el privado bajo el pretexto de presentar problemas sociales como
criminales, y ser enfrentados por el derecho penal.
Los problemas sociales definidos como
«criminales» no pueden ser afrontados, con el instrumento de la represión
penal, sino con la transformación de las relaciones sociales inherentes a tales
problemas.
Las víctimas son muy a menudo los más
débiles, y la única defensa de los débiles es un poder público que de verdad
los represente y actúe por ellos. Ahora bien, la metamorfosis se produce cuando
los derechos del imputado son devaluados.
Y aparecen así en el curso de la
escena de la escena del enjuiciamiento penal no sólo la investigación de los
hechos sino lo que se llama el descubrimiento de la verdad para que se haga
justicia para víctimas excelentes e imputados impopulares por la ideología de
género. Una cuestión adicional: el derecho penal de un Estado de derecho sólo
distingue entre culpables e inocentes.
Y por ello que lo que corresponde
evaluar es si resulta sostenible un modelo que otorga la prioridad al interés
de la víctima abandonando la prioridad de los derechos del acusado, formando
así una ideología penal que ha prestado su atención a las expectativas de las
víctimas que al castigo de los culpables y todo ello a costa de la una técnica
legislativa que no se sostiene.
No hablo de la eliminación de la
distinción entre agresión y abuso sexual, que determina que se pasa a
considerar que todo acto sexual sin consentimiento se enjuicie como agresión,
desapareciendo el abuso, con lo que las penas para las conductas más leves se
han reducido y las penas para las conductas más graves han aumentado. Sin
embargo, todos aquellos que fueron condenados con la pena mínima o máxima
conforme a la antigua normativa conforme a la actual regulación penal, están
viendo cómo se revisan sus condenas.
En línea con lo dicho anteriormente,
lo que se viene a destacar ahora es que el Código Penal vigente antes de la
entrada en vigor de la llamada ley del 'solo sí es sí', ya se asentaba sobre la
idea de consentimiento, aunque no incluya una definición del concepto, y
consideraba punible todo acto de carácter sexual realizado sin el libre
consentimiento, sea en la forma de agresión o en la de abuso sexual, bien porque
no exista o bien porque estuviera viciado.
Sin embargo, con la definición de
cuando no existe consentimiento, se olvida que el problema del consentimiento
no es cuestión conceptual (qué deba entenderse por consentimiento) sino
probatoria (cuándo existe o no consentimiento) y que las eventuales
dificultades procesales de acreditar la ausencia de consentimiento no pueden
trasladarse al ámbito de la tipicidad, mediante la incorporación de una
definición normativa de un elemento típico.
Esa definición determina un aparente
desplazamiento de la carga probatoria, pues parece configurar un elemento
negativo del tipo cuyas distintas notas características (manifestación libre,
actos exteriores, concluyentes e inequívocos y voluntad expresa de participar
en el acto) deberían ser probadas por la defensa para excluir la tipicidad. De
esta forma, se están alterando de modo sustancial las normas sobre la carga de
la prueba en el proceso penal, con riesgo de afectación del principio de
presunción de inocencia.
Y el grave problema es que la
reacción de los hegemónicos de la ideología de género, ante evidentes
deficiencias técnicas de la ley y sus consecuencias, se queda en el insulto y
la descalificación, calificando a quienes así lo manifiestan con criterio
jurídico, de «machistas» e «insensibles».
Toda ideología radical tiende a
exagerar el fracaso del sistema de valores del status
quo social, y no es preciso insistir sobre el hecho de hasta qué punto
la ideología de género está formulada por ideas falseadas que al simplificar
situaciones de naturaleza compleja lo único que pretende es hacer posible un
cambio social indeseable.
EL WOKISMO COLONIZA LAS EMPRESAS
Dylan
Mulvaney o la crueldad del «capitalismo moralista»
Anheuser-Busch incendió las redes sociales cuando
el gigante de la cerveza Bud Light celebró "365 Days of Girlhood" del
activista transgénero Dylan Mulvaney con una promoción polarizadora.
(Instagram)
La empresa Anheuser-Busch, productora de la famosa
cerveza Budweiser, quedó atrapada en una controversia cuyos
resultados aún están por evaluarse. Resulta que para promocionar uno de sus más
exitosos productos: Bud Light contrató a la estrella tiktoker transgénero
Dylan Mulvaney. La ocasión era una especie de cumpleaños en el que se
conmemoraba el comienzo del tratamiento hormonal de Mulvaney, popularmente
conocido como «transición». Durante el último año, Dylan viene posteando día a
día los efectos del tratamiento en su cuerpo, en una serie titulada «Days of Girlhood» (Días de la niñez
femenina), en la que habla de los vaivenes de su «segunda pubertad» ante una
audiencia de varios millones de almas. El marketing es el marketing y no hay nada
que hacerle, cuando las marcas ven brillo comunicativo van como mariposas al
fuego, así que, a medida que Dylan concentraba la atención de millones, las
propuestas comenzaron a llegar.
Uno a uno aparecieron contratos con Ulta Beauty, Instacart, Kate
Spade, y varios más. Bud Light estableció un acuerdo de patrocinio
orientado a redes sociales para que Mulvaney promocione el producto a sus
seguidores, permitiendo asociar su imagen a la lata. La disonancia entre el
perfil de consumidor de Bud Light y el perfil de Dylan provocó un cortocircuito
que desató la polémica y un masivo llamado al boicot. En paralelo a este
escándalo surgió uno casi calcado, la empresa Nike contrató a Dylan
Mulvaney para promocionar sus ropa deportiva destinada a mujeres. Esto ocurrió
justo en el momento en el que se desarrollan múltiples disputas alrededor de la
participación de las personas trans en los deportes femeninos. Pero más allá de
las posturas acerca de si llamar a Dylan con uno u otro pronombre, lo que
incontrovertidamente no se puede hacer es describir a Dylan como deportista,
entonces ¿Qué demonios está haciendo Nike? ¿Ganan o pierden Bud Light o Nike
con esto?
La pregunta no es simple porque a esta altura es difícil describir qué
cosa sería ganar o perder, y esta es la clave del problema. En los últimos
tiempos más y más empresas han sufrido las consecuencias de decantarse
ideológicamente hacia una postura woke extrema, es bien conocido el dicho
que reza «Get Woke, Go Broke». Pero existen innúmeros ejemplos de marcas
que han experimentado pérdidas y sin embargo se han aferrado a su estrategia de
marketing. Las empresas no son mayormente suicidas, lo hacen porque terminan
obteniendo, por otra ventanilla, todo tipo de beneficios financieros y
políticos gracias a las certificaciones de inclusividad que son como las bulas
papales del wokismo. Así que el supuesto efecto negativo de los
intentos de boicot surgidos en estos días aún está muy verde y nada nos hace
pensar que madurará.
Estamos ante una etapa curiosa del capitalismo, cuesta sostener algunas
categorías económicas y políticas, propias del siglo pasado, debido al sólido
matrimonio establecido entre las burocracias estatales y las corporaciones, que
desdibuja cuestiones como los beneficios y la competencia. En esta etapa
dominada por el «crony capitalism» las empresas promueven una agenda
ideológica a partir de la cual deconstruyen y reinventan a su consumidor,
usando como guardianes de su ingeniería una serie interminable de regulaciones
y coerciones impuestas por los gobiernos. El filósofo Miguel Ángel
Quintana Paz describe esta etapa como «capitalismo moralista«. Este formato utiliza
para su promoción personajes y consignas moralizantes sostenidos por alguna de
las victimizaciones interseccionales, tan en boga, que no necesitan tener
relación alguna con los productos ofrecidos. Porque lo que el capitalismo
moralista ofrece no es la experiencia del producto sino la experiencia de la
virtud y la sanación culposa.
Quintana Paz ejemplificaba al capitalismo moralista con una publicidad
en la que la empresa de máquinas de afeitar Gillette culpaba a
su público objetivo de tener una «masculinidad tóxica». El filósofo se
preguntaba cuán sensato era ese maltrato a la hora de vender maquinitas, a la
vista de cierta baja en la utilidades sufrida luego de la pieza publicitaria. A
estas pérdidas, el directivo Gary Coombe contestaba que no le importaba
perder dinero porque su acción moralizadora primaba, así que la caída en
las utilidades era un precio que valía la pena pagar. En la misma tónica, la
vicepresidente de Bud Light, Alissa Heinerscheid, aclaró que se
enfoca en cambiar la imagen obsoleta de la marca para volverse más inclusiva,
por lo que no le interesa alienar a su antigua base de clientes.
Tanto Coombe como Heinerscheid muestran un cambio sustancial del enfoque
empresario, alejado de la competencia y los rendimientos, y relacionado con una
búsqueda de privilegios en virtud de los cuales pueden sacrificar un
objetivo de corto plazo (vender maquinitas o latas) a cambio de uno de largo
plazo (la categorización moral de la empresa que le permita acceder a
beneficios prebendarios). Esta estrategia sólo se la pueden permitir las
grandes corporaciones alineadas con una determinada agenda política. Estos
modelos clientelares pueden resistir una baja temporal de ganancias y pilotear
un escándalo o un boicot tranquilamente, a cambio se aseguran una barrera de
entrada a otros competidores que no quieran o puedan pagar el costo de
volverse ultrawoke. Si lo miramos tan fríamente como ellos,
estamos frente a un mecanismo de adaptación del modelo empresarial al
capitalismo moralista.
Claro que está luego la parte más cruel: el tema de la
instrumentalización de las víctimas de moda. Cuando le tocó el turno a Gillette
estaba de moda el #metoo y ahora está de moda Mulvaney. Hace unos
años estaba de moda Greta Thunberg o las tortugas marinas
atacadas feroz y exclusivamente por sorbetes de plástico.
Inmisericordemente, convierten a estos fugaces íconos victimizados en
símbolo de virtud prefabricada lista para consumir. Por eso son íconos
todoterreno. Sirven para la venta de hojas de afeitar, corpiños, cerveza o
sillones masajeadores, no importa el producto, lo que se vende es una pauta
moral y su instructivo de uso. La sobreexposición morbosa de la vida de Greta o
Dylan son daños colaterales así como lo serán sus historias desechadas cuando
pierdan brillo mediático. No son las causas trans, climática o energética lo
que está en juego sino el perverso evangelio woke y su
incesante desfile de ofrendas al altar de la virtud progresista.
Cada sociedad tiene su propio sentido de lo que constituye la moral, y
no son ajenas las élites a esa constitución. Curiosamente, el
progresismo que se percibe tan revolucionario y contrasistema es la base
hegemónica que moldea la moral cívica desde que comenzó el siglo, en base a
lo que él mismo denunciaba: la idea de norma construida por el imperialismo
colonialista, atada a estructuras sociales. Hoy es el imperialismo colonialista
woke el que impone normas morales como: redistribucionismo, igualitarismo,
relativismo, autopercepción, malthusianismo, alarmismo y muchos otros ismos que
se pueden encontrar del mismo modo representados en las estructuras sociales
académicas, culturales, judiciales o políticas tanto en California, como
Santiago de Chile, Barcelona, Londres, Bogotá o Ushuaia. Las mismas leyes,
obsesiones y políticas públicas calcadas… si eso no es colonialismo, el
colonialismo dónde está.
En sus promocionadas apariciones Mulvaney apeló a tropos estereotipados
sobre las mujeres en busca de mimesis. Esos mismos estereotipos que para la
época del #metoo (hace no más de 15 minutos en términos
históricos) eran calificados de ofensivos y tóxicos. Primero fingió ignorar qué
cosa era el March Madness y escribió : «¡Feliz
March Madness! ¡Acabo de enterarme de que esto tiene que ver con los deportes y
no solo decir que es un mes loco!» y luego publicó una serie de fotos
y videos haciendo saltitos espasmódicos y torpes usando calzas y sostén
deportivo de Nike. Nike, que es una compañía que alguna vez celebró el mérito
atlético, decidió emular fetiches femeninos sin ningún mérito atlético para
«renovar la marca».
Todas estas empresas han cosificado a Mulvaney como instrumento en esta
extraña colonización cultural y religiosa que demanda alabanzas a modo de
comunión. La actuación de Mulvaney es regresiva, puesto que ya había quedado en
el pasado (y hasta era un insulto) describir o graficar el «correr como una
niña» como sinónimo de falta de destreza o técnica y aquí tenemos a alguien
haciendo una payasesca performance de lo que sería el deporte
femenino. Definitivamente, Nike no está vendiendo su producto, dado que no hay
desarrollo de su funcionalidad o de su aspiracional. Está vendiendo su
colonización moral.
Curiosamente, la demonización de la normatividad occidental impulsada
por progresismo impone al tiempo una nueva normatividad basada en su visión más
extrema: el wokismo. Es un cambio fundamental en la forma en que
calculamos el valor de un producto. Lo vemos en los íconos seleccionados como
imagen de marca. Las afirmaciones ostensibles que hacen estos íconos destinados
a aumentar el conocimiento de la marca son incoherentes en un mercado
competitivo, pero son eficientes en un ambiente sofocado de corrección
política, cultura de la cancelación o la vergüenza pública y de señalización de
la virtud.
Las decisiones de mercado se toman en competencia con otros, si mis
únicas opciones son la sumisión o el desprestigio civil es claro que lo
importante no es el producto sino el postureo. Esto es un dilema para las
marcas: ¿Quién tiene el suficiente peso para influir sobre el consumo? La
moralina normativa es, en consecuencia, por lo que compiten las marcas, las
empresas calculan la utilidad de tal o cual moralización. Luego las turbas,
mínimas pero intensas, apoyan o cancelan según la coyuntura o la moda, ante los
ojos impávidos de una mayoría que apenas patalea y por períodos cortos, nada
que una corporación no pueda aguantar.
Para ser sinceros, hay barro en los zapatos de todos, los consumidores
son o muy cómodos, o muy poco comprometidos con la defensa de los valores que
creen subvertidos. Cada vez más se amoldan a la impotencia de ser
manipulados desde todas las «estructuras sociales» profundamente
infectadas de la hegemonía woke. Algunos encontrarán insultante la
pérdida de sus estándares éticos y morales, tal vez ensayen estertores de
resistencia, pero otros más numerosos no lo notarán o no les importará la
implementación de este nuevo colonialismo. Luego, las empresas pequeñas,
obligadas por los gobiernos a amoldarse a las normas conductuales wokistas para
subsistir, terminarán aceptando o feneciendo.
El «producto Dylan Mulvaney» pasará de moda. Ojalá Dylan ahorre un poco.
El «capitalismo moralista» seguirá su curso hiperadaptado al dogma woke,
un dogma tan controlador y frustrante que con su sola existencia ha
desarrollado una opresión irrespirable. No hay duda de que esta locura,
este fanatismo y este sinsentido hacen ruido. Tiene que levantar alguna
incomodidad que se convierta en una estrella de la opinión pública una persona
cuyo mérito es transmitir, en vivo, la forma en que toma medicamentos.
Pero no es Dylan, Greta o las tortugas marinas el centro del problema.
De nuevo, son ofrendas sacramentales. La cuestión es si la incomodidad social,
ante el avance de la normatividad woke irá más allá de un par
de semanas de no afeitarse con Gillette o de dispararle a una lata de Bud
Light. Porque si se trata sólo de estas acciones, estamos ante la
picadura de un mosquito en el trasero de un hipopótamo. Gillette y Nike lo
saben, por eso siguen su camino de adaptación sacrificando un par de dólares,
un par de clientes y un par de víctimas sacramentales. Se entiende que no
hay boicot lo suficientemente fuerte como para hacerlas desistir de los
beneficios de las normas DEI y de la moralina pegajosa que ha atrapado
a tantas compañías.
Se preguntaba Quintana Paz si este era el mundo en que queríamos vivir,
un lugar donde los burócratas y los CEO corporativos dictaminen la ética
pública. A la luz de los resultados cuatro años después, viendo cómo el
«capitalismo moralista» se ha hiperacelerado, pareciera que la respuesta es
SÍ. Tal vez la solución no sea atacar las consecuencias sino las causas,
por una cuestión de lógica y también por simple eficiencia. No es por el lado
de atacar la decisión privada como se cambia esta distopía, es en el marco
decisional del ciudadano, vale decir: la política, donde se deben hacer los
boicots.
Sin los amañados criterios coercitivos de la liturgia woke,
sin acciones afirmativas en favor del activismo identitario, sin leyes que
atenten contra la igualdad ante la ley, sin dejar que el poder público ingrese
a la vida privada de los ciudadanos; se termina el «capitalismo moralista» y su
normatividad colonialista. Y el marketing empresarial deberá volver a mirar al
mercado, a competir por la calidad de sus productos y no por el favor de un par
de maníacos con Síndrome de Hubris.
DEL TOLEDO VISIGODO A LA ASTURIAS DE LA RECONQUISTA: LA CRUZ COMO CONTINUIDAD DE UN SÍMBOLO DE PODER. Por Iván Oré Chávez. Una cruz visigoda...